Fotógrafos con discapacidad auditiva se capacitan para lograr certificación

- 04 de julio de 2019 - 00:00
La maestra de fotografía, Karen Márquez, enseña a su alumno sordo, de forma práctica, a manejar el obturador.
Foto: Jimmy Tapia / El Telégrafo

Las personas que no oyen aprenden a manejar las máquinas en un programa impulsado por la Espol. El grupo y su docente inventaron un lenguaje de señas para que este colectivo con problemas de audición perfeccione su trabajo.

El salón IC-18 de la Escuela Superior Politécnica del Litoral de Guayaquil (Espol) adquiere a las 13:00 un ambiente de iglesia o de templo. Allí solo se perciben el ruido de los zapatos, uno que otro chillido provocado por el movimiento de las bancas y un rayo de sol que filtra por la ventana.

Hay 14 jóvenes que llegan sonrientes a la Facultad de Ciencias Sociales y con un movimiento de manos, sin decir nada, saludan a Karen Márquez, una joven docente.

Ella, parada frente a su audiencia, reflexiona por instantes las palabras que escogerá para explicar, teóricamente, cómo funciona una cámara fotográfica.

“¡Esto es un gran reto para mí!”, comenta antes de informar a la clase acerca de la correcta utilización del diafragma, el ISO y el obturador de dispositivo.

Sus estudiantes son un grupo de jóvenes con problemas de audición que, por primera ocasión, conoce esos términos.

La discapacidad auditiva en el país ocupa el tercer lugar entre las demás, con el 14,1%. Le preceden la física y la intelectual. La formación es parte del programa de inclusión que ese centro de estudios brinda, gratis, a personas con necesidades especiales.

Una intérprete ayuda a la docente a transformar términos técnicos en lenguaje de señas.Una intérprete ayuda a la docente a transformar términos técnicos en lenguaje de señas. Foto: Jimmy Tapia / El Telégrafo

Karen, quien no se ha formado en lenguaje de señas, hace gestos con sus dedos y mueve sus labios lentamente para comunicarse con ellos. Ella en las últimas semanas aprendió ciertas señas, pero la ayudan varias intérpretes de la Asociación de Sordos del Guayas, ente que colabora en el proyecto.

Los que participan en la clase (maestra-intérprete-alumnos) inventan al paso un código común para comprenderse, pues no hay nada escrito sobre la enseñanza fotográfica para el grupo.

La maestra pregunta a la intérprete, que está parada junto a ella, cómo indicarles que cuando se cierra el lente entra menos luz.

Los dos brazos de la ayudante forman una suerte de letra V (uve) que se abre y se cierra. Algunos de los oyentes repiten el gesto. Así demuestran que les llegó adecuadamente el mensaje.

Un proyector con imágenes y texto es una de las principales herramientas para la parte conceptual. Sin embargo, los objetos que están por allí también sirven.

Hay instantes en los que las señas no alcanzan para conversar, por ejemplo, de los colores. Entonces, una de las personas que están en el salón le acerca unos marcadores con tapas azul, roja y negra. Le sirven para aclarar su explicación.

“El profesor regularmente sueña con una clase silenciosa, sin interrupciones; pero en esta uno quisiera lo contrario”, dice la docente.

Memoria gráfica

El grupo, para la clase práctica, se traslada al estudio de la Escuela de Comunicación y Diseño de la alma mater. En ese amplio salón, con pantallas verdes y pisos blancos, toman emocionados las negras cámaras profesionales. La catedrática les demuestra que existe una opción llamada Bulb, con la que se puede conseguir efectos.

Las luces se apagan y el estudio queda en penumbras. Los chicos configuran las máquinas y con una linterna dibujan figuras en el aire.

Uno de los alumnos, frente a la cámara, hace movimientos “sin sentido”. Empero, cuando se revisa la cámara, como acto de magia, aparece un cisne luminoso.

La maestra se queda impresionada por la rapidez del aprendizaje. El autor de esa obra, incluso, les muestra las fotos que ya hizo con el celular luego de la primera clase (bodegones y montajes). “Es él un pintor profesional”, le revela una de las traductoras.

Muchos de los que llegan hasta esa clase, más que un hobby, ven en la fotografía una opción profesional.

Marlon Ávila se ha formado en un instituto como diseñador gráfico y los nuevos conocimientos de fotografía serán un complemento. Sin embargo, hoy trabaja en una bodega. “Los sordos no tenemos muchas oportunidades. Me gustaría trabajar en mi rama. Con este certificado quiero encontrar un mejor trabajo”, expresa con ayuda de la intérprete.

Wilson Suárez, en cambio, está desempleado. Él guarda en su casa los lienzos y anhela ser un fotógrafo.

La profesionalización de las personas con discapacidad auditiva es uno de los retos que tiene la academia. Los programas para ellos son casi nulos.

La maestra sugiere más preparación a los profesores para trabajar con el colectivo de atención prioritaria. La Espol también cuenta con los programas de matemáticas y computación para 40 personas del grupo.

Los asistentes, cuando completen el programa de capacitación, recibirán un certificado del centro de educación superior que los avalará como nuevos fotógrafos. (I)

Uno de los estudiantes le demuestra a la profesora, en la clase teórica, el ángulo contrapicado.Uno de los estudiantes le demuestra a la profesora, en la clase teórica, el ángulo contrapicado. Foto: Jimmy Tapia / El Telégrafo

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