La fe constituye el principal ingrediente para la sanación

- 30 de marzo de 2018 - 00:00
Isabela Lituma aprendió, mientras jugaba, cómo mezclar las plantas medicinales para preparar remedios. Ahora es una reconocida curandera en Santa Isabel. También utiliza el agua de pítima, que aún es elaborada por las madres del claustro. Ella asegura que las preparadas con sabiduría andina son mucho más completas porque tienen más tipos de flores y claveles. La mujer es una experta en la elaboración de medicamentos. Los fines de semana hace limpias.
Fotos: Miguel Arévalo

En el traspatio del Museo de Las Conceptas de Cuenca se encuentra esta conocida mujer. Desde lejos se escucha un fuerte “quisha, quisha”, es ella mientras golpea con unas ramas a Leticia Quintero para sacar todos sus males.

La paciente Quintero permanece sentada en una silla, tiene los ojos cerrados y respira hondo mientras le hacen la limpia energética. La ‘mama’ sigue con el procedimiento, le pasa un huevo por la cabeza, por el pecho, el abdomen, entre otras partes del cuerpo.

Después rompe el cascarón del huevo, vierte la clara y la yema en un vaso plástico con agua y lo deja reposar en una mesa. Luego usa unos remedios que prepara con plantas medicinales. El líquido lo vierte en su cabeza y luego le pide que lo frote entre las palmas de sus manos e inhale.

Se escucha una fuerte tos... es Quintero. Sigue con su  tos y la ‘mama’ dice: “está sacando todo lo malo, esto es alcohol con hierbas”. Después toma el vaso entre sus manos y empieza a observar detalladamente, asegura que “ha estado con enfado y estrés”; la ‘mama’ le recomienda hacerse más limpias energéticas en los próximos días.

En esto consiste su faena, en sacar todas las “cosas” malas que hay alrededor de sus pacientes. Ella aprendió desde pequeña.

Cuando Quintero se levanta de la silla, dice que siente como si le “hubiesen quitado un peso de los hombros”, está renovada y lista para seguir la rutina diaria.

Historia
La experimentada ‘mama’ tiene 64 años, pero desde que era niña estuvo vinculada al mundo de la sanación andina. Su tío, Abraham Lituma, le pedía que le ayudara a buscar las plantas en la huerta o en los cerros. Ella lo hacía y por curiosidad le preguntaba “¿y para qué sirve esta?”, o la otra y él le respondía.

Así aprendió a identificarlas y conocer qué males eran capaces de sanar. Por ejemplo el chilchil, el poleo, el sacha poleo, la ruda, la carne humana, “cada una tiene un poder de curación” pero cuando aprendió a mezclarlas fue que logró hacer remedios que pudieran atraer la curación total.

La ‘mama’ es parte del programa Mujeres entrenzando paz y armonía; ella colabora para que el Museo de Las Conceptas sea también exponente de la cultura ancestral que se mantiene viva. Sabe hacer aguas de pítima, las mismas que aún preparan las madres del claustro, pero asegura que las que hacen con sabiduría andina son mucho más completas porque tienen más tipos de flores y claveles.

Todos sus tratamientos los cocina en tullpa y en ollas de barro; es una experta elaborando los medicamentos. Los fines de semana hace limpias en Santa Isabel, donde es más conocida. Atiende tanto a niños como a jóvenes y adultos.

Otra de sus pacientes es Ruth Tenorio, quien también fue al Museo de Las Conceptas para que la ‘mama’ le hiciera una limpia energética. Con ella tardó más de 15 minutos porque cuando era niña tuvo mal de ojo. “No le han curado el mal de ojo de cuando usted ha sido niña”, le diagnosticó la ‘mama’ tras hacer la revisión con el huevo. Por eso es más difícil tratar de que quede completamente sana.

Los males que más afectan a los pacientes de Lituma son nervios alterados, infección en las vías urinarias, mal de ojo, mal aire o espanto. La mayoría reconocidos por los yachac o curanderas que trabajan con la medicina ancestral.

Para ella, lo más importante en el proceso de sanación es la fe. “Hay que creer en diosito para lograr sanar”.

Medicina andina
La medicina ancestral se divide en cuatro especialidades: yerbateros, yachak, parteros y sobadores. Para ser verdaderos especialistas deben tener un vasto conocimiento, que la mayoría adquiere desde que son muy pequeños, como es el caso de ‘mama’ María Isabela Lituma.

Una manera para formalizar los conocimientos es acudir al Instituto Superior Jatun Yachay Wasi, un centro de estudios en donde imparten los conocimientos milenarios en medicina, construcción, agricultura o promoción y defensoría social.

Pero los verdaderos conocimientos no nacen en la academia, sino que son parte de la experiencia de los antiguos que, a su vez, se los heredan a sus hijos, nietos o sobrinos. Son un cúmulo de conocimientos que en tres años es imposible aprender.

Es también parte de los tesoros de cada comunidad, pues el aprendizaje de generación en generación habla de una herencia, de una tradición y, a su vez, de un tesoro invaluable que recientemente el Estado ha empezado a reconocer con la integración de las mamas y taitas al sistema de salud pública. (F)

Eddy Pérez
Especial para El Telégrafo

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