La campaña “Tengo Fe” combate el abandono

- 21 de mayo de 2019 - 00:00

El Instituto de Neurociencias de Guayaquil presentará mañana el proyecto, que busca reducir la problemática social y motivar el voluntariado ciudadano.

Aída Aguirre, de 62 años, escribe una carta para uno de sus familiares. Pregunta cómo están. Después de  terminarla se levanta y la guarda en un pequeño armario junto a otros sobres acumulados y sellados. Todos dicen con letras rojas “devuelto por el remitente”.

César Cedeño, de 69 años, se persigna al levantarse y estampa un beso a una fotografía de su familia que tiene sobre el armario.

Se mira al espejo para arreglar la corbata y el sombrero que luce. Luego se sienta en una banca a esperar que lo vayan a ver para regresar a casa.

Ambas escenas en las que ellos figuran como protagonistas son parte de su vida y del videoclip de la campaña “Tengo Fe”.

En redes sociales pueden seguirla con el Hashtag #TengoFe #Saludintegralec #institutodeneurocienciasec.

La iniciativa del Instituto de Neurociencias de la Junta de Beneficencia de Guayaquil  busca la concienciación sobre el abandono de personas en estado de vulnerabilidad. Entre ellas las que tienen problemas de salud mental.

Aída sufre ataques de epilepsia. Además tiene glaucoma en su ojo derecho y cataratas en el izquierdo. 

Llegó a este centro cuando tenía 20 años.  

Dejó su casa en Quito porque recibía maltratos físicos. Tomó un bus hasta Guayaquil para buscar un pariente, pero al no encontrarlo tuvo que  dormir en las calles.

Recuerda que de no haber sido por un trabajador del Instituto, que la defendió, hubiese sido víctima de violación. Hace 42 años permanece en ese lugar, donde ayuda en la lavandería, confecciona suéteres de lana y elabora pulseritas. No usa bata de enfermos, sino una blusa y un jean.  

En tres ocasiones viajó a Quito para reencontrarse con sus cinco hermanos y su padre, pero se negaron a recibirla. “Aquí me siento tranquila y feliz. Causa tristeza que las familias no  visiten a sus parientes”.    

César, en cambio, lleva 31 años en el lugar. La esquizofrenia lo arrojó a ese sanatorio, donde fue ingresado por emergencia, pero con el pasar del tiempo mejoró su cuadro.

Hoy sus días transcurren entre acudir a la capilla, alimentarse, tomar su medicación  y lavar carros.

Hace cuatro años dejó de recibir la visita de sus parientes. “Me gustaría regresar a casa con ellos, pero mi cuñado no quiere que vuelva a vivir con la familia”.

Hace unas semanas le permitieron ir a la casa de su hermana que vive en la 10.ª etapa de la Alborada, pero allí le dijeron que no podía visitarlos porque sus profesiones los tenían ocupados. 

Susana Ordóñez, jefa de residencia, explica que 253 pacientes viven en el centro de atención de salud mental.

Además, están categorizados en “general abandonado”, en donde hay 135 pacientes, en “general”, 99, y en “pensionistas” (su familia paga su estancia), 19.

Explica que cuando llegan a emergencia por esquizofrenia, bipolaridad, retraso mental o demencia, generalmente son abandonados.

Asegura además que sus familiares cambian de dirección domiciliaria y hasta de teléfonos celulares sin notificarles.

“Algunos sobrepasan los 50 años de residencia en el lugar. Llegaron muy jóvenes en condición de abandono y nunca han recibido la visita de un familiar; mientras que otros reciben esporádicamente una visita, pero de lejos, por el temor a tenerlos cerca”. 

En 2006, según los registros del Instituto, 600 personas no eran visitadas por sus familiares.

Sin embargo, en 2013 este número bajó a 420.

Con la campaña de sensibilización “Tengo Fe” se intenta  reducir el número de casos y lograr una exitosa reinserción en los hogares. 

“Lo que buscamos es que las familias entiendan que ellos necesitan de afecto, un abrazo. Tenemos internos que piden que llamen a sus hermanos para que los lleven a pasear”. Cada año mueren 10  personas abandonadas. (I)     

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