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El Telégrafo

Punto de vista

El Papa exige que nos paguen la deuda ecológica

El Papa exige que nos paguen la deuda ecológica
21 de junio de 2015 - 00:00 - Fander Falconí

No es un sermón dominical ni siquiera una carta pastoral. Es nada menos que una encíclica, una carta papal de alta prioridad. Laudato Si (Alabado Seas en italiano antiguo, tomando palabras de San Francisco del siglo XIII) es la primera encíclica propia del papa Francisco. Es un documento tan importante como el Magnificat del Evangelio (Dios “colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías”, Lucas 1:53), escrito hace unos 2.000 años. Pero es a la vez un documento científico, con el aval de académicos del más alto nivel. En eso se equivocan los políticos republicanos estadounidenses, al pedir que el Papa deje la ciencia a los científicos. El Papa contó, para elaborar esta encíclica, con asesores científicos de todo el mundo. Roma nos debía este papel.  

El acelerado cambio climático es más que un problema ambiental, es un problema civilizatorio y como tal debe tratarse. Es una cuestión similar e íntimamente relacionada con la crisis crónica del capitalismo, que ya no es solo un fenómeno económico, energético o social, sino una crisis civilizatoria, de hondo calado, como lo sostengo en mi libro Al Sur de las decisiones: Enfrentando la crisis del siglo XXI (Editorial El Conejo, 2014).

Son los países ricos los que nos han puesto al borde del colapso ecológico; es su responsabilidad histórica. Que la Iglesia Católica se preocupe de temas sociales no es nuevo, lo ha hecho desde hace mucho tiempo. Que la Iglesia Católica tome partido en un tema tan polémico es novedoso, pero demuestra lo irrefutables que son los argumentos de las mujeres y los hombres de ciencia, desde climatólogos hasta economistas. Roma nos debía este papel.

La toma de posición del papa Francisco, expresada en esta encíclica, se aprecia en uno de los puntos clave de la encíclica: reconocer que los países ricos tienen una deuda ecológica con los países pobres. En nuestros pueblos están las mayores reservas de la biosfera y nosotros seguimos alimentando el desarrollo de los países ricos, a costa de nuestro presente y de nuestro futuro. El Sur es el verdadero rico y menos contaminado, pero un sistema de relaciones injustas nos asfixia. Ahora, reforzados con esta encíclica, es moralmente justo cobrar nuestra deuda, hasta por la vía coactiva. Es una cuestión de estricta justicia.  

Los países ‘en desarrollo’ (vaya nombre… ¿en verdad, queremos ser ‘desarrollados’ como ellos?), dice en resumen esta carta, están a merced de las naciones industrializadas que explotan sus recursos para alimentar su producción y su consumo, una relación estructuralmente perversa. ¡Qué adjetivo! Califica el grado de maldad del capitalismo salvaje con un término que se usó hace 78 años en sentido inverso: cuando el Papa Pío XI en la Encíclica Divini Redemptoris definió al comunismo marxista como ‘intrínsecamente perverso’.

Continúa el documento pontificio condenando al capitalismo ortodoxo, de la manera más despiadada. Es mentira que solo a través del crecimiento económico se resuelvan los problemas del hambre y de la pobreza ni que se pueda recuperar el medio ambiente: esa filosofía es un “concepto mágico del mercado”. El corolario lógico es que los países ricos deben decrecer sus economías y ‘descarbonizar’, es decir reducir sus emisiones contaminantes por unidad de producción. Con razón, en Estados Unidos esta encíclica fue calificada como una bomba. Cuando los medios estadounidenses leyeron frases como estas en Wall Street, el Sancta Sanctorum (recinto más sagrado) del capitalismo, los hechiceros mayas de 2012 quedaron como aficionados: ¡esto era el fin del mundo! Roma nos debía este papel.

La Teología de la Liberación nació en América Latina después del Concilio Vaticano II (1962-1965) y de la Conferencia de Medellín (Colombia, 1968). Esta corriente cree que el Evangelio exige la opción preferencial por los pobres y aplican las ciencias sociales para definir la pobreza y las desigualdades de toda índole. 20 años después, en tiempos de Juan Pablo II, las altas esferas de la Iglesia Católica cuestionaron la Teología de la Liberación.

En 1985 se le pidió a uno de sus principales representantes, el franciscano brasileño Leonardo Boff, que permaneciera en ‘silencio voluntario’. La notificación fue firmada por el cardenal alemán Joseph Ratzinger (más tarde Papa Benedicto XVI, hoy retirado). En 1991, Boff dejó los hábitos. Lo sorprendente de la  actual Encíclica Laudato Si es que cite (sin mencionar el nombre de Boff) frases de su obra ecológica y humanista Grito de la Tierra, Grito de los Pobres. Roma nos debía este papel.

De repente, la Iglesia Católica Apostólica Romana también está pagando su deuda a Latinoamérica. Y lo hace de una manera no monetaria: dándonos el aval moral a nuestro reclamo: afirmando en un documento eclesiástico oficial que los países ricos deben pagar la deuda ecológica a los países pobres. (O)

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