El complejo mundo de las madrastras y su relación con los hijos de su pareja

13 de mayo de 2012 - 00:00

No son las madrastras que piden a los cazadores el corazón de sus hijos ensartado en un cuchillo, “aunque la palabra suena horrible”, reconoce Cecilia Zambrano. Tiene 59 años y en dos ocasiones le ha tocado cuidar niños que no son biológicamente sus hijos.

Ella considera que si la mujer se conoce con  sus hijastros desde que son pequeños, existirá una mejor relación: "Ya cuando están grandes tienen el carácter formado y suele haber dificultades".

Joven, bonita y de alegre actitud, Roxana de San Andrés cuida a tres niños. Valeska creció en su barriga, pero a Pedro y Anita los conoció junto a su esposo.

Su hija tiene cinco años, Anita catorce y Pedro doce. “Yo me críe con un padrastro, él era muy bravo y se pasaba de la raya; con ellos soy diferente, pero sé hasta dónde tengo que llegar”, confiesa.

Su esposo tiene la custodia de los dos jóvenes, desde la separación de su anterior compromiso matrimonial.
“Vamos a pasar con mi mami”, contesta Anita cuando se le pregunta cómo celebrará el Día de la Madre.

Valeska entra corriendo a la casa con su amiga Gabriela, una vecinita de la ciudadela, que está formada por casas parecidas, con antejardín, mientras su madre prepara unos dulces para la merienda. “La convivencia al princiopio se me hacía difícil. Yo soy la representante de ellos en el colegio, pero si pasa algo, le comento a mi esposo y él se encarga de hablar del asunto con ellos, cuando se trata de Valeska, lo hacemos los dos”.

Leonor Díaz, una abuela de 83 años, también tuvo que hacer de madrastra. Ella  cuidó a sus cuatro hijos y a otros dos niños que nacieron  de una infidelidad cometida por su esposo: “Yo veía que los niños no anden vagando, les exigía que estudiaran, porque eran un poco descuidados; pero maltratarlos, jamás; los corregía, pero jamás les di un mal golpe o un latigazo”.

Muy lejos de aquel papel castigador y cruel que les han regalado los autores de cuentos, hay madrastras que se convierten en las madres verdaderas de los niños.

Daniel Calle recuerda que siempre veía Mazinger junto con su madrastra y que con ella realizaba, antes de prender la tele, sus deberes: “Mi mamá falleció cuando yo era muy pequeño, yo tenía unos seis años cuando mi papá se volvió a casar, ella siempre fue buena y cariñosa con nosotros, como una amiga, a la que le tenía más confianza que a mi papá, porque ella era mucho menos estricta en sus ideas”, confiesa este joven que trabaja como vendedor a domicilio y que el viernes pasado recorría un centro comercial buscando un regalo para Matilde López, la mujer que se encargó de criarlo, su madre.

“Yo no me atribuí el rol de madre, para ellos soy Roxana, la esposa de su papá”, confiesa una joven que no le hace honor al terror que infunden los cuentos, con madrastras que ya parecen Narciso, colgadas de su imagen en el espejo de su cuarto.

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