Echando pa’lante: la travesía de los venezolanos

- 15 de julio de 2018 - 00:00

Desde su llegada a Rumichaca, los migrantes venezolanos sufren las penurias de una travesía terrestre que les lleva a cruzar Colombia, llegar a Quito y una mayor parte de ellos dirigirse finalmente a tierras peruanas. Allí tienen la esperanza de ayudar a sus familias que aún sufren la crisis económica de su país.

Con frío, cansancio, hambre e incertidumbre, pero también cargados de sueños, esperanzas, fuerza y valentía, los venezolanos forman largas filas en el Centro de Atención Nacional Fronterizo Rumichaca, provincia del Carchi, para registrar su entrada en Ecuador y continuar un camino cuyo destino no siempre es previsible.

 A las 17:30 y con una temperatura que roza los 13 grados centígrados, cientos de venezolanos esperan pacientemente para solicitar el sellado en sus pasaportes para ingresar a Ecuador y tratar de emprender nuevamente su viaje en búsqueda de una mejor vida, tras huir de la conocida crisis económica de Venezuela, un país donde predomina la inseguridad, la escasez de alimentos y la hiperinflación.

 Desde enero hasta mayo de 2018, según registros oficiales, unos 371.753 ciudadanos venezolanos entraron a Ecuador y otros 314.259 salieron del país en el mismo período, es decir, 57.494 de ellos decidieron quedarse por varias razones en territorio ecuatoriano.

 Cobijado bajo una carpa que resguarda a otros 10 jóvenes migrantes venezolanos, José Martínez narró que sus amigos y él cruzaron a pie Colombia, un país donde recibieron también mucha solidaridad para aguantar el frío y el hambre.

“Como somos amigos, hemos estado todo el tiempo juntos, que si alguno no tiene aquello, uno le presta el suéter, una cobija, un par de zapatos, unas chancletas”, asevera Martínez, de 26 años de edad proveniente del Estado Barinas.

Este muchacho trabajó como técnico de refrigeradores en su país y mencionó que en su grupo  “de aventureros, sin plata y sin nada”, llegarán los que puedan hasta Perú para salir adelante y ayudar a sus familias que, a duras penas, comen tres veces al día.

En los alrededores de las oficinas de Migración, se encontraba también Brian Ramírez, un caraqueño de 19 años, quien contó que no podía abandonar a su amigo Ronald Márquez de 27 años, quien se quedó esperando en la frontera y no pudo entrar a territorio ecuatoriano porque intentó ingresar solo con una copia de su cédula venezolana.

“Sería de mal aspecto que vengamos con él desde Barranquilla (Colombia) y que yo lo deje aquí tirado y siga mi camino”, apuntó Brian, envuelto en sábanas en el suelo para mitigar el frío.

A unos 15 kilómetros de allí, la Terminal Terrestre de Tulcán (TTT) se convierte en un segundo punto de paso obligatorio para todos los venezolanos que quieren seguir su rumbo a Quito, a otras ciudades ecuatorianas o a tierras peruanas.

 Entre los andenes de la terminal, Yóselin Rivera llamaba la atención por su pasamontañas tricolor, alusivo a la bandera venezolana, quien acomodaba su maleta y demás pertenencias para subirse a un autobús, en dirección a Huaquillas.

 Rivera señaló la necesidad de compartir el viaje con paisanas que conoció en ese país. Indicó también que vendió su casa y otros inmuebles para poder conseguir un poco de dinero para iniciar su travesía. “Nosotros no llegamos acá con dólares sino con pesos (colombianos), como 300 millones de bolívares (60 dólares), para cambiarlos a pesos en Colombia. Luego, tuvimos que vender otras cosas más, para tener 800 mil pesos (279 dólares) y así pagar el pasaje para acá”, dijo Rivera, mientras sostenía sus maletas.

Los venezolanos suelen dirigirse a Guayaquil cuando hacen una parada en Ecuador o a Huaquillas cuando buscan transitar directamente hacia el Perú, viaje que suele costar $ 25.

“Pasando roncha” fue la frase utilizada por Luis Acosta para referirse a las dificultades vividas para salir de Venezuela, cruzar Colombia y llegar a Ecuador.

Oriundo de Caracas y con 27 años de edad, Luis es parte de un grupo de cinco venezolanos que llegaron a la Terminal Terrestre de Carcelén, ubicada al norte de Quito.

 Como mecánico, él ganaba un sueldo cercano a los 30 millones de bolívares (5 dólares), que “no alcanzan pa’nada (…) como para comer una semana, ni para un par de zapatos, ni una camisa. Todo se va en comida ”, dijo. Sentado en colchones delgados, calentándose con cobijas y comiendo alimentos obtenidos por donaciones, este muchacho aseveró que su grupo huye de la crisis económica que se vive en Venezuela, un país donde no se consiguen medicinas y donde “las mujeres embarazadas dan a luz en plena calle”, apuntó.

 Al sur del país, cerca del Centro Binacional de Atención Fronteriza (Cebaf) ubicado en Huaquillas, provincia de El Oro, María Linares Duno descansaba bajo un árbol al mediodía, junto a su hijo y otros tres venezolanos, mientras comían galletas con crema de queso.

 Entre lágrimas, esta ama de casa dijo que “es fuerte porque uno deja a la familia allá, pero bueno, venimos con este son y pa’lante”.

 Linares es una ciudadana venezolana más de las 60.914 que registraron su salida desde el Cebaf hacia Perú, solo durante el mes de junio de 2018, según cifras oficiales.

En medio de la crisis y la tragedia, la solidaridad es una de las virtudes más humanas que surgen en medio de la incertidumbre: la cooperación mutua para la supervivencia. Un aspecto que, para los venezolanos, no es para nada extraño. (I)  

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