8 de marzo: Nada que celebrar

- 08 de marzo de 2020 - 00:00

En nuestro país, un hombre asesina a una mujer cada 71 horas.

Este domingo 8 de marzo nos agarra con el corazón hecho añicos por los brutales femicidios que han ocurrido en los últimos días. A Adriana en Guayaquil su novio la envenenó y envenenó también a Santi, su hijito de 5 años. A Doris en Píntag su marido la apuñaló tres veces y quemó sus partes íntimas con agua hirviendo; ella llegó con vida al hospital de Machachi, pero murió a las pocas horas de ingresar. En Saquisilí una mujer fue estrangulada por su marido frente a sus hijos de 5 y 7 años.

No son hechos aislados, se trata de una realidad factual: en Ecuador un hombre asesina a una mujer cada 71 horas. La violencia y el ensañamiento de estos crímenes suele ser atroz. Aberrante. Como el femicidio de Lucrecia, quien una mañana de febrero fue destrozada a machetazos por su exconviviente en Milagro. O como el caso de Evelyn Lisseth, en Machala, que fue descuartizada por su pareja, también con un machete, y desmembrada en ocho partes.

Según el INEC, el 65% de las mujeres en nuestro país ha sufrido algún tipo de violencia de género a lo largo de su vida. En 2019, 106 mujeres fueron víctimas de femicidio; el 66% de los asesinos eran parejas o exparejas de las víctimas. De estas 106 mujeres, 62 eran madres y dejaron a 83 niños en la orfandad. Según datos de la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos, desde 2014, año en que entró en vigencia el COIP, hasta 2019, el delito de femicidio dejó 877 niños y niñas en la orfandad. Muchas veces el femicida asesina a la mujer en presencia de sus hijos, como pasó con Evelyn en Flor de Bastión, apuñalada por su exmarido delante de su hijita de dos años. O como Jéssica en Pastaza, asesinada por su marido con un disparo de escopeta delante de su hija de cuatro años.

De las 106 mujeres asesinadas, 33 reportaron a sus agresores previamente. Esto evidencia que el 86% de las víctimas tenían relación cercana con su asesino o por lo menos lo conocían y se sabían amenazadas. En peligro de muerte. Muchas de estas mujeres habían obtenido y portaban consigo una boleta de auxilio. Este fue el caso de Evelyn Carolina, quien llevaba la boleta de auxilio en su cartera cuando en mayo del año pasado fue asesinada en Guayaquil por su expareja. No le sirvió de nada.

Y no se trata de algo que solo sucede en Ecuador. La prensa internacional nos informa sobre femicidios en forma cotidiana.

También en estos días hemos conocido sobre asesinatos horripilantes. Íngrid en México, apuñalada, desolllada y descuartizada por su pareja. Brenda Micaela en Argentina. Su novio la lanzó por las escaleras, la asfixió hasta matarla y la quemó en una parrilla; luego dispersó los restos de su cuerpo en una carretera.

El femicidio es una verdadera pandemia mundial.

En cuanto a violencia machista, a través de los medios de comunicación nos llegan solo las noticias más atroces, más crueles.

Cuando la violencia de género produce ataques físicos como golpes, heridas, mutilaciones, o violación sexual. O cuando llega al último y mayor grado de violencia, el femicidio. Casos impactantes como el de Martha, violada por tres conocidos en Quito, o el de la cantante de Santa Elena que fue violada por ocho hombres que le destrozaron el útero, o el de la señora de ochenta y seis años en Manabí, violada en grupo en su propia casa. Porque no importa dónde estemos, ni qué edad tengamos, ni qué ropa llevemos puesta; solo el hecho de ser mujer es un factor de riesgo que nos puede poner a un violador en nuestro camino. O condenarnos a muerte.

Pero la sociedad sigue encontrando excusas para trasladar la culpa a las víctimas. A las mujeres nos matan porque estamos solas, porque deambulamos por lugares indebidos, porque traspasamos el límite, porque nos tomamos un trago, por cómo estamos vestidas.

Nos matan nuestros novios, maridos, exmaridos, pretendientes, conocidos o simples desconocidos que creen que solo por ser mujeres nuestro cuerpo y nuestra vida están a su disposición. A las mujeres nos matan sin pensarlo demasiado, nos matan con crueldad, nos matan a conciencia y minuciosamente. Nos queman, descuartizan nuestros cuerpos, nos separan en pedazos. Nos matan por celos, por rabia, para controlarnos, para retenernos, nos matan a veces sin querer, porque se les fue la mano. Nos matan para enseñarnos quién manda, porque nos tienen miedo, porque no nos tienen miedo. Y a las mujeres nos mata, en su gran mayoría, aquel hombre que era nuestra pareja, el padre de nuestros hijos. Esa persona que debería querernos y no odiarnos, esa persona en la que alguna vez confiamos. Nuestros cuerpos desmembrados y desfigurados aparecen a todo color en las fotos de la crónica roja con nuestros nombres completos. En cambio, nuestros asesinos, aun cuando son asesinos confesos, reciben el beneficio de un filtro en sus caras y una inicial en sus apellidos, para proteger sus identidades.

Nuestras muertas nos duelen, nos duele la violencia machista. Eso de lo que hace años las mujeres no hablábamos, hoy lo gritamos, lo denunciamos, y nos organizamos para tomarnos las calles en protesta. Y esto fastidia a muchos, porque a muchos les duele bastante más que nosotras protestemos, y no que nos violen y nos maten. Pero seguiremos gritando, pese a los insultos, a que nos llamen exageradas, locas, delirantes. Porque nos desborda la rabia, la frustración, las ganas de gritar al cielo que nos están matando. Cada tres días nos asesinan a otra hermana.

Más allá de que el 8 de marzo no se celebra, se conmemora; antes de felicitarnos este domingo piensen que el Día Internacional de la Mujer subraya una desigualdad que todavía persiste. Una desigualdad que nos está matando. (O)

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