Minorías que con su activismo enfrentan la marginación de quienes las ven diferentes

- 01 de marzo de 2017 - 00:00

Los avances en política pública son grandes, pero todavía existen individuos que no aceptan la equidad. Afrodescendientes, trans y extranjeros son algunos de los grupos más vulnerados.

La nacionalidad, el sexo, la edad, el origen étnico, la condición u orientación sexual y la religión continúan siendo causas de exclusión en todo el planeta, señala la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Para “recalcar cómo todo el mundo puede formar parte de la transformación y actuar para conseguir sociedades justas”, la Asamblea General de la ONU proclamó en 2013 que cada 1 de marzo se celebre el Día para la Cero Discriminación.

Billy Navarrete, secretario del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos (CPDH), define la discriminación como “una grave violación a los derechos humanos, que nace por la diferencia que vemos con otras personas en el plano económico, político, de género, o color de piel, y que es resultado de un proceso histórico”.

En Ecuador, señala, hay grandes avances en términos de política pública. “Muchas normas se han producido, inclusive motivadas por el marco constitucional de los derechos y cuyo principal objetivo es erradicar la discriminación”.

No obstante, “es un proceso que se debe construir en la mente de cada individuo de transformar esa manera de relacionarse con otras personas. Ese es el gran desafío”.

Indica que hay una fuerte carga a la comunidad afrodescendiente, y en el tema de violencia de género evidencia la falta de reconocimiento de las niñas como sujetos de derechos. Agrega la discriminación por nacionalidad, concretamente a colombianos “que sufren el estigma por la violencia en su país”. (I)   

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Fernando Machado, activista trans   

"Mi gusto fue hacia lo femenino y no entendía por qué razón"

“Era horrible, yo llegaba todos los días a mi casa a llorar. De hecho, tuve crisis y pensamientos espantosos que menos mal no los ejecuté, sino no estaría aquí contándolo”. Así recuerda Fernando Machado, un transmasculino de 23 años, su adolescencia en su natal Valencia, en Venezuela.

Nació mujer bajo el nombre de María Fernanda Machado, en un hogar conformado por su madre, quien siempre lo ha apoyado, y un hermano mayor que fue su referente desde los 14 años, cuando decidió “salir del clóset”. “Él me enseñó a ponerme la camisa por dentro y me prestaba sus perfumes”.

Desde niño le atraían las mujeres. “En el kinder me gustaba una niñita y yo no entendía por qué. Mis amiguitas estaban enamoradas del chico de quinto grado, mientras mi gusto siempre fue hacia lo que lucía femenino”. Esa “incoherencia” de verse niña y sentir como niño le generó un  conflicto personal interno.

Pero cuando salió del clóset los comentarios fueron muy fuertes en el colegio católico donde estudiaba. “Me preguntaban si era niño o niña y qué tenía debajo de la falda. Más molestaban los varones”. “Yo lloraba. Era algo muy fuerte porque a la escuela uno va a aprender, no a ser lastimado”. Tras graduarse de bachiller empezó su proceso  hormonal para cambiar su figura y voz femenina por la de hombre. En medio de esa transformación Fernando llega en 2015 a Guayaquil invitado por Diane Rodríguez, activista transfemenina (nació hombre) que lucha por  los derechos de los GLBTI. Con ella inicia una relación de pareja. Al mes, Fernando se embarazó de la activista y volvió a soportar una avalancha de críticas discriminatorias que continúan 9 meses después del nacimiento del hijo de ambos. “Me da vergüenza, pero la mayor discriminación ha sido de la  comunidad GLBTI, sobre todo gay y transfemeninas”.

Pero Fernando dice que ha aprendido a estar bien consigo  y a entender que cada persona es diferente y hay que aceptarla. “Es la diversidad lo que enriquece a la sociedad. Lo importante es hacer el bien y a las criticas ya no le presto tanta atención. Su trabajo junto a Diane es en el tema  visibilidad.

“El hecho de hacer público mi embarazo ha permitido que muchas personas se cuestionen y dejen de vernos como algo anormal”. (I)

Nancy, refugiada colombiana       

“Salimos huyendo de la violencia, pero aquí nos temían”

Eran las 11:00 del 11 de noviembre de 2005. En un sector de Nariño (Colombia), Norma (nombre protegido) aplicaba un suero a una paciente, su esposo trabajaba en una construcción y sus hijos se alistaban para ir a la universidad, pero el estruendo de bombas y disparos en un enfrentamiento entre el ejército colombiano y las FARC detuvieron las actividades de unos 2.000 pobladores, entre los cuales se reportaron decenas de muertos y heridos.

“Fueron 5 horas de angustia. La gente gritaba y corría desesperada hacia el río Mataje, en cuyas orillas se ocultaban para llegar a alguna embarcación hacia la frontera con Ecuador. Los que no alcanzaban se lanzaban al río”, recuerda Norma, quien huyó en una pequeña canoa con su familia, “dejando atrás casa,  trabajo, estudios, toda una vida”.

Así llegaron por primera vez a Ecuador. Se quedaron un tiempo en San Lorenzo, provincia de Esmeraldas, donde vivieron en calidad de refugiados. Sin embargo, al recibir amenazas de la guerrilla colombiana se radicaron en Guayaquil.

Así empezó otra odisea, recuerda Norma. “No podíamos alquilar casa. Entre los requisitos nos pedían garante y un depósito de dinero grande. Si el arriendo costaba $ 100 nos pedían $ 200. Piensan que todos los colombianos que vivimos acá tenemos mucho dinero del narcotráfico o algo así”.

Pero no era ese el caso de Norma. Ella explica que junto con su familia debió salir huyendo del conflicto armado, pero la gente sentía temor y rechazo hacia ellos “por ser colombianos y por nuestra etnia (afrodescendiente)”.

Doce año después, la mujer señala que aún siente la discriminación, aunque  ya no tan latente como al principio. “Hace 5 años discutí con una profesora del colegio de uno de los niños porque le decía a los alumnos que guardaran bien las cosas porque ahí estaban los colombianos. Yo reclamé ante el Ministerio de Educación y le llamaron la atención porque inculcaba el discrimen a los alumnos”.

“Hemos demostrado que mi familia es todo lo contrario de lo que algunos creían. Estamos contentos de vivir en Ecuador por la tranquilidad de nuestros hijos, que es lo más importante”, dice la mujer que trabaja en la venta de comida y cuya familia creció con 2 nietos y los 4 hijos colombianos de una comadre suya asesinada por la guerrilla. (I)

Inés Campas, activista afroecuatoriana   

"Nos enseñaron a odiar nuestro color y eso está enraizado"  

Inés Campas Angulo tenía 12 años  y estudiaba en una escuelita del recinto Mache, en La Unión (Esmeraldas), junto con 2 hermanos menores y  al menos 10 primos y sobrinos, cuando empezó a entender lo que era la discriminación racial.

Con el adjetivo de “vagos” y otros  más fuertes eran calificados sus familiares afrodescendientes por parte de los alumnos mestizos que predominaban en el plantel. “Me molestaba tanto que yo los golpeaba porque ofendían a  niños de 9 a 10 años. La profesora nada decía y la enseñanza estaba enfocada en mostrar que los negros habíamos sido esclavos y hasta en eso los compañeros se burlaban”, dice Inés, enfermera auxiliar y activista afroecuatoriana con 50 años de edad.

La gota que rebasó el vaso cayó cuando en una reunión de padres de familia dieron a entender que los niños afro se sustraían los materiales escolares. “Eran tiempos en que se hablaba poco del racismo. La gente no podía reclamar y para evitar problemas con los vecinos de las fincas que estaban camino a la escuela, mi papá nos retiró y montó en la casa un aula donde mi hermana mayor nos daba clases”.

Con 14 años, Inés se radicó en Guayaquil donde realizó varios trabajos y después se vinculó con organizaciones sociales con las que realizó labor de evangelización, atención a refugiados colombianos y rescate de chicos en la Trinitaria (sur de la urbe), donde tres generaciones la conocen como Mami Inés.

Desde hace 8 años trabaja en temas de discriminación con unos 50 chicos del sector, de 8 a 10 años, de 12 a 15, y de 16 a 22. “Lograr que se acepten y se respeten me costó mucho. Ha sido  una lucha muy dura porque se nos  enseñó a odiar nuestro color. Es algo que todavía está enraizado en muchos jóvenes, tanto así que algunos no se consideran afrodescendientes porque no conocen la historia. Hay chicas que dicen que se van a casar con un blanco para mejorar la raza y los varones se sienten importantes cuando andan con mestizos”.

Similar labor realiza con un grupo de catequesis, inculcándoles el amor a Dios y el respeto a sí mismos y a sus semejantes.

Inés señala que la discriminación a los afrodescendientes sigue latente y una muestra de ello son los locales comerciales y malls. “Los guardias de seguridad los siguen y vigilan  sus pasos”. (I)

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