Conozca los efectos negativos de la alta tecnología

- 28 de agosto de 2018 - 12:38
La realidad virtual es una de las áreas tecnológicas que ha ganado espacio en los últimos años.
Foto: EFE

Todo aparato tecnológico que funciona con electricidad genera contaminación electromagnética en el ambiente. Aunque estas ondas no son visibles al ojo humano, existen y tienen impactos sobre la salud de seres humanos e incluso de los animales.

Usar un teléfono celular inteligente, un teléfono inalámbrico en casa, un microondas, un televisor o el simple hecho de encender la luz podría ser perjudicial para el ser humano, peor aún si se los usa al mismo tiempo y en un solo ambiente.

Esta tecnología, que ha llegado a solucionar gran parte de la vida de las personas, sobre todo la de optimizar su tiempo, emite ondas electromagnéticas porque funciona con electricidad. Estas ondas generan el electrosmog, una contaminación invisible pero omnipresente.

El experto en campos electromagnéticos, Joaquín Machado, fundador de NOXTAK Group, explica que el electrosmog es la contaminación electromagnética que emanan equipos tecnológicos por el hecho de usar energía, incluso el cableado eléctrico contribuye con esta situación. En otros países lo conocen como contaminación eléctrica o electropolución.

El electrosmog está con la humanidad desde el invento del bombillo, la radio y televisión. Lo que sucede es que en los últimos años ha aumentado su intensidad por la evolución digital de la conectividad inalámbrica de las telecomunicaciones. Todos los teléfonos inteligentes y los dispositivos que usan wifi, por ejemplo, aportan en gran medida a esta polución.

Las ondas no son perceptibles al ojo humano, se las mide con tecnología especial, como los frecuensímetros que miden la intensidad de las señales y los gaussímetros que miden la intensidad del flujo magnético de las hondas.

Según Machado existe una normativa internacional que establece que las poblaciones no deben estar expuestas a más de un milivatio por centímetro cuadrado de señales de radiofrecuencia. Asegura que en Ecuador mucha gente convive con niveles que superan esa normativa.

Quito y Guayaquil, por ejemplo, están comprometidas hasta con cinco milivatios por centímetro cuadrado.

El problema radica en que las ondas de la electricidad natural no son biológicamente compatibles con las ondas electromagnéticas artificiales.

Las partículas fundamentales que transportan las ondas emanadas por equipos tecnológicos están despolarizadas, es decir no tienen un orden magnético correcto. Mientras que las ondas electromagnéticas de la naturaleza funcionan polarizadamente y sus partículas están ordenadas. El corazón y el cerebro de las personas, por ejemplo, funcionan con electricidad polarizada.

Según el experto, los niños son más sensibles a esta contaminación porque su cuerpo está en desarrollo. Asegura que los menores de cinco años absorben cinco veces más la radiación que emite un equipo que un adulto. Mientras que los niños de cinco a 12 años asimilan tres veces más y los adolescentes dos veces más que un adulto.

“Cuando una persona hace una llamada telefónica, al aparato le lleva seis minutos alterar su sistema nervioso, afectación que durará tres horas y media. A un niño le afecta el mismo tiempo estando al teléfono tan solo un minuto”, explica Machado.

Existe evidencia científica -continúa el experto- de que el electrosmog hace que el ADN de las personas se fragmente, hace que su sistema inmunológico se debilite, se ha visto un descenso en la fertilidad en hombres y mujeres y cada vez más los bebés nacen con defectos.

Incluso aumentan las posibilidades de desarrollar algún cáncer. No conciliar el sueño y sufrir de estrés, ansiedad e irritabilidad están muy relacionados con un ambiente con excesiva contaminación de ondas electromagnéticas.

El médico ocupacional Alejandro Farfán coincide con Machado en torno al impacto que causan estas ondas. Para el galeno esta nueva palabra (electrosmog) que ahora se acuña por la invasión de corrientes en el entorno genera una discusión entre los científicos.

Algunos dicen, explica, que la radiación que emiten las antenas de televisión no generan problemas, sino síntomas menores como insomnio, irritabilidad, pérdida del apetito y bajones emocionales. Otros, añadió, dicen que no se han hecho estudios suficientes como para afirmar que esta invasión cause enfermedades, entre ellas el cáncer.

Desde su óptica, las ondas sí causan un problema para la salud. “El impacto es lo que aún se debate. Mucho depende del estado inmunológico del paciente”. (I)

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