Para Jair, Isabel y José, la vida no tiene limitaciones

- 21 de mayo de 2017 - 00:00
A ellos aún les cuesta creer que hayan alcanzado la máxima calificación. Este logro se ha convertido en un aliciente para obtener un título de tercer nivel.
Foto: Lylibeth Coloma / El Telégrafo

Los 3 jóvenes alcanzaron el máximo puntaje (1.000), en las pruebas Ser Bachiller, para conseguir un cupo en la universidad. Ellos tienen capacidades especiales: uno padece del síndrome de Asperger, otro es no vidente y el tercero tiene 40% de discapacidad física. El apoyo de sus padres desde su nacimiento fue vital, pues nunca los subestimaron y, más bien, lucharon por su inclusión .

Isabel Morán Díaz, Jair Silva Neira y José Salinas Chamorro comparten un mismo sentimiento: los 3 están felices de haber obtenido el máximo puntaje -1.000 puntos- en las pruebas Ser Bachiller, para alcanzar un cupo en la universidad y hacer realidad sus sueños de profesionalizarse. 

Para ellos la vida no tiene limitantes, pues pese a que cada uno padece algún tipo de discapacidad, eso no ha sido inconveniente para alcanzar sus objetivos. Hace una semana, los jóvenes, de 19 años, empezaron el curso de nivelación de carrera en la Universidad Estatal de Milagro (Unemi).

En el caso de Isabel, ella tiene 40% de discapacidad física como producto de una caída que le ocasionó fracturas discales en la columna vertebral. Cuando apenas tenía 8 años tropezó en una escalera y por proteger a su hermanita de meses que la llevaba en brazos, cayó de espaldas y se golpeó con un ladrillo.

 Después del accidente siguió yendo a la escuela por 2 semanas hasta que sus piernas no le respondieron y quedó imposibilitada de caminar casi por un año. Como resultado de ese período sin movilidad se atrofió su normal crecimiento.

Isabel reconoce que cuando estaba en la escuela era un poco despreocupada de los estudios, pero su vida cambió el día en que cayó por las escaleras.

Alcides Morán, su padre, desesperado, escuchó todos los consejos que le dieron y finalmente trasladó a la niña hasta un hospital de Guayaquil donde, después de varios exámenes, radiografías y resonancias magnéticas, el especialista que la trató le dijo que tenía que operarla y colocarle tornillos sin garantizarle si volvería o no a caminar.

Indignado al recordar el diagnóstico de ese médico, don Alcides decidió retirar a su hija de esa casa de salud y pedir ayuda en Milagro a la esposa del en ese entonces alcalde de Milagro, Francisco Asán.

“La señora (Sandra Torres) inmediatamente gestionó ayuda y pudimos ir al hospital Roberto Gilbert. Allí un traumatólogo me explicó que no la iba a abrir (operar) por gusto y que tenía que estudiar su caso”.

Finalmente, la cirugía que en ese tiempo solo se realizaba en Houston -según comenta el papá de Isabel- se la ejecutó en el referido hospital de niños y luego de terapias de rehabilitación y de seguir las recomendaciones médicas, la menor volvió a caminar.

Morán rememora que cuando su hija estuvo en cama hizo que le prometiera que una vez que volviera a caminar la apoyaría para terminar la escuela, ir al colegio y luego ingresar a la universidad.

Por eso, el orgulloso papá, quien es agricultor en el recinto Panigón, se esforzó más día tras día para darle a su pequeña lo necesario para que estudie y se convierta en una profesional.

Isabel desea sacar su licenciatura en Administración de Empresas y conseguir trabajo en alguna compañía en Guayaquil.

Un niño prematuro

Jair, en cambio, nació a los 7 meses y pesaba 2 libras. Según Jenny Neira, su madre, los médicos tuvieron que ponerlo en una termocuna y suministrarle oxígeno por 10 días.

“Ellos me explicaron que se corría el riesgo de afectar su vista, el cerebro o incluso que podía morir. Los doctores me dijeron que de 100 prematuros uno queda ciego; por el exceso de oxígeno se le desprendió la retina, pero tenían que hacerlo para salvarlo”.

Efectivamente, Jair se salvó y si bien perdió el sentido de la vista, eso no fue obstáculo para convertirse en un excelente estudiante en la primaria, secundaria y ahora enrumbarse a conseguir su título de tercer nivel.

Su madre cuenta que los primeros años se preparó en la Escuela Municipal de Ciegos 4 de Enero, de Guayaquil, donde aprendió braille (sistema de escritura y lectura para no videntes). Luego ingresó a la escuela y colegio regular.

Pero como los profesores de secundaria no estaban familiarizados con este sistema y a tener alumnos con este tipo de discapacidad en sus aulas, a doña Jenny le tocó aprender braille para pasar en papel y tinta los deberes que su hijo hacía con su sistema.

“Creo en la capacidad de él porque desde que fue a la escuela todas sus notas han sido altas. Estaba segura de que sí iba a pasar las pruebas”.

Jair es un joven muy humilde y, pese a estar consciente de su dedicación a los estudios, dice que nunca pensó lograr la más alta puntuación. “Me siento feliz. No me imaginaba sacar este puntaje. Fue Dios que me dio esta inteligencia desde que era pequeño”.

Jair Silva destaca que lo que estudiará en la universidad será psicología, porque es una carrera que lo atrae y desde ya se imagina con un consultorio atendiendo a sus pacientes.

Lo desahuciaron

De los 3 jóvenes, José Salinas casi no habla, se limita a escuchar a sus compañeros y a ratos pasa con la vista mirando al piso. De vez en cuando sonríe.

A decir de su mamá, Elvia Chamorro, el niño nació aparentemente normal y con excelente peso. A medida que pasaban los meses, se dio cuenta de que su desenvolvimiento no era como el de otros menores. Sin embargo, no pensó que algo malo le ocurriera.

“Cuando tenía 9 meses cayó con convulsiones, lo tuve en emergencia de un hospital y ahí me lo desahuciaron. El médico me dijo que tenía una caja torácica muy pequeña para el corazón que era grande. El neurólogo me explicó que era un niño con retardo mental, que no iba a hablar ni caminar...”.

Doña Elvia se confiesa una mujer muy devota, cree en Dios y en la Virgen. “Hay gente que me creyó loca, pero él (Hermano Gregorio) entró en la sala donde desahuciaron a mi hijo, lo tocó y me dijo que no me preocupara, que me lo llevara a la casa, que se iba a desenvolver como un niño normal y que solo orara”.

Muy entusiasmada al recordar la recuperación de su vástago, la mujer cuenta que cuando tenía 2 años notó algo de mejoría.

“A los 5 años no hablaba y lo llevé al Conadis; allí me lo trató una psicóloga y me dijo que el niño era autista. Me aconsejó que lo pusiera en una escuela especial, pero yo lo llevé a una regular. Los 3 primeros años fueron decepcionantes, pero luego empezó a desenvolverse y sacaba buenas notas”.

Ella señala que cuando José está hablando a ratos se retrae, pero que se convirtió en un chico ejemplar que, en el colegio, hacía que a su madre los profesores la llenaran de felicitaciones por sus calificaciones.

José, al igual que Jair, también escogió la psicología para una profesión. Dice que quiere tener un consultorio y allí ayudar a las personas que padecen algún tipo de discapacidad.

Le gusta tanto esta carrera que en sus ratos libres lee libros referentes al tema. Su madre, en cambio, menciona que está tan desenvuelto que ya hasta se estrenó como novio.

Estos 3 jóvenes tuvieron desde su nacimiento el apoyo incondicional de sus padres, quienes no los limitaron sino que, por el contrario, los trataron siempre como a cualquier niño de su edad. Y continúan su lucha junto a ellos para ver realizados sus sueños.

Jair, Isabel y José están ansiosos de convertirse en profesionales para retribuir a sus padres todo lo que hacen por ellos. Agradecen a Dios por todo lo bueno en sus vidas. (I)

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