La jerga "made in Ecuador"

- 28 de agosto de 2016 - 00:00

Todos usamos el español, pero cada ciudad tiene su diccionario: Guayaquil, Quito, Cuenca, Loja, Machala, Tulcán, Manta, Ambato, Ibarra y Otavalo.

Manta-Portoviejo

'Asúntate, que son las 12:00  y hay que amarrar el burro'  

Por Mario Rodríguez

Pasar por el malecón de Manta a las 12:00 es observar un mar entre azulado y turquesa, con un sol que quema, ideal para bañarse. Dentro de una oficina cerca del sitio, José Chila no sabe qué comerá.

Sin importar qué esté haciendo, el mediodía es sagradamente su hora de almuerzo, como la de todo manabita.

“No tengo plata, ‘asúntate que son las 12:00 y me voy a amarrar el burro’”, se dice en voz alta, sin preocupación alguna, pese a no tener dinero para comer. Esta frase significa en Manabí que hará una caída en la casa de algún conocido justo a la hora del almuerzo, para que le provean alimentos.

El día a día de un manabita recurre entre frases y expresiones propias. Varias de estas son adoptadas del castellano antiguo y se mantienen de generación en generación.

‘Asúntate’ es una palabra muy tradicional en el campo manaba. “Mi abuelo me decía que me ‘asunte’ para hacer las cosas bien”, cuenta Raymundo Zambrano, investigador de la tradición oral. El también actor indica que asúntate viene de “tomar asunto, estar atento”.

Resalta que hay diversas expresiones que están enraizadas en el hablar cotidiano como ‘vamos a tomar el fresco’ (de coger aire fresco) o ‘el camino está sólido’ (de estar solitario).

También hay varias expresiones que son parte del diario vivir del campesino como ‘recular pa’ tras’ (rever una decisión), ‘el pantalón me queda azocado’ (apretado) o ‘está chisposito’ (enfermo).

El ‘te chapo’ significa “te estoy vigilando”, indica la santanense Divina Macías, quien llegó a vivir a Manta desde hace 46 años. Esta ciudadana, de 62 años, del barrio San José, resalta que cuando una persona compraba algo y le preguntaba por el precio le decía: ‘cuánto importó’.

El historiador Joselías Sánchez menciona frases que se hicieron populares en Manabí por situaciones específicas.

“Por ejemplo está ‘chupa, Pablo Coello’, en referencia a este ilustre manabita que cuando se reunía con sus amigos, era muy conversón y nunca tomaba, entonces sus amigos le decían que tome rápido”.

Otra frase es: ‘no hables panchadas’, en referencia al santanense Pancho Valle, quien era muy convencedor con sus palabras. “No puede quedarse afuera el tradicional grito deportivo ‘¡al empate Calceta!’, que ha dado la vuelta por todos los estadios del país”.

Esta frase se originó en 1955, cuando el equipo de Calceta perdía de visitante 11-0 ante su similar de Bahía de Caráquez. Transcurría el minuto 89 cuando Darío Montesdeoca anotó el descuento y desde las gradas, Justino Loor gritó: “¡Al empate, Calceta, carajo!”, lo que causó risa entre los presentes. Desde entonces este dicho es mencionado comúnmente cuando un equipo está perdiendo y busca igualar el marcador. (F)

Expresiones manabitas

Brisando: garuando

Te cago: te pego

Asúntate: poner asunto a algo

¿Cuánto importó?: cuánto costó

Dar extensia: conocer

Te voy a dar con el bollero: pegar

¡Aguaita!: observa

Firmura: ser firme

Te atajo: te agarro

Desilatrada: deshidratada

Verbigracia: por ejemplo

Socolar: cortar la maleza

La burra está dispuesta: en celo

Avejero: andar despistado

Estoy ajito: agitado

Guayaquil

El guayaco no está alerta ni come, 'se pone once' y 'se va de jama'

Por Jorge Ampuero

—¿Todo bien, mi llavecita?
—Aquí, buscando camello.
—La cosa está cara e’pescado; a veces no hay ni para la jama.
—Esa es la naple, por eso quisiera darme chapeta a la yoni.

El diálogo arriba presentado, aunque tiene una connotación familiar para muchos lectores, bien pudo presentarse de otra manera, una más acorde a los cánones del “buen decir”. Sin embargo, está allí, latiendo en la esquina, en el bus, en el mercado, en el estadio y hasta en los centros de estudio.

El hecho de ser puerto y de recibir la influencia directa de miles de personas que llegan con sus costumbres al hablar, han hecho posible tal forma híbrida al hablar.

Decir que alguien “anda down” equivale a que está apesadumbrado o bajoneado, por asociación directa con el anglicismo, que significa bajo; lo mismo, el famoso masca chicle y no hagas bomba es una invitación a la prudencia.

No menos común es el veee esha nota..., cuando alguien demuestra descontento. También es usual que el costeño, no solo el guayaquileño, se coma las “s”, como cuando quiere decir fósforo y acaba diciendo fóforo.

El doctor en Filología y reciente Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo, Jorge Dávila Vázquez, considera que “un idioma es un organismo viviente, y se nutre de todo lo que puede absorber. Naturalmente que hay un proceso de selección. Pero, si no se da esa aprehensión, ese apropiarse de vocablos y expresiones nuevos, la lengua muere”.

En consonancia con este parecer, el habla popular ha nutrido, incluso, diversas formas artísticas, como la música y la poesía. Tal es el caso de Fernando Artieda, quien, en su célebre poema dedicado a Julio Jaramillo, pone en boca de uno la frase “qué Gabo ni la gaver”.

Daniel Rojas, editor chileno, cuya editorial ha publicado textos dentro del llamado realismo sucio, estima que “el uso del lenguaje vernacular, la jerga y los modismos es necesario en la literatura como forma de representación de las distintas capas de la sociedad”. (F)

Quito

'Vivo vivo alzando pelito para que cache cómo es la cosa'

Por Andrea Torres Armas

¿Cuál es la única ciudad del Ecuador cuyo nombre termina en f?: ¡Quitof! Sí, precisamente uno de los rasgos del habla capitalina, en algunos sectores, es la pronunciación del fonema [f] al final de las palabras. Esto nace de un proceso lingüístico llamado fricatización: al dejar salir el aire, una consonante como la ‘s’ termina convertida en ‘f’. O sea: “¡quesf?” nace de una suerte de contracción de “qué es, pues”, ¿sí me cachas?

Otra característica es la acentuación de la ‘r’. Por ejemplo, piense en ¡arrarray! (interjección para denotar quemazón). Marleen Haboud (PhD en Lingüística), afirma que “las distintas formas de pronunciación están relacionadas con grupos sociales, pues las variaciones de la lengua tienen que ver con los sectores geográficos, sociales y de edad”.

Préstamos e interferencias

Ese modo de hablar quiteño, que pertenece a la variedad de castellano altoandino, se construye también gracias a la influencia de todas las lenguas que han confluido en este territorio desde épocas prehispánicas, pasando por el kichwa, hasta el inglés.

Del kichwa no solo tomamos prestadas algunas palabras, sino también la sintaxis: “Darás viendo a la guagua, ve”. Mientras en el castellano la estructura suele ser: sujeto + verbo + objeto, en esta oración tenemos: dar y gerundio (imperativo velado) + objeto (a la guagua) + vocativo (ve), además, el sujeto es tácito, es decir que no aparece en la oración. ¿Entendió? ¡Eso, vivo vivo alzando pelito!

Algunas frases dejan entrever arcaísmos (dizque) e incluso un dejo colonial: quiteño que se respeta, cuando le llaman responde: “¡mande?”; o manifiesta adaptaciones del inglés como “¡ve’saman!” o “guachimán” —que cuando no está “echando un ojito”, se está “pegando una ceja”—. Usamos los diminutivos sin moderación: “no sea malito, tiene la horita” o los aumentativos, sin pudor: “¡qué focazo!”. En fin, usamos un montón de ananayes. (F)

Tulcán

'¡Ala, caballo!', ¡vea pues!, hablarís bien a lo pastuso'

Por Carlos Jiménez

La forma de hablar del carchense o ‘pastuso’ es tan característica que es parte del identitario de los habitantes del norte andino. Palabras como “elai pis” (pues), “emprestarís” (prestar), “soberado” (ático), “no pis” (no pues), “ala, caballo” (llamar la atención a alguien, admiración) y muchas otras expresiones se mantienen en las personas adultas; en los jóvenes el uso quizá no es tan frecuente, debido a la influencia de acentos colombianos, quiteños y otros modismos.

Martin Mafla, gestor cultural y danzante, sostiene que es inevitable e innegable que los tulcaneños pierdan el “cantadito”, que por la cotidianidad no se percibe, pero al salir a otras provincias se nota esa particularidad. “Se nos identifica superrápido; yo lo veo como algo identitario; el identikit que nos identifica en todo el Ecuador, así como a los lojanos, cuencanos, quiteños, tenemos nuestro cantadito pastuso que creo no se ha perdido”.

Frases como “vea, pues” y “ave María”, son del argot popular colombiano y se utilizan más por llamar la atención.

Mafla destaca que “a nosotros debe llenarnos de orgullo ser pastusos y hablar como lo hacemos”.

El porqué del cantado

El investigador Luis Vásquez afirma que el hablado tulcaneño se diferencia del resto del país, porque conlleva  lo pasto, castellano antiguo y contemporáneo. Además, que al vivir a los casi 3.000 metros de altura se debe adecuar la estructura anatómica para oxigenar mejor y “por eso sale el cantado”.

“Vení carishina no te vas a caer de mejante altor”, “vení veluda no ti iris a lluspir”, “vendrás trayendo”, “vendrás viniendo”. Estas frases son una estructura aumentativa con el kichwa al momento de hablar, por ejemplo cuando se dice: “vamos a comer gallina runa”, se mezcla el kichwa con el castellano.

Para la comunicadora Jeny Proaño, en Carchi tienden a acentuar la última sílaba en algunas palabras. Además, en el sector rural es más visible el uso de estos localismos. (F)

Loja

'Con el fuerte chirincho, en un tastás me dan ganas de pichir'

Por Diana Vera López

Se dice que el dialecto es una de las principales características que identifica a los lojanos. Por eso es habitual escuchar que en Loja se habla el mejor castellano del Ecuador.

Muchos habitantes de este territorio aseguran que en cualquier parte del país se los identifica por su dialecto. Eso le ha pasado muchas veces a Félix Paladines, escritor y expresidente de la Casa de la Cultura de Loja, quien señala que el símbolo más detectable de la identidad lojana es su dialecto.

Paladines explica que se trata de un habla lenta, pausada y en la que se pronuncian todas las letras de la palabra. “No arrastramos las letras, ni las sílabas, ni cortamos la pronunciación y el que escucha nos entiende”.

Incluso considera que el habla es la exteriorización musical del alma lojana.

Para el docente e investigador Galo Guerrero, el dialecto lojano se caracteriza por ser pulcro en su pronunciación. “No tener un cantado, no arrastrar las palabras, en ese sentido es un poco la pulcritud de la lengua”.

“Eso no significa que en el resto de provincias hablen mal o pronuncien mal... son identidades de cada pueblo”.

Aclara que esto no quiere decir que no se cometa errores ortográficos. “Los errores son iguales que en cualquier otro lugar, pero el habla es en donde se nota esa pulcritud”.

Son varias teorías sobre el habla lojana, Guerrero explica que una de ellas es la tranquilidad en la que vivían antiguamente sus habitantes al ser una ciudad apartada. “Todos se conocían, no había para qué alterarse al hablar, y al parecer eso llevó a que haya una pacificidad en el lenguaje, de ahí esa pulcritud y sonoridad al hablar”.

En ese sentido, Paladines resalta que en el territorio también existió una fuerte presencia de judíos españoles, cuyo encuentro con otras culturas e idiomas influenció y quedó como herencia un español con términos tomados del idioma ladino. Loja tiene expresiones muy propias, una de ellas es: ‘tastás’, que significa rápido: “Lo hago en un tastás”. (F)

Ibarra-Otavalo-Atuntaqui

'¿Qué más ve?', 'dame pasando al guagua' para ir a la 'urcu'

Por Rut Melo Domínguez

“¿Qué fue, ca!”, “¡Chuta! Y ahora, ¿qué hacemos?”, “¡Qué bestia! No te creo”, “No sea así, hijó”, “Esto está hecho un champús”, “No sea malito, páseme eso de allá”, “Majaderu, vení para acá”.

Expresiones como estas se escuchan en la provincia de Imbabura, en donde lenguas como el kichwa están presentes en el dialecto cotidiano de los habitantes, en múltiples mezclas. Incluso en las formas de construcción de la oración y los diminutivos (“dame pasando”, “no seas malito”).

Según el historiador y escritor Juan Carlos Morales, desde lo indígena hay un proceso de latinización, de aculturación —ampliamente estudiado por Manuel Espinosa Apolo, en El mestizo ecuatoriano— o asimilación de lo “otro”, lo que provoca una suerte de lenguaje intermedio o bilingüismo.

En Otavalo, por ejemplo, esa “quichuización” está en la terminación ‘ca’, en algunas palabras: “Ahorita, ca” o el más castellanizado “hijó”, por hijo.

En algunas parroquias como El Jordán o San Luis es muy común el uso de la palabra “chuta” (algo que está mal) o la frase “¿qué más ve!”, expresión usada para dar inicio a una conversación, según la otavaleña Silvia Romero.

En la ciudad de Atuntanqui, la presencia de lo indígena es evidente en las terminaciones (el kichwa imbabureño no usa las vocales e y o), lo que se refleja en palabras como “pendeju” o “majaderu”, por pendejo o majadero.  Palabras de uso cotidiano, de hecho, provienen del kichwa: guagua (niño), chapa (que viene de vigilar), yacu (agua), urcu (montaña), cocha (laguna), carishina (como hombre), entre otras.

En Ibarra, en cambio, la migración de colombianos y costeños está modificando la acentuación de la ‘rr’ y la ‘ll’, propia de esta zona del país. Morales señala que “en la actualidad, los niños no dicen ‘shuvia’ sino ‘yuvia’ (por lluvia)”.

Daniel Suárez, escritor, destaca la importancia de “valorar lo nuestro” y de recuperar la lengua kichwa con metodologías de enseñanza certeras para que todos “Kay shimikunata alli rimashun” (pronunciemos estas palabras). (F)

Cuenca

Al son del 'cantadito', la 'guaricha para las orejas'

Por Rodrigo Matute Torres

Dicen que los cuencanos no pueden pasar inadvertidos en ninguna parte del Ecuador, ya que al hablar se les sale el ‘cantadito’. Este dialecto, tan particular, no es exclusivo de ellos, pues según investigadores y viajeros, como el abogado Víctor Barros Pontón, también se ‘canta’ en Jujuy y Catamarca, Argentina, y en Tarija, Bolivia.

A la cuencana Marcela Quizhpe ese ‘cantadito’ le alegra el día, porque es llamativo en cualquier lugar donde se lo escuche. Mientras que para Kléber Tamayo, esa forma de hablar “se escucha feo”. Por eso, el pide a los habitantes que tengan cuidado, cuando lo hacen en radio y televisión.

Esta apreciación no es compartida por Jéssica Rivadeneira, periodista y locutora, nacida en el cantón Macas: “el dialecto cuencano, que es melodioso, transmite amabilidad, buen trato e inspira confianza a quienes visitan la ciudad”.

Pedro Sarmiento, quien no es de esta ciudad, destaca sonriendo que “al cuencano solo le falta una guitarra para ponerse a bailar”.

Según el escritor y catedrático de la Universidad del Azuay, Oswaldo Encalada, el cantado es parte del patrimonio de los cuencanos.

“Esta entonación es un recuerdo cañari y considera que la acentuación esdrújula (en la antepenúltima sílaba) es algo que quedó como herencia. Para él, todas las lenguas tienen su propia entonación. Los españoles, por ejemplo, tienen el 85% de sus palabras graves”.

El “tonito cuencano” va acompañado de frases propias: roñoso (tramposo), seguilón (imitador), cerapio (saca cero), pata llucha (descalzo), machuchín (macho), chumblug (tirarse al agua).

Los cuencanos, además, le pusieron nombre a los dedos de la mano: meñique (niño bonito), anular, (sortijerito), el dedo del medio (tonto bellaco), índice (lame platito) y el pulgar (mata pulguitas).

Para Iván Petroff, presidente de la Casa de la Cultura, núcleo Azuay, el cantado, además de formar parte de la identidad, se mantendrá de acuerdo con la evolución tecnológica. Para él, los programas de televisión están “matando” el dialecto. (F)

Ambato

'A llorar tras el chilco' y 'mejor échame un cable'

Por Carlos Novoa Sánchez

A diferencia de Cuenca e Ibarra, el español que se habla en Tungurahua no cuenta con particularidades muy notorias, excepto una costumbre lingüística indígena que servía para diferenciar a ciertas clases sociales y que fue adoptada por los criollos en tiempos de la colonia.

Se trata de la asibilación (arrastre) de la ‘r’. Según lingüistas, esta característica proviene de etnias que habitaron en los actuales territorios de Tungurahua, Chimborazo, Cotopaxi y el sur de Pichincha.

Más allá de ser un distintivo del dialecto serrano, esto es herencia de los panzaleos, quienes la usaban para distinguir a los caciques de mitimaes.

El lingüista tungurahuense, Pedro Reino, explica que “en el sustrato Panzaleo la pronunciación de las letras ‘s’ y ‘h’ era muy acentuada por personas de clases sociales privilegiadas. Un ejemplo de ello es la palabra ashcu, que significa ‘perro’, y que era pronunciada tal como se escribe por gente de la nobleza, y allcu (pronunciada la ‘l’ muy suave) por obreros”. Igual ocurre con  pishco, que significa pájaro.

Asibilación de la ‘r’

Ya en la colonia, los criollos adoptaron esta tradición y empezaron a aplicarla además con la letra ‘r’. Así, la asibilación fue vista en un inicio como una moda de políticos acaudalados y de la burguesía en general.

Por tal motivo la acentuación marcada de la ‘r’ aún se mantiene en estratos altos y políticos tungurahuenses. Entre el resto de la población el arrastre de la ‘r’ es menos acentuada, pero aun así marca una diferencia con el dialecto capitalino, según Carlos Miranda, historiador.

“Si bien para el propio ambateño es imperceptible la entonación que tiene su dialecto, sí hay un ligero cantadito y entonación acentuada en ciertas palabras y frases, que lo distingue del capitalino. Esto, sumado a los quichuismos, anglicismos y galicismos (adopción de ciertas palabras de los idiomas kichwa, inglés y francés), como achachay, bye y debut, determinan el dialecto tungurahuense”. (F)

Machala

'¿Quiubo, men?; deja tu visaje y vamos a dar ese vueltazo'

Fabricio Cruz

“Pilas, men, para dar ese vueltazo” o “con unas 3 latas ya podemos comprar esas birras”, son algunas de las frases utilizadas en la jerga de los machaleños —sobre todo en los jóvenes—, para comunicarse.

La provincia de El Oro tiene características diferentes a las demás de la Costa, porque está asentada una parte importante de la serranía, por encontrarse en una zona montañosa. Sin embargo, la mayoría de habitantes están en la zona tropical.

Machala concentra la mayor población, pero también diversas culturas, por lo que a lo largo de los años se han adoptados distintas formas de hablar. “¡Qué gran bestia que eres!”, es una frase es muy utilizada, sobre todo en quienes se dedican al cultivo de banano y a la minería, oficios en los que hay muchos individuos provenientes de otras provincia.

Aunque el término ‘bestia’ podría sonar ofensivo, entre los mineros como Juan Ochoa, no lo es. El hombre explica que lo que se trata de hacer es resaltar a un amigo, sobre algo que hizo bien.

En el filo costero, como en Puerto Bolívar, la jerga entre los pescadores, estibadores y estudiantes es más colorida. “No me corras lámpara”, “deja tu visaje” o “vamos a emplutarnos”, son solo 3 frases de los cientos que existen en Machala.

Elías Parra, estudiante de secundaria, dice que al momento de saludar con sus amigos prefiere hacerlo de un modo particular para sentirse en “onda”: “¡Qué fue loco!”, “¿cómo vas?” o “quiubo, men”.

Voltaire Medina, expresidente de la Casa de la Cultura y escritor, explica que Machala siempre se ha caracterizado por sus particulares jergas y ello lo destaca en su libro Crónicas de Machala, donde se registra la evolución del habla de los orenses, debido a la reunión de diferentes culturas.

La evolución en el habla de los machaleños obedece también al avance tecnológico, que ha hecho que estas manifestaciones lingüísticas se difundan a sectores más amplios. Las redes sociales, como Facebook, contribuyen también para que el léxico popular se siga nutriendo. (F)

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