Ellos vencieron el cáncer y otras enfermedades para graduarse como bachilleres

- 30 de julio de 2017 - 00:00
Uno de los mejor incorporados, Jorge Chimbo, sufre de esclerosis. Está a la espera de una cirugía para volver a caminar. Su hermana Priscila (rosado) le ayuda a movilizarse.
Foto: Mario Egas / El Telégrafo

Nueve adolescentes que, por sus afecciones, recibieron clases en el Hospital Carlos Andrade Marín (HCAN) terminaron la secundaria. Tres de ellos lo hicieron con honores.

Todo empezó con un resfriado que se transformó en una gripe que parecía no tener cura. Los médicos solicitaron exámenes de sangre y, tras varios análisis, el diagnóstico fue: leucemia mieloide aguda, un tipo de cáncer que se inicia dentro de la médula ósea.

A sus 17 años, Emilia García se enteró de que tenía esta enfermedad. En ese entonces cursaba el segundo año de bachillerato en el Colegio María Angélica Idrovo, en el norte de la capital.

En cuestión de días fue hospitalizada. Llegó a terapia intensiva y, por primera vez, una aguja atravesó la vena de su brazo para dotarla de un medicamento que destruye y controla las células malignas.

Desde ese día, las quimioterapias se convirtieron en el monstruo de la adolescente. Al recordar el tratamiento, cierra con fuerza sus grandes ojos cafés y con voz entrecortada dice: “Cada vez que te inyectan es como si te quemaran las venas. Te arde, te duele...”.

Emilia confiesa que su estado de salud la deprimió tanto que su deseo era morir. Dejó de comer, de hablar con su familia y cuando estaba hospitalizada prefería que nadie la visitara.

De eso ya ha pasado un año. Son las 17:00 del último miércoles. Hasta el auditorio del Hospital Carlos Andrade Marín (HCAN) llegan amigos y familiares de 9 adolescentes que, a pesar de estar internados por padecer alguna enfermedad catastrófica, recibieron clases dentro del programa Aulas Hospitalarias y hoy se gradúan. 

La adolescente luce de forma impecable el uniforme de su colegio (blusa blanca, saco rojo, falda a cuadros, medias nylon y zapatos negros de charol). Su mamá, Ana Cecilia Tapia, le ayuda a colocarse una capa azul que la identifica como flamante bachiller.

Con su mano derecha recoge su largo cabello. No tiene “lío” al decir que es sintético. La peluca se parece al que tenía: castaño oscuro y ondulado.

Mientras ocupa el último de los 9 puestos destinados para los graduados recuerda que el HCAN ha sido su hogar por varios meses. Ahí encontró la medicina que la sacó de su depresión y la incentivó a luchar por vivir. No se trata de un fármaco, sino de un joven que, al igual que ella, padecía de cáncer y recibía tratamiento en el Hospital del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS).

Emilia y Jeremy se hicieron novios. Mientras él recibía tratamiento de revisión (etapa en la que ya no se aplican quimioterapias por la mejoría del paciente), ella tuvo una desmejora en su salud. Sus defensas bajaron, tuvo varias infecciones y por segunda vez pasó en terapia intensiva.

“Él fue la luz de mi túnel. A diferencia de todas las personas que me decían: ‘Te entiendo, a él sí le creía, porque vivía y padecía lo mismo que yo”.

Pronto Emilia mejoró y como Jeremy era de Santo Domingo de los Tsáchilas y solo iba a Quito para controles rutinarios, ella viajaba, durante 4 horas en bus, hasta la urbe del joven.  Durante 3 meses esa fue la rutina hasta que Jeremy tuvo la esperanza de curarse con un trasplante de médula. La cirugía se realizó en España. Antes de viajar, la adolescente abrazó a su novio y le expresó sus deseos de que todo le saliera bien. Esa fue la última vez que lo vio. Jeremy no soportó la cirugía y falleció en el país europeo.

La pérdida de Jeremy no desencadenó otra etapa de depresión en Emilia. Ella lo recuerda con alegría. Asegura que gracias a él logró superar cada etapa de su enfermedad.

La bachiller superó los cuidados intensivos y los tratamientos dolorosos. Ahora está en revisión.

Mientras espera el turno para recibir su diploma, cuenta que su doctora y algunas enfermeras creían que no estaría en la graduación por su estado de salud. Respira profundo, vuelve a cerrar sus grandes ojos y añade: “Yo vencí al cáncer”.

La vida es cuestión de actitud

Marlon Quilumbaquin y Francisco Vilatuña también se conocieron en el HCAN a causa de la leucemia. Su afán por graduarse en el tiempo establecido los unió. El primero fue hospitalizado a inicios de 2015 cuando cursaba el primer año de bachillerato. Marlon es de Cayambe, una urbe localizada a 90 minutos de Quito. Desde su colegio, la Unidad Educativa Nelson Torres, le enviaban tareas que él  realizaba internado.

Sonia Hidalgo es una de las 2 docentes que dicta clases en el HCAN. En 2005 se vinculó al Hospital de Solca y desde entonces trabaja con niños y adolescentes con enfermedades catastróficas. La ahora coordinadora del programa educativo asegura que, a pesar de su corta edad, Marlon y Francisco conllevan su enfermedad con absoluta madurez. A pesar de los estragos que les producían las quimioterapias (excesivas náuseas y vómito), para ellos la depresión no existe, y morir no está entre sus opciones.

Aún hospitalizados, los chicos armaron un grupo de estudios para rendir con éxito el examen Ser Bachiller. Marlon, quien ahora recibe terapia de consolidación cada 21 días, quiere ser ingeniero en Informática, mientras que Francisco, quiere ser diseñador gráfico.

A diferencia de Marlon, el cabello de Francisco aún no crece. En su graduación lució una gorra de lana y una mascarilla.

Al término de la ceremonia, Paulina Vilatuña, tía del menor, se acercó a él para felicitarlo. Mientras lo abrazaba le resultó imposible contener el llanto.

 Como la mamá de Francisco trabaja en las afueras de la ciudad, su tía, a quien considera su segunda mamá, fue quien se ocupaba de él en el hospital.

Los 2 adolescentes aseguran que con actitud sacaron provecho de su hospitalización.

“No es tétrico estar aquí. Conocí gente que me ayudó mucho. Cuando alguno de nosotros se ponía mal, los demás, que conocemos perfectamente lo que sufre, la apoyábamos”, dice Marlon mientras estrecha la mano de su amigo Francisco.

Junto a ellos está Camilia Jumbo, de 18 años. Una neuritis degenerativa solo le permite ver las sombras de sus compañeros. Los reconoce por su voz.

Por los parlantes del auditorio del HCAN se anuncia el nombre de Camila para que suba al escenario y tome su diploma. Ella se levanta de su asiento, da un paso y se tropieza; inmediatamente, una trabajadora del hospital la sostiene del brazo y la ayuda a llegar hasta el pódium.

La enfermedad de Camila inició a los 13 años, cuando contaba con el 100% de su visión. Ahora es del 25%. Ella también  dio el Ser Bachiller, pero lo hizo con adaptaciones a su discapacidad. Quiere ser psicóloga.

La docente Sonia y su compañera, Ángela Ruiz, aprendieron braille para impartir sus conocimientos a los estudiantes que al igual que Camilia pierden su visión a causa de este mal.

Una de las compañeras de hospital de Camilia es María Fernanda Brun. En 2016 fue internada por más de 3 meses a causa de anorexia y bulimia.

Mafer, como la llaman sus amigos, transformó en una biblioteca su habitación de hospital. Su dedicación tuvo resultados: ella es una de las mejores incorporadas de su promoción.

Desde el 23 de mayo de 2016, el aula del HCAN acogió a 710 pacientes. De ellos, el 97% se reinsertó en sus escuelas.

El apoyo de los amigos

Diez de los asientos del auditorio del hospital los ocuparon los estudiantes del tercer año de bachillerato del Colegio Primicias de la Cultura de Quito. Ellos son compañeros de Jorge Chimbo, a quien una esclerosis lo llevó al HCAN.

Cuando Jorge tomó su diploma, los aplausos de sus amigos retumbaron el lugar. La emoción fue tanta que se levantó —por segundos— de su silla de ruedas (foto). Lo hizo con la ayuda de quienes durante el último ciclo escolar, lo amarcaban desde la puerta del colegio hasta el pupitre de su aula.

Jonathan Cajamarca fue uno de ellos. Para él, nunca fue incómodo ayudar a su amigo a movilizarse hasta el patio o al baño de su centro educativo.

Todos los días, la mamá de Jorge llevaba a su hijo en taxi al colegio, pues poco a poco sus piernas dejaban de responder.

Son las 19:00, la ceremonia finaliza. Todos los graduados se van a su casa. Jorge no. Él está a la espera de una cirugía que le permita volver a caminar.

Aún con capa y muceta se despide de sus allegados. Una enfermera sostiene el espaldar de su silla y ambos se alejan por un pasillo del HCAN.

Datos

- Aulas Hospitalarias inició en 2006. La iniciativa permite que los alumnos con alguna enfermedad continúen sus estudios.

- El programa educativo se dicta en los hospitales de segundo y tercer nivel de la Red de Salud Pública (MSP, IESS, Isspol, Issfa).

- En el período 2016-2017, 38 chicos lograron su título de bachiller recibiendo clases en un hospital.

- A escala regional, Ecuador es el quinto país con más aulas hospitalarias. El primero es Argentina con 396. (I)

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: