El bus urbano de Quito lleva gente, y con ella, su cultura y picardía

- 24 de agosto de 2016 - 00:00
Fotos: John Guevara / El Telégrafo

Parte de la cultura ecuatoriana queda en evidencia en los pasillos y asientos del transporte público.

Son las 08:00, hora pico, y el medio de transporte público luce lleno de gente. Niños, jóvenes, adultos y adultos mayores, todos tratan de encontrar un espacio en el bus, así este sea en la última grada, ahí donde la puerta sostiene a los pasajeros para que no se caigan.

Se escucha a todo volumen la emisora favorita, aquella que pone vallenatos, música rockolera y cumbias. El controlador apura a los usuarios para que se ubiquen atrás, pues aunque se ve la acumulación de personas, para él aún hay espacio.

Poco a poco la gente se baja, la guerra que se inició en los pasillos para llegar a la puerta de salida y anunciar a tiempo la parada, termina; y es que trasladarse desde la puerta de entrada hasta la de salida, que queda al final del bus, puede requerir más de una estrategia.

Las horas del día transcurren y el bus transporta a menos gente. La mayoría mira por la ventana, sin percatarse de quién va sentado a su lado. Algunos luchan para que sus ojos no se cierren, otros perdieron la batalla y quedaron atrapados en un profundo sueño. Un par de mujeres mayores comentan los problemas de sus hijos, de sus nietos, de los vecinos, de las amigas, en fin... el trayecto les queda corto para todos los chismes que les falta por conversar.

El volumen de la música que se escuchaba en la radio baja totalmente. La melodía de ‘Sueños de amor’, entonada por 2 jóvenes, hace que la gente se despierte.

Para que los vendedores ambulantes suban a los buses solo necesitan la autorización de los conductores, pocas veces estos les impiden el paso.  

“Muchas gracias por la hemorragia de aplausos, casi me despeinan”, dice uno de los artistas, como un modo de ironizar la poca atención que le brindan los pasajeros.

Germán Tirado, de 24 años, y Víctor Falcón, de 22, se conocieron hace año y medio en el trajín que implica trabajar en los buses. Desde entonces, desde las 08:00 hasta las 16:00, se suben juntos al transporte público para compartir con los pasajeros música de diversos géneros populares como sanjuanitos, cumbias y albazos.

Empiezan en la Villaflora, pero no saben dónde terminarán. Germán, de Otavalo, entona la guitarra y Víctor, de Cañar, toca instrumentos de viento como las zampoñas.

Ambos coinciden en que la necesidad económica los impulsó a trabajar en los buses. En un día bueno consiguen $ 25 cada uno, en un día malo obtienen $ 10.

Tirado refiere que para llegar a la gente son importantes el buen humor y la educación. Pese a los problemas personales, ellos siempre tratan de contagiar el buen ánimo a los pasajeros. “Subiéndonos a los buses queremos rescatar nuestra cultura, la música con instrumentos andinos, recuperar las canciones que con el tiempo se han perdido”.

A la media mañana el carro va lento. Se detiene en cada parada y espera a que se acerquen los pasajeros. “¡Dele señor que no estamos de paseo!”, grita un hombre desde atrás mientras golpea el metal del bus. Otros se unen a la protesta y al conductor no le queda otra opción que arrancar.

Marco Flores, cobrador de la cooperativa Paquisha, comenta que diariamente recibe insultos de los usuarios porque va rápido o porque va lento, “pero nosotros tenemos un tiempo que cumplir, eso no entienden”.

Robinson Herrera, conductor, explica por qué debe acelerar el vehículo. “Sí se compite con los buses, si otra cooperativa va delante de mí se va llevando toda la gente, entonces tengo que pasarle”.

Aunque algunos se duermen, transportarse en bus no es aburrido. Primero, se debe estar bien atento por si algún ladrón intenta hacer de las suyas, o se debe estar listo para sostenerse por si el conductor frena a raya. Después, hasta llegar a la parada, hay todo un desfile de gente que ofrece diversos productos o servicios.

Hasta el bus llegan vendedores de CD de música y videos educativos, artesanías, dulces, helados, botellas con agua o jugo, incluso ofertan promociones de cepillos de dientes. También llegan los predicadores de la Biblia y algunos músicos ecuatorianos, argentinos y chilenos. Además, se aprende de las diversas enfermedades que una persona puede padecer y que la obligaron a subirse a los buses para pedir caridad y pagar el medicamento; o se escuchan las trágicas historias de jóvenes que salieron de la cárcel y que, para no volver a ella, solicitan -aunque fácilmente se podría confundir con una amenaza- que les regalen una moneda.

Se acerca el mediodía y los asientos vacíos empiezan a escasear. Las personas, para esquivar el intenso sol, se mueven de un puesto a otro. Las mujeres protegen sus carteras entre sus brazos, mientras algunas parejas intentan que su hijo inquieto se quede sentado.

La gente se empieza a amontonar una vez más. Aunque en la entrada al bus hay un letrero que prohíbe el ingreso con comida, fácilmente se detecta que alguien escondió algún abreboca. La mezcla de olores marea a más de uno; una mujer lo dice abiertamente y pide que abran las ventanas.

Pese al movimiento, a los empujones y a que va de pie, Andrés López, de 17 años, lee una novela de amor: Historia sobre un corazón roto... y tal vez un par de colmillos.

Dice que no le importa el ajetreo del bus, le encanta leer y aprovecha esos momentos para devorar algunos libros. Asegura que tiene una excelente concentración.
Aunque en la tarde vuelve la calma al pasillo de este transporte, a las 17:40 los conflictos por obtener un asiento se repiten. (I)

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