La piratería le dio identidad a El Ahorcado

- 12 de noviembre de 2018 - 09:36
Fotos: Néstor Espinosa | et

El peñasco más alto supera los 30 metros y en el tope hay roca firme, donde hoy anidan piqueros patas azules. Allí, en el pasado, según las leyendas, ahorcaban a piratas y antisociales.

Las características de la superficie, en lo alto del peñasco, coinciden con las descripciones e historias contadas por los nativos del otro lado del islote. En la cresta de un acantilado, de 30 metros, hay una roca firme desde donde colgaban las cuerdas que sostenían cuerpos humanos. De allí surge el nombre que le dieron al sitio:  El Ahorcado.

La torre natural más alta del islote, vista desde abajo, intimida y vuelve diminuto al bote repleto de turistas, cuya piel se eriza con las leyendas que cuenta el guía turístico.

El día luce gris y las aguas están agitadas. En la extensa playa, al otro lado del peñasco, no hay bañistas. El escenario es propicio para contar historias de terror. “En todos los tiempos ha habido gente mala”, empieza Abel Muñoz, oriundo de Salango, parroquia ubicada a 10 minutos de la cabecera cantonal de Puerto López, en Manabí.

Él  lleva y trae aventureros que se atreven a llegar hasta El Ahorcado. Según Muñoz, en tiempos prehispánicos la isla de Salango -cercana a El Ahorcado- era un mercado de trueque entre pueblos de lo que hoy es Ecuador, el norte de Perú e incluso Centroamérica. Uno de los principales bienes de intercambio era la concha spondylus. En algunas esquinas de la isla aún hay depósitos de este molusco. “Esto atraía gente mala que robaba o asaltaba”, alerta Muñoz y agrega que los nativos manteños que poblaban la zona no perdonaban y los sacrificaban en El Ahorcado, ocho millas al sur de Salango.

Según el relato, los delincuentes eran colgados desde lo más alto del peñasco y abandonados allí hasta que, por efecto del tiempo, apetito de las aves de rapiña o factores climáticos, caían al mar.

Con un dejo de lamento, Muñoz reconoce que no sabe cómo llevaban a los condenados hasta el tope del acantilado. “Es un sitio difícil, no sé dónde mismo era el sacrificio, tal vez llegaban muertos”, dice. La preocupación por la pérdida de la oralidad local, que advierte Muñoz, se justifica, pues la población de una hilera de comunas a lo largo de la Ruta del Spondylus, entre Ayampe y Puerto López, siente que sus tradiciones ancestrales están amenazadas. Por ahora, pocos guías turísticos resumen leyendas o fábulas en recorridos de 20 minutos en bote.

Mirando hacia la imponente isla de Salango, desde el deteriorado malecón de la comuna del mismo nombre, Muñoz lamenta que con la migración se vaya también la historia local. Él es pescador por herencia, pero hace cinco años consiguió una licencia para hacer tours en su fibra hacia la isla de Salango o al islote de El Ahorcado, especialmente en temporada de  ballenas jorobadas. La competencia desde Puerto López deja sin trabajo a los operadores comunitarios, por lo que durante la semana vuelve con sus redes al mar.

Ivo Gutiérrez es otro guía que orgullosamente se define nativo de Salango. Él, en cambio, complementa su trabajo de recorridos turísticos con un restaurante en el corazón de la comuna. Aunque ofrece actividades fijas, Gutiérrez está abierto a los pedidos del turista. “Queremos ir a El Ahorcado”, pide un viajero que desde Guayaquil llegó con su familia de 6 miembros. Ivo no titubea, no cuestiona. Solo advierte que el mar es más impetuoso sobre ese lado. El cliente asiente e Ivo reparte inmediatamente  chalecos salvavidas, equipo para snorkeling e imparte las normas de seguridad.

El guía evidencia su orgullo desde el inicio del recorrido. “Con Salango, El Ahorcado y Machalilla la zona es una pequeña Galápagos”, comenta y enumera los atractivos que  el grupo de turistas observará: piqueros de patas azules, pinzones, jilgueros, gaviotas, incluso lobos marinos, y de junio a septiembre ballenas jorobadas.

Abel Muñoz, comunero y guía turístico de Salango, lamenta que la historia oral de las comunas de la Ruta del Spondylus se pierda.

El Ahorcado, que visto desde las comunas de Ayampe o Las Tunas se asemeja a un castillo de Transilvania, con torres altas desde cuyas cimas los guardias del príncipe Vlad Țepeş vigilaban la llegada de los otomanos, en realidad es un islote corroído por el golpe de las olas. Tiene tres grandes peñascos y decenas de picos rocosos que con la caída del agua se asemejan a grandes cascadas.

Ivo relata otra historieta sobre El Ahorcado: cuentan que ya en la época de la colonia el sitio era refugio de piratas y que desde ahí asaltaban embarcaciones e incluso a la población del continente. “Aquí aún se encuentran piedras que se usaban para anclar las balsas”. Cuando la población atrapaba a los piratas les aplicaba la misma pena que usaban los manteños: los ejecutaban en el pico más alto de El Ahorcado.

El islote fue usado también como santuario shamánico para sanación corporal y espiritual. Igual que en isla Mujeres en México, aquí se encuentran, en el agua, pequeñas figuras de arcilla que eran usadas en las ‘limpias’.

Desde la orilla del mar se observa a El Ahorcado como un castillo con varias torres al costado. Esta formación natural guarda riqueza faunística.  

Los comuneros también ven en los peñascos figuras de animales y personas: Ahí hay una iguana, allá una tortuga y en ese lado un pirata, dice Lori Nobles, dueña de un hostal en Las Tunas, frente al islote. Con una sonrisa alega que uno ve lo que quiere ver. (I) 

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