La fábrica, un dragón entre maizales que transformó Atuntaqui

- 24 de enero de 2016 - 00:00
El desarrollo de la industria textil en Atuntaqui dio un giro total a la economía del pequeño poblado varias décadas atrás.
Foto: cortesía de Juan Carlos Morales

Uno de los extrabajadores de la factoría cuenta cómo, junto con sus compañeros, contribuyó a que se desarrolle la industria textil en Antonio Ante.

Por la mañana, las nubes se arremolinaban lentas en torno al taita Imbabura. Abajo, en el caserío de Lourdes, que evocaba a las 18 apariciones de la Virgen a Bernadette Soubirous, una noticia se había regado como la pólvora. En las amplias sementeras, estaban regalando maíz. Fue tal el regocijo que los moradores de la cercana parroquia de Atuntaqui también llegaron para aprovechar el prodigio. Las tórtolas, ante el atropello de la muchedumbre, salieron despavoridas. Además, era maíz tierno, un manjar con queso, y forraje para las mulas, de propiedad de algunos de estos arrieros que no salían del asombro. Los arrieros, por lo demás, estaban activos desde el siglo XIX.

Lo que ocurría es que los empresarios españoles Francisco y Antonio Dalmau Padró, quienes recientemente habían adquirido los amplios lotes, no tenían tiempo de esperar hasta las cosechas de junio porque necesitaban que los trabajadores limpiaran el sitio para los movimientos de tierra, desbanques y cimientos de la futura fábrica Imbabura. Por eso, motivados por la generosidad del sabroso maíz, muchos anteños acudieron a la misa campal de colocación de la primera piedra, que fue colocada en una mesa con mantel de flecos como si se tratara de algo sagrado, oficiada por el cura de Atuntaqui, Manuel Andrade, el 6 de mayo de 1924, en el sector también conocido como la Acequia Alta, que más tarde se llamaría Andrade Marín.

Miguel Posso Yépez, en el libro de la historia de la fábrica textil Imbabura, refiriéndose a ese momento, dice que los presentes no dimensionaron la magnitud de la obra: “No se daban cuenta, que este acto era el comienzo de una historia que cambiaría definitivamente el destino de la parroquia y de la provincia”. Hay que acudir al pensador Alvin Toffler, en su libro El shock del futuro, para apreciar esta situación. Él dice que en el mundo hay 3 tipos de sociedades, agraria, industrial y la del conocimiento y que al pasar de una a otra —de manera vertiginosa— se produce un cortocircuito en una comunidad. En otras palabras, la parroquia de Atuntaqui y sus alrededores, donde eran agricultores y arrieros, se encontraron —casi de la noche a la mañana en términos sociales— en que una buena parte de su población estaba instalada en la fábrica Imbabura, con turnos rigurosos, propios de la época industrial y el sonido de la sirena, a diferencia de un tiempo medido por las lluvias y de mirar al sol para ver la hora, de la condición agraria.

Y eso también ocurrió en otros lugares del país, a finales de la década del 30 del siglo pasado, donde se instalaron 15 industrias, por la impronta de los cambios que ocurrían internamente, desde la plutocracia a la revolución juliana, pasando por la misión Kemmerer a la crisis del cacao, hasta los estragos de la Primera Guerra Mundial. Con el tiempo, la fábrica que producía gabardinas, telas para sobrecamas, sábanas, toallas, cortinas, gasas, bramantes, de alta calidad, pasó a otros dueños, entre ellos Lorenzo Tous Febres Cordero, quienes ya contaban con más de un millar de obreros. Incluso, tuvo momentos trágicos, hasta que —como si se tratara de un leviatán herido— terminó por hundirse.

Una historia de estos hombres y mujeres, quienes contribuyeron al progreso de la industria textil en Atuntaqui, pertenece a Manuel Vallejos Paredes, nacido en 1925, gracias a quien se puede conocer más de una época en que el fortísimo llamado de la sirena se escuchaba hasta San Roque, para que los obreros —como si fueran engranajes de la gran máquina— movieran la rueda de su destino.

Ahora, frente a las renovadas instalaciones de la fábrica, declarada Patrimonio Cultural del país y donde funciona el museo, este hombre de ojos vivaces y humor como rayo, camina por la antigua algodonera. De pronto, una luz cae perpendicular en su figura y es como si ese efecto le remontara al pasado. Mira la alta chimenea, el sitio de los batanes, después pasa al sector de la hilatura (donde una muchacha de trenzas largas parece sonreírle desde la distancia), llega al blanqueo y la tintorería.

Recuerda el café con pan de la tarde y las pláticas sindicalistas. Al poco, sus pasos se dirigen a la tejeduría y el amplio patio, antes de atravesar hacia la mecánica, y más allá el olor de los buñuelos, rosquetes y arepas, que parecían estallar en el aire.

En este sitio, recuerda que, un día, un compañero le pidió que revisara las cuentas del pago. Lo hacía porque aunque Manuel había entrado como humilde barrendero a los 15 años, todos sabían que desde niño le gustaron las matemáticas, aunque no pudo continuar en el colegio. Al mirar los números encontró un error. Después, vino una agria disputa con un inspector hasta ser llamado por el mismísimo gerente, en ese entonces, Segundo Jaramillo Saá. “Yo no hago mal a nadie”, le dijo al hombre de escrupuloso traje. Encontró un aliado: “Señor, le felicito, así la fábrica marchará mejor”. Al poco tiempo, se encontraba de secretario de un ingeniero textil y era incluso el encargado de calcular los desperdicios, que se esfumaban en el aire en forma de pelusa, en una intrincada operación matemática que ya quisiera Pascal.

La fábrica con sus metales y ruidos parecía un inmenso dragón, frente al taita Imbabura. Vallejos recuerda la primera impresión de la bulla. Dice que a todo se acostumbra el cuerpo, aunque ese inicial susto no lo compara con nada. Sin embargo, como si otra vez el pasado volviera, recuerda a su padre, Seferino, arriero como muchos, quien trajo desde la Costa algunas piezas para la instalación de esta que parecía una desproporcionada ballena de metal que procesaba el algodón.

Rememora, casi como si tuviera en sus manos, el tostado hecho en tiesto, que servía de avío para que los arrieros se internaran por los montes, antes de que el sonido de la máquina asustara a los maizales, como si fuera un dragón de fuego.

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