El paso del ‘Monstruo de los Andes’ aún lastima

24 de mayo de 2015 - 00:00
En el Cementerio Municipal de Ambato reposan los restos de Ivanova Jácome, una de las víctimas del colombiano Pedro Alonso López en los años ochenta. Foto: Roberto Chávez / El Telégrafo

“De seguro que en los columpios y subibajas de este parque juegan las almas de las niñas que fueron estranguladas y enterradas aquí”, susurra Elizabeth Jácome.

Mira sobre el hombro y guarda una fotografía en blanco y negro de una chiquilla  de piel clara y sonrisa sutil, que lleva el cabello corto y rizado como si fuera de otra época.  

La foto es perturbadora, pues la vida de aquella niña de 9 años fue interrumpida violentamente por un asesino en serie que llegó a Ambato desde Tolima-Colombia, en los años ochenta.  Elizabeth no está sola. Sin perder detalle y con una libreta de apuntes, Marcelo Moncayo, periodista que investiga el caso para la cadena RCN de Colombia, la observa en silencio.

Está pasmado. El diálogo entre ambos, no exento de recuerdos dolorosos, se desarrolla en el Parque Infantil de Atocha, al noroccidente de la capital tungurahuense.

En ese lugar predomina la efigie multicolor de un payaso. Hay también canchas pavimentadas, arbustos y plantas que hacen referencia a la Fiesta de la Fruta y de las Flores.

Los colores intensos crean un ambiente de alegría en las mañanas. Pero en las noches este escenario se envuelve  en un manto  tenebroso a la luz y la sombra de las mortecinas lámparas artificiales.

“¿Qué ocurrió exactamente aquí?”, pregunta Moncayo con la ansiedad de quien está seguro de tener algo grande entre manos. El tiempo apremia y su aporte para el reportaje sobre los asesinos seriales en Latinoamérica está casi listo.

Moncayo arribó a Ambato tras las huellas de Pedro Alonso López, apodado el ‘Monstruo de los Andes’. A este personaje siniestro se le atribuyen la violación y el asesinato de más de 300 niñas,  de entre 8 y 13 años, en Colombia, Ecuador y Perú.

Así lo confesó a la Policía ecuatoriana, tras su captura en 1980, mientras merodeaba por la plaza Urbina en busca de su próxima víctima. La última fue precisamente Ivanova Jácome Garzón, la hermana mayor de Elizabeth.

Es por eso que Moncayo contactó a su colega ambateña para argumentar su investigación que fue presentada al mundo vía Internet en 2013. Ambos tratan de sobreponer los hechos históricos a la realidad actual de esta boyante ciudad de más de 340 mil habitantes.

En el parque de Atocha, según la versión judicial de Alonso López,  sepultó los cuerpos maltrechos de por lo menos 15 inocentes que creyeron en sus palabras maquilladas con promesas de ayuda y reforzadas con regalos baratos.

El rastro de sangre y dolor, que dejó López, empezó el 14 de diciembre de 1979 en el Municipio de Espinal (Tolima), a 40 km de Bogotá.

La primera mártir fue Flor Alba Sánchez, de 12 años, que aún vive en el recuerdo afligido de su madre, Alba Sánchez. A más de 1.200 km de allí, en Ambato, estos incidentes eran improbables hace 30 años.

Una ciudad que solo llamaba la atención nacional, en febrero, con la Fiesta de las Frutas que hasta hoy celebra la unidad que se puso a prueba tras el terremoto del 5 de agosto de 1949.  Ese remezón dejó más de 6 mil muertos. Una cifra menor, pero con igual o mayor impacto social, causó López. Solo que la herida de esos crímenes sigue abierta en decenas de familias tungurahuenses, pese a los 34 años que han transcurrido.

“Debemos apurarnos, dice Elizabeth a Moncayo, pronto mi papá llegará a La Catedral para la misa”.
Este ritual de padre inconsolable, no deja de estrujar el corazón de Carlos Jácome, de 62 años. Una suerte de tratamiento emocional que él se ha propuesto cumplir hasta el final de sus días.

Fue una promesa sagrada formulada sobre el cuerpecillo torturado de su hija, que la mañana del 10 de enero de 1980 partió de su casa en el barrio Los Andes, sector La Ferroviaria, en dirección a la céntrica escuela Abdón Calderón. Vestía pantaloneta azul marino y camiseta celeste para la clase de educación física. Pero no regresó jamás.

A la salida del establecimiento la esperaba el ‘monstruo’ que pasaba como vendedor ambulante de chicles y caramelos para camuflar sus torcidas intenciones. No es difícil imaginar cómo abordó y convenció a Ivanova para que lo siguiera.

“De boca de Pedro Alonso López supimos que llevó a mi hermana a un terreno baldío en Totoras y en una caseta la ultrajó y ahorcó, mientras ella lloraba a gritos. Así declaró a la Policía sin dejar de sonreír, pues recordaba a Ivanova por su cabello rubio y su piel blanca”, explica Elizabeth con un hilo de voz.

Aferrada al brazo de su progenitor, ambos evitan así un desplome emocional. De traje y corbata, Carlos Jácome cumple con el propósito que le obliga a cerrar por unos días su panadería en Guayaquil, con el fin de colocar un ramo de rosas blancas en la lápida de su niña en el Cementerio Municipal de Ambato.

La madre de la pequeña, Luz Garzón, partió a Italia hace 15 años y muchos dicen que perdió la cordura. Jácome todavía siente borbotones en su pecho cuando recuerda esos días de angustia extrema, de búsquedas sin salida y de informaciones fallidas.  

Un mes después la encontró, el 15 de febrero de 1980, y allí mismo empezó su calvario. “Ya no llores papito. Estoy en un lugar muy bonito”, le había dicho la niña en un sueño, como si desde el otro lado tratara de poner fin a su suplicio.

Labor inútil. A las pocas semanas,  Jácome migró a Caracas. En 1985 regresó a Ecuador, pero se quedó en el Puerto Principal. Desde entonces, cada 15 de febrero viaja a Ambato para elevar una plegaria por Ivanova. (I)

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: