De gallos y pelotas, deporte y cultura

El ecuavóley tiene una connotación antropológica llena de simbolismos

- 12 de marzo de 2016 - 00:00
El deporte del ecuavoley se ha convertido en uno de los principales atractivos que tienen los sectores urbanos y rurales, este deporte forma parte de las fiestas.
Foto: Fernando Machado/ El Telégrafo

El partido puede llegar a convertirse en el evento principal de las fiestas de un pueblo. En El Carmen de Pijilí es el número obligado después de la sesión solemne.

Cuando subo por las polvorientas calles de Sayausí (área suburbana, apenas a 7 kilómetros del centro de la ciudad de Cuenca) puedo ver las canchas de tierra, rectángulos delimitados con líneas blancas pintadas con cal y una línea divisoria central sobre la cual está la red tejida a mano con hilo de plástico, hecha probablemente por las personas privadas de la libertad de la cárcel de varones. Los hilos rojos, azules, amarillos atrapan la vista y me parece que dan alegría. El ecuavóley no tiene liga profesional, pero es igual de famoso y difundido que el vóley tradicional.

Al caer la noche, con improvisados postes de luz, empieza el juego, 3 contra 3 para jugar 3 ‘quinces’. El combinado que gana 2 de 3 se lleva las apuestas hechas por los jugadores, o cobra la ‘tocha’ de trago y las colas. La intensidad de los ‘bates’, los gritos del volador (que es el tercer hombre que debe jugar en la retaguardia) y los insultos del que pasa la pelota por encima de la red a la cancha contraria —el ponedor— animan al público presente que, parado a la vera del rectángulo de juego, acompaña al árbitro a poner los puntos y juega su propia partida.

En el barrio La Libertad el escenario es más sofisticado: cancha cubierta con reflectores y un espacio alquilado para que los jugadores lo usen y para que las apuestas sean mejores. En mayor medida los jugadores son hombres: choferes, campesinos, obreros, jóvenes que pueden llegar a atravesar la medianoche en el juego, ya sea como espectadores o como parte de un equipo.

El partido puede llegar a convertirse en el evento principal de las fiestas de un pueblo. En El Carmen de Pijilí es número obligado después de la sesión solemne, y este, como buen pueblo minero, puede mover decenas y hasta miles de dólares en las apuestas que se hacen en 2 escenarios: el primero entre los mismos equipos contrincantes y, el otro, en el graderío donde el presidente del gobierno local invita a residentes y a invitados a que aporten a la apuesta que respalda a los locales (equipo casi siempre reforzado con jugadores contratados) y él mismo hace gala de colocar una suma importante acorde a su condición de máxima autoridad.

La primera vez que fui a El Carmen de Pijilí pensé en no apostar, pero con solo notar todos los ojos que estaban sobre mi condición de forastero ‘ilustre’, debí sacar un billete que no llegó ni a la quinta parte de lo que puso en la misma canasta mi amigo, el presidente de la junta parroquial.

Igual que en el fútbol, los equipos tienden a “representar la pluralidad de la sociedad en la que están inscritos, sea a través de los deportistas […] o de los seguidores” (Carrión, 2014). Pero expresan siempre una confrontación entre distintos; en los grandes acontecimientos incluso puede encarnar el enfrentamientos de esas diversidades, el de mi pueblo contra el otro, el de los visitantes.

La cancha y sus rituales

Territorialmente la cancha de vóley ocupa la esquina del barrio pelucón, la mitad del camino en el barrio popular o el centro del parque de la gran ciudad; tiene el piso de tierra, de arcilla o de cemento; todas permiten que los sectores populares se legitimen en el espacio público, que se apropien de él. Los sectores pudientes de la sociedad, en general, quedan excluidos de estos espacios de juego.

Claro que las clases media y alta también juegan vóley, pero casi siempre en sus propias canchas, preferible con césped y dentro de la finca, pero la cancha del barrio se convierte en lo que Goffman llamaría “territorio de posesión”. (López & Reyes, 2010)

Analizando la pelea de gallos y su relación casi anatómica con los hombres, Geertz dice: “Está fuera de toda duda el hecho de que los gallos son símbolos masculinos por excelencia” (Geertz, 1987: 343); guardando las distancias y reconociendo que el vóley no tiene un simbolismo fálico, no es menos cierto que este juego y sus actores son emblemas tradicionalmente masculinos, aunque recientemente han incursionado algunas mujeres.

Cada equipo cuenta con un volador, un servidor y un ponedor, cada uno cumple un rol específico. En lo popular no hay exigencia de uniforme, peor de ropas especiales, y como “el receptáculo de las relaciones entre cultura y personalidad es el cuerpo: los ‘gestos corporales’ son una manifestación de la cultura” (López & Reyes, 2010), los dichos, las formas de interlocución ratifican nuestra forma de ser.

Apuesta profunda y rol masculino

En El Carmen de Pijilí, la apuesta central puede llegar a ser profunda, que raya en lo irracional y que puede rebasar fácilmente el promedio de ingresos mensuales de una persona y que sumada —en aquella ocasión— llegó a ser el equivalente a 100 veces el valor de un salario básico.

En general, uno apuesta por el “equipo de los amigos”, aquí es donde se evidencian las lealtades de grupos y familiares y la confrontación, o por lo menos, las distancias con los grupos antagónicos o los equipos de otro pueblo. Se hubiera visto muy mal que yo no le apostara al mismo equipo que mi anfitrión, más aún si yo estaba buscando una voluntad de alianza política.

La lógica de la apuesta central es el lazo que conecta la pelea de gallos, el ecuavóley y el mundo más amplio de nuestras culturas. Primero porque la apuesta es una acción y un derecho masculino, es el hombre quien maneja el dinero y también quien apuesta; aquel que recoge el dinero no pide aportes a una dama, ni ella está voceando su deseo de apostar por alguno de los equipos. El juez, generalmente hombre, es el que guarda el dinero hasta el final de la contienda. Hay que decir que por más importante que sea la suma en juego “el dinero es menos una medida de utilidad (obtenida o esperada) que un símbolo de alcance moral […] Lo que está en juego es más que las ganancias económicas, se juega la consideración pública, el honor, la dignidad, el respeto” (Geertz, 1987: 356). No es menos cierto que hay algunos jugadores de oficio que ponen su expectativa de vida en la apuesta del partido diario, ya sea en calidad de jugadores o de espectadores, pero esos son los menos y, en general, no expresan la intencionalidad central de la apuesta.

Ver el ecuavóley con los lentes de Geertz deja en realidad más suposiciones que certezas, como él mismo concluye “cualquiera que sea el nivel en que uno trabaje y por más intrincado que sea el tema, el principio guía es el mismo: las sociedades contienen en sí mismas sus propias interpretaciones. Lo único que se necesita es aprender la manera de tener acceso a ellas.” (O)

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Un juego sin impedimentos

Rasgo distintivo de la sociedad ecuatoriana

“La riña activa las rivalidades y hostilidades de la aldea y de los grupos de parentesco, pero lo hace en forma de ‘juego’; a veces se acerca peligrosamente a la expresión de una agresión interpersonal e intergrupal directa y pública, pero no llega a tanto porque, después de todo, se trata ‘solo de una riña de gallos” (Clifford Geertz).

¿Ha visto jugar ecuavóley? Su práctica, las relaciones que se dan en los partidos, los escenarios donde se producen y las apuestas que giran a su alrededor delinean algunas características de la sociedad ecuatoriana, y en este artículo pretendo hacerlo evidente siguiendo la lógica con que Geertz interpretó la pelea de gallos en los pueblos de Bali.

Crecemos jugando o viendo jugar el ecuavóley, es una institución histórica cuyas reglas están ahí totalmente internalizadas, es parte de los signos de identidad nacional, motivo de orgullo y rasgo distintivo. Casi todo ecuatoriano puede jugar vóley, a pesar de lo intenso del juego no estorba una barriga cervecera ni la ausencia de zapatos especiales, es un juego que está ‘a la mano’ y que se juega cualquier día, sin necesidad de coliseo.

De hecho: “Los hombres continúan humillando alegóricamente a otros y siendo alegóricamente humillados por otros, día tras día, complaciéndose silenciosamente en la experiencia si triunfaron y sintiéndose demolidos si no triunfaron […] pero realmente no cambia el estatus de nadie” (Clifford Geertz). (O)

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