La tradición de María Tránsito

Convertir la lana de oveja en hilo

- 12 de mayo de 2019 - 00:00
Fotos: Fernando Machado / ET

El proceso artesanal inicia desde que esquila la lana hasta formar las madejas, que preservan el particular olor de los animales. Luego se la hierve y agrega color. Los más solicitados son el rojo, azul y amarillo.

“Desde pequeñita aprendí a hilar. A cualquier parte voy amarcado mi guango para aprovechar hilando”, manifestó, María Tránsito, de 55 años.

La mujer, originaria de la comunidad Quilloac, en la provincia del Cañar, relató que es experta desde su niñez en este tradicional oficio.

Pero este proceso artesanal es largo. Inicia desde que esquila la lana de las ovejas hasta formar las madejas, que preservan el particular olor de los animales.

El escarmenado consiste en abrir el vellón, mechón por mechón, retirar las impurezas y ordenar las fibras. Al terminar elabora el guango envolviendo la fibra en una vara de madera.

El arte de María Tránsito empieza cuando tuerce la lana con las yemas de sus dedos y la convierte en un fino hilo, que lo enrolla en una rama de sigse que se obtiene en el campo.

“Dependiendo del borrego sale la lana, porque hay el merino y el bashto”, explicó la experta que es dueña de seis de estos animalitos.

La artesana sonríe mientras trabaja a tiempo completo. En el piso de su vivienda de adobe están apilados cuatro costales más con la lana trasquilada.

Su historia

María Tránsito recuerda que fue su madre, María Encarnación Tenesaca, de 99 años, que le legó esta sabiduría que viene desde sus ancestros.

“Aprendí hilando para cobija, bien grueso (…). Hay dos tipos de hilada, para wallcarina, reboso y pollera que se hace el hilo más gruesito; y para cushma o ponchos amarrados que se hace con la lana pacha, que es más larga y se hila más delgadito”, aseguró la artesana.

A pesar de los años, la mujer indicó que aún no sabe con exactitud la cantidad de lana que obtiene de sus borregos.

No obstante, aseguró que de “un animal mediano sale un poncho, del borrego grande salen dos o hasta tres ponchos. Eso también depende del grueso de la fibra de la lana y del borrego”.

La costumbre regional

Con una larga trayectoria artesanal, María Tránsito comparte sus conocimientos con las nuevas generaciones. Actualmente también es profesora de este oficio en la escuela de la comunidad.

En Quilloac, las familias crían a las ovejas en los cerros. “En la antigüedad tenían hasta 120 ovejas, mi mamita tenía 60”, agregó María Tránsito.

Una persona que circule por la carretera de esta comunidad observará que es normal que las hiladoras caminan con el guango. Otras saldrán al patio de su casa a cubrir la lana con un plástico para protegerla del sol y de la lluvia.

“La lana tiene una grasita propia que ayuda en el hilado, por eso la tapamos con funda porque después se seca y se hace tiesa. Cuando llueve tenemos que evitar que se moje”, aseguró la indígena.

La tela

Para crear las telas las hebras del hilo pasan al madejador para formar los ovillos, que posteriormente son lavados en agua hirviendo y se los pone a secar.

María Tránsito indicó que para darle el color a la fibra, que se usa para confeccionar las vestimentas tradicionales, la tela-bayeta es sometida a un proceso de tinturado. Los colores que más se utilizan son el azul, negro, rosado, amarillo, tomate, rojo y púrpura.

Cada metro de tejido de bayeta cuesta $ 3.

En la comunidad de Quilloac 30 familias se dedican a esta actividad. Sin embargo, son las mujeres adultas que mantienen esta costumbre que se pierde por la tecnología.

“La juventud está en el celular, en la tecnología y no les interesa invertir su tiempo acá”, lamentó María Tránsito.

La artesana relató que tiene dos hijas a las que les ha enseñado y la ayudan en estas tareas, pero están más centradas en sus carreras universitarias, que en seguir esta tradición. (I)

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