Una lectura para atahualpistas

- 12 de mayo de 2018 - 00:00

Recordemos que Atahualpa tendría, para los ecuatorianos, hipotéticas madres de tres culturas diferentes, y abuelos dinásticos de los puruháes con Paccha, hija de Cacha (aunque la palabra Paccha no es de la lengua puruhá, sino del quichua); de los Caranquis norteños con su madre Quilago (denominación en lengua caranqui); y acaso de una hipotética madre quitu-pantsalea, si fue quiteña neta y si acaso nació en esa “segunda capital del Tahuantinsuyo”.

Una reflexión interesante sobre las jerarquías de las panacas y a propósito del “celibato étnico”, está en esa consideración elitista de reconocimientos que habrían dado los incas por vía patrilineal. Las disputas se habrían dado desde la posición matrilineal que no dejaba de tener su fuerza subyacente y hasta reivindicadora de las etnias sometidas o aliadas al poder monárquico. Se sabe también que a los hombres jefes de los ejércitos se los mantenía sin poder ejercer su libertad procreadora y por ende, sucesoria. Si estaban mucho tiempo fuera de sus cacicazgos, aunque tuviesen otras mujeres, sus dinastías “oficiales” se iban extinguiendo y se estaba fomentando la desintegración de las estructuras más profundas de las familias básicas, a cambio de un prestigio político militar. En un imperio bélico donde se prioriza la dinastía, la economía y el poder, ¿qué queda de las estructuras familiares?

Dice la autora María Rostworowski, a quien debo la motivación de estos comentarios, que “Las panaca formaban, junto a los ayllus custodios, la élite y la aristocracia cusqueña”. Dice también que “hay que tomar en consideración el gran número de hijos de cada soberano, habidos en las distintas mujeres”. Esto quiere decir que gran cantidad de familiares integraban las panacas y hacían una verdadera corte para solidarizarse, “una corte apoyada por sus propios antepasados que actuaban a través de sus descendientes, como si estuviesen aún con vida”.

“De acuerdo con la información de los cronistas, una panaca se formaba con los descendientes de ambos sexos, de un Inca reinante y excluía al que asumía el poder. Según las mismas fuentes, la panaca tenía por obligación conservar la momia del soberano fallecido y guardar el recuerdo de su vida y hazañas, a través de cantares, quipu y pinturas que se transmitían de generación en generación. En un pueblo ágrafo era sumamente importante tener organizado el mantenimiento de la tradición. Las panaca de los últimos incas fueron las más importantes y eran poseedoras, desde el período de la expansión, de grandes extensiones de tierras. Aparte de sus grandes haciendas, trabajadas por innumerables yana, contaban también con sacerdotes, augures, mujeres y servidores encargados de su cuidado y de mantener su situación social. La momia de un inca seguía disfrutando de todos sus bienes tal como los tenía en vida y constituía una genealogía viviente que el pueblo podía admirar durante las grandes fiestas del Cusco, pues salía a la gran plaza de Aucaypata con todo lujo y rodeada de sus deudos y servidores. Esta costumbre hacía que en la capital existiese una numerosa clientela, cuya vida y quehaceres giraba en torno a las momias de los difuntos soberanos, quienes a pesar de haber fallecido, mantenían, a través de su panaca, una activa injerencia en la política…panaca contiene una idea de linaje y de familia extendida…”(Rostworowski, Ob. Cit. p. 42...)

De lo que se trataba entonces era de extender la familia realizando una vinculación dinástica, desde el eje del poder. Con este comentario antecedente para entender el concepto de panaca, expuesto por la historiadora Rostworowski, bien vale la pena confrontar la percepción peruana en torno a Atahualpa: “Según la mayoría de cronistas, la madre de Huáscar fue Raura Ocllo, hermana de Huayna Capac, y perteneciente a la panaca Capac Ayllu de Túpac Yupanqui…Las controversias surgen con la madre de Atahualpa y el lugar de nacimiento del príncipe. Cieza de León, (Señorío, 1943, cap LXIX), dijo haber efectuado “grandes diligencias” en el Cusco para obtener noticias sobre el lugar de nacimiento de Atahualpa; según los Orejones consultados, el príncipe había nacido en el Cusco y era mayor que Huáscar; Cieza apuntaba que la madre, Tupa Palla, era natural de un linaje Hurin Cusco o de Quillaco, y negaba la existencia de una princesa Quiteña. (O)

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