Una familia como cualquier otra

- 11 de marzo de 2018 - 00:00

Lady Bird (2017), de Greta Gerwig, tiene el mérito de traducir desenfadadamente el comportamiento de una familia de clase media norteamericana frente al mundo hedonista y complejo que les rodea.

De hecho, el filme tiene un epígrafe de Joan Didion, una escritora que se pregunta, ante un tiempo que no transcurre, cómo se puede sentir el paso inmediato de un acontecimiento. La frase que inaugura Lady Bird es: “Cualquiera que hable del hedonismo de California nunca ha pasado una Navidad en Sacramento”. La película es eso: la vida en una ciudad pequeña, apacible en la que no pasa nada, pero en la que fluye todo, aunque uno no se dé cuenta.

Y lo que fluye está en el corazón de las familias de clase media que no pueden darse lujos, deben resignarse a llevar a sus hijos a las escuelas públicas, están al borde del desempleo, trabajan el doble y el dinero no les alcanza para nada y, lo más curioso, es que los padres ya van quedando, si se quiere, “obsoletos” frente a la oleada de jóvenes que pugnan por ocupar sus espacios de trabajo.

El retrato, si bien es de una familia como la descrita, es, sobre todo, el de una adolescente y su relación con su madre. Relación tensa y casi al borde de la ruptura. El acontecimiento (en realidad, la alteración del reino de quietud de la ciudad) es cada momento en el que la adolescente pretende cuestionar esa inercia, el sentido común, la rutina. Sueña, miente, pero sobre todo su deseo es liberarse. Por ello se hace llamar Lady Bird. En este sentido, la película es un ejemplo muy claro de una historia de maduración: esta adolescente debe comprender que, una cosa es el mundo hedonista, plástico, de apariencias, que hay afuera, y otra, el mundo interior que debe cultivar a costa de darse cuenta que, en ese tortuoso camino de crecimiento lo que en realidad vale es construir identidad, adquirir propio valor y aprender las claves de la sapiencia. Ya en la universidad, en efecto, ella podrá percibir que antes que ese mundo externo, está el mundo de su familia, de sus padres y, sobre todo, de esa relación formadora, innegable, con su madre. Se puede decir que Lady Bird es una película que invita a la reflexión, a que nos demos cuenta que la autoridad de las preguntas ahora está en boca de los jóvenes que, inquietos y observadores, pueden decirlo todo sin tapujos. Pero cuando adquieren conciencia social, sus preguntas se hacen más inteligentes. (O) 

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