Soy conocido en mi colegio como “el refugiado”

- 19 de junio de 2019 - 00:00

¡Hola, papito Dios! ¿Cómo estás? Sí, otra vez yo, el refugiado, ya sabes. Desde que era peligroso hablar con alguien, solo me siento seguro hablando contigo y me alivia mucho hacerlo. Te cuento que volvió esa horrible pesadilla que me exalta en las noches. Pero ahora es distinto, al abrir los ojos pongo en práctica el consejo de mamá: “tú decides cómo ver el mundo, si de tono gris o de mil colores”. La eliminé inmediatamente con lindos recuerdos.

Amo haber nacido en mi Medellín y haber pasado mis primeros años en mi Colombia querida. Llevo en mis venas y en el corazón la solidaridad, la calidez y la tenacidad de mi gente y en mi memoria la imagen de sus paisajes montañosos, el aroma de las flores.

Pero hay una gran mancha de oscuridad que se posa en mi nación desde hace muchos años. Es la violencia, que azota al grande y al pequeño. Para mi desgracia, me alcanzó a mí cuando tenía apenas tres años. En ese entonces, mudarnos era una costumbre. Te agradezco por el juego que inventó mi mamá para mí.

¿Te acuerdas? ¡Pac Man! Recuerdo que cuando empezaba el juego, tenía que empacar en mi maletita mi juguete preferido, mi gorro, mi saquito de lana y correr con mamá y papá muy rápido para no ser alcanzado por los fantasmas glotones. Bueno, al pasar de los años ya no es tan divertido, pero te agradezco por eso.

Un día, las amenazas crecieron, creció la persecución y siempre pensábamos que, tarde o temprano, nos iban a encontrar. Este pensamiento se hizo realidad, tanto así que nos tocó salir del país.

Todavía recuerdo cuando salimos de Colombia. Estábamos exhaustos, pero las estrellas de esa noche calmaron mi ansiedad. Al llegar al bello país de Ecuador, cuando pisé el suelo respiré paz. Mil y mil gracias, Diosito, por el fuerte viento helado de Quito, que esa noche, a las 11pm, nos hacía temblar a mis hermanitos y a mí. Pero, como nunca antes, sentí el calor de los brazos de mis padres.

Saliendo de mi país, no había espacio para quejas ni cansancio, pues como dice mamá: “métale ganas, mijo, que la vida es para berracos”. Ya habíamos pisado suelo ecuatoriano y en el retén de Carchi, nos dejaron ingresar con el equipaje y le dijeron al miedo: “¡Estás deportado, porque aquí no hay grupos terroristas ni fronteras invisibles!”

Me gusta el clima frío, porque el paisaje es muy colorido. Pasear en transporte, porque me sigue el Cotopaxi. Saber que no soy el ombligo del mundo, pero sí vivo en la mitad del mundo. Aprendí a no decir “¡qué frío!”, sino “¡achachay!” Aquí no tengo “hermanos”, sino “ñañitos” y no decimos niños, sino “guaguas”. Ya no digo “la verdad”, sino “la plena”. Tampoco pido “bolsas”, sino “fundas”. Aquí no estoy “amañado”, sino “enseñado”. Incluso, ya no digo “Ecuador me gusta” sino “Ecuador pega full”. ¿Y que si le recomiendo a alguien Ecuador?, yo diría “¡simón!”

Para adaptarme solo tuve poner en práctica el sabio y conocido refrán “a donde, fueres haz lo que quieres”. A pesar de que la gente era desconfiada y prevenida con nosotros, demostramos el respeto a su tierra y cultura, ya que por nuestras venas tenemos en común el amarillo, azul y rojo. Por eso somos países “ñañitos”.

Para integrarnos empecé a hacer charlas con mi colegio, a conversar con mis vecinos y amigos, para que entiendan qué es un refugiado e intercambiemos nuestra cultura. Después de las charlas, ahora todos nos saludan y mis amigos ya no me dicen “amigo”, sino “parcero”.

El futuro es incierto, pero con tu ayuda, Dios, moldeable. (O)

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