Libros quemados

- 05 de agosto de 2018 - 00:00

Una nueva adaptación de la novela de Ray Bradbury es la película Fahrenheit 451 (2018). Dirigida por el director iraní-norteamericano Ramin Bahrani, el filme pretende actualizar la novela distópica que además tuvo una versión anterior realizada por François Truffaut en 1966, mejor lograda que la actual.

Fahrenheit 451 nos sitúa en un mundo futuro en el que leer se considera un acto de terrorismo y peor si se tiene libros o bibliotecas. Los bomberos son una fuerza policial que, en lugar de apagar incendios, más bien se ocupan de encontrar bibliotecas y quemarlas o hallar lectores y llevarlos a la justicia. El problema se suscita cuando el personaje central, Montag, se cuestiona sobre tal trabajo y conecta con un grupo de individuos que memorizan cada libro, asegurando que la obra perviva.

La idea de perpetuar las obras literarias personificándolas es un hecho relevante sobre todo en la novela de Bradbury. La crítica es a un mundo donde cada vez menos se lee y la industria del espectáculo vacía de contenido a la literatura como tal. Frente a la perspectiva de que los libros son objetos obsoletos, es claro que hay comunidades de lectores que siguen manteniendo el ritual de apropiárselos y compartirlos porque lo que importa en la historia de la humanidad es la memoria de su experiencia y de sus fantasías. Si leer es terrorismo y tener bibliotecas implica un arsenal de conocimiento, el miedo de gobiernos autoritarios deriva en quemar los libros y, como tal, de deshacerse del pensamiento que puede desestabilizarles. La película, en este contexto, se decanta por esta polarización argumentativa: un estado autoritario prefiere a sumisos pegados a la televisión, mientras hay gente que aún cree en el acto subversivo de leer y pensar.

Fahrenheit 451 de Bahrani se queda en tal polarización y no va más allá como la propia novela de Bradbury o la vieja película de Truffauttanteaban. De pronto la nueva versión es una especie de una película de perseguidos y perseguidores, de parafernalia visual, de esquemáticos buenos y malos, sin llegar a la profundidad psicológica de los personajes o, peor, a trabajar el discurso subyacente en la obra original: la censura de los totalitarismos. (O)

 

 

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