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A propósito de pandemias: la viruela

08 de junio de 2020 00:00

En tiempos de pandemia siempre cabe recurrir a la historia. Quien no conoce la historia está a merced de los lobos. (Pérez-Reverte).

La semántica tiene su lógica. Viruela viene del latín: varius, manchas y varus, espinillas, pápulas. El primer brote  registrado ocurrió en Japón en el 735-7 d.C. La primera descripción médica la ofreció Rhazes en el año 910, quien curiosamente descartó la transmisibilidad.

En 1492, Colón y sus marinos la llevaron al nuevo mundo. Para varios investigadores sutiles, los colapsos de las civilizaciones azteca e inca están asociados a la viruela.

En el siglo XVI la viruela provocó la muerte entre el 10% y el 15% de la población. El 80% de sus víctimas tenía 10 años de edad o menos. Entre las secuelas se registraron casos de ceguera.

En 1796, el científico inglés Jenner logra crear la vacuna, que por experimentarse sobre la base del ganado vacuno y las lecheras, se colige su nombre. La lucha contra la viruela supuso muchas guerras. Hasta que la OMS reportó el último caso en Sudamérica en 1972. Asia logró desterrarla en 1975, cuyo último caso se reportó en Bangladesh y África ganó la contienda en 1977, cuyo último caso comprobado ocurrió en Somalia. La OMS/WHO proclamó en 1979 la partida de defunción de la viruela.

Siempre e itinerantemente las ganancias sobre las enfermedades implican triunfos pírricos. Como la de Pirro, rey de Epiro, quien ganó su batalla contra los romanos sí, pero a costa de haber despedazado su propio ejército. (Se le atribuye haber sentenciado: “Otra batalla como esta y volveré solo a casa”).

En la epidemia de viruela de 1708, en Guayaquil morían hasta 10 personas en el día (González Suárez) en una población total de 4.000.

Aún hoy, siglo XXI, circulan en calles y plazas rostros perforados que, a manera de cartografía facial, exhiben las lacras de la secuela estética sobre sus rostros.

El debate sobre la vacuna abrió a lo largo de su empleo, brechas bioéticas sobre su calidad. Las vacunas, todas, a pesar de ser largamente experimentadas, dejan riesgos y fatalidades que si no están bien depuradas, hacen cumplir el viejo refrán: peor es el remedio que la enfermedad.  En Estados Unidos se impuso la penalidad de $ 5 de multa y 15 días de cárcel para quienes rehusaban vacunarse. En Boston se debatió ampliamente el impasse, el bien común versus las  libertades individuales. (O)

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