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Un recuerdo de Guayaquil

07 de agosto de 2019 00:00

Un Cristo blanco, con las manos extendidas hacia los cielos y colocado encima de un conjunto de rocas negras, me recibió. Estaba en el centro de un redondel. Su cabeza perpendicular hacia abajo nos daba la sensación de bienvenida. Estábamos en el Callao.

Este municipio colindante con Lima, pegados entre sí por el paso de los años, tiene una fachada muy contraria a la de la capital peruana. Mientras Lima te hace sentir en Quito o Cuenca, el Callao es como pasear por Guayaquil.

Es una región árida, seca y polvorosa. La avenida principal es una autopista de dos carriles de ida y vuelta, con un parterre en la mitad con los únicos jardines del lugar y una ciclovía de tierra. No es el mejor sitio para dar un paseo a pie, a decir de los habitantes de Lima. Un turista siempre será un blanco fácil, por eso recomiendan no hacerlo. ¿Entonces cómo se conoce una ciudad?

En cada cuadra hay una esquina, hay ciudadelas que se pierden hacia adentro. Algunas protegidas por una reja cerrada. El clima al transitar por el Callao no era de temor. El riesgo era sugestión propia, no hubo miradas sospechosas por la larga autopista ni encuentros inesperados.

Callao es una zona con más chifas y pollerías de los que imaginé encontrar. Si en el centro de Lima eran una constante, en Callao son parte del común denominador. También hallé restaurantes artesanales de pescado. En frigoríficos al aire libre, de cara al pavimento y al humo de los vehículos, los locales ofrecían los “mejores peces de Perú”. El delicioso ceviche se servía en pocillos de porcelana blanca sobre mesas de plásticos.

Las casas son de dos y tres pisos, con ventanales cuadrados cubiertos de vigas blancas y negras para impedir la entrada de ajenos. La seguridad no es un juego. Otro aspecto característico son las torres de al menos 10 metros para depósito de agua. Circulares como una nave espacial. Celestes como el cielo que no se ve por las nubes.

Las ventas ambulantes tampoco se quedan por fuera de este recuento. 10 carritos en fila asan comida que desprende un aroma de calor en las angostas veredas. Hay frutas, pinchos, más pescado. El mar está cerca, lo sabes por el olor. Huele a sal, a arena, a costa.

Tendrá sus diferencias con la “Perla del Pacífico”, pero por unos instantes me sentí en Guayaquil. Recordé caminar por sus calles, probar su comida y sentir la cercanía del río. Eso sí, el frío del Callao no lo he sentido nunca en Guayaquil... y no creo que lo sienta. (I)

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