Avatares de la política

"El filme, quiérase o no, se burla de la política y de los políticos, de la política partidista".
24 de enero de 2021 00:00

¿Qué pasaría si alguien que no es político llegase a gobernar un país? La pregunta puede ser paradójica si la comparamos con la tesis aristoteliana que todo individuo es un animal político –zoon politikon–, capaz de intervenir en la vida política siendo ciudadano. El filme ¡Bienvenido, Presidente! (2013) de Ricardo Milanni, accesible en Netflix, actualiza esta cuestión en tono de comedia y crítica.

¡Bienvenido, Presidente! tiene como argumento a un bibliotecario y profesor de un pueblo cualquiera que, por los azares de la vida, por tener el nombre de Giuseppe Garibaldi –homónimo alusivo al viejo líder que en el siglo XIX posibilitó la unificación de Italia–, es nombrado Presidente. Y esto por causa de que el presidente en funciones renuncia y los representantes de los partidos, al no ponerse de acuerdo en el Parlamento, y ya tratando de tomar el asunto como burla, eligen a alguien para ellos inexistente. El resultado: un anodino ciudadano casualmente encaja con el voto de los representantes de los partidos y termina llamado a funciones. Lo demás probablemente uno se puede imaginar, es decir, el problema que suscita que un cualquiera ocupe la silla presidencial y empiece a hacer las cosas usando el sentido común.

El filme, quiérase o no, se burla de la política y de los políticos, de la política partidista anclada en el engaño, la corrupción, las componendas, los recursos financieros que se manejan y las argucias incluso judiciales de las que se valen. Milanni pone en el centro de la política a un ciudadano cualquiera, más aún un profesor que, al principio no sabe qué hacer con el poder que dispone. Con ello, pone en evidencia al fino tejido de la institucionalidad política, es decir, un campo determinado por intereses personales, campo alejado de la vida ciudadana común. Cuando el personaje toma las riendas del destino impuesto se da cuenta que una cosa es la política como lugar excluyente y exclusivo para ciertas élites, espacio solo para los que se benefician de ella, y otra la vida del ciudadano, creyente y engañado, que piensa que los políticos hacen algún caso a las preocupaciones que emergen cotidianamente en el seno de sus familias.

Milanni incluso se hace la burla de los exitólogos y de los comunicadores políticos llenos de fórmulas que, en el mismo sentido de los políticos, tratan de sacar provecho de los avatares de la política, enredando más los líos que en el campo político se realizan. Un gobernante anodino, un ciudadano cualquiera que emerja y sepa escuchar constantemente la voz de las multitudes, que baje del oropel palaciego y se entremezcle con la gente, es quizá el mensaje más claro de ¡Bienvenido, Presidente! De este modo, esta película posmoderna quizá hace que sintamos que es necesario en un momento repensar el rol de la ciudadanía real en el juego político.

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