La Roca en el Abismo de Alejandro Zambra

- 10 de julio de 2020 - 00:00

En las tres primeras novelas de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) están presentes dos de sus preocupaciones estéticas: la literatura y la dictadura.

La importancia de las letras en su obra opera en distintos planos del acto narrativo. Los personajes se construyen de autores y lecturas, de lo que se debe leer y de lo que emerge vital en sus contextos sociales complejos.

Como si fuera una gran metáfora de la vida, la mentira es el mecanismo preferido por Zambra para mover la trama de Bonsái, la primera de las tres. Y esas mentiras están vinculadas directamente con la literatura.

Una de ellas nace de la necesidad de establecer un vínculo en la relación amorosa que Julio y Emilia intentan comenzar. La fingida lectura de Proust sienta una base endeble sobre la que se levantará una relación condenada al fracaso.

La otra mentira es la transcripción de la novela de Gazmuri. Con ese pretexto, con esa historia que estaba contándole a Emilia y que en la vida real se desvía, Julio emprende su cometido literario. Escribe un manuscrito, bajo la sombra literaria de Gazmuri. Una alegoría, casi. El resultado es, fatalmente, un producto estéril. 

Pero la importancia transversal de la literatura en la obra de Alejandro Zambra alcanza niveles más profundos. La metaconciencia narrativa del narrador de Bonsái transita sobre cuestiones técnicas, como la extensión de las novelas contemporáneas. Pero también propone su propia metáfora de la obra literaria y del proceso creativo. Es la metáfora de la novela como un árbol y el lenguaje como un recipiente. Bonsái, árbol y novela en el universo que Zambra construye son un concepto matizado y personal. La novela es un organismo vegetal y mineral que se alcanza con paciencia.

Como obra posmoderna, Bonsái incluye el boceto que Julio ha diseñado para su bonsái. Con alambres conducirá el árbol hacia el abismo, dándole la forma que aspira; una piedra interesante le servirá de soporte. Cinco años de diaria observación y cuidado, supone Julio, se necesitan para completar su diseño. La novela como un árbol que crece hacia el abismo; el lenguaje como piedra interesante, único sostén de un árbol que se abisma.

Pero, ¿por qué el abismo? Hay algo muy oscuro que no acaba de consumirse en la experiencia de esta generación chilena. Desmontar un sistema dictatorial ejercido durante décadas y con extrema violencia, resultó una tarea muy larga para la que no alcanzó la euforia. La metáfora de Zambra es ese árbol suspendido sobre el abismo, creciendo hacia este, sujeto a la tierra únicamente por esa roca interesante. 

Y lo que se abisman son, precisamente, las vidas de Andrés, Anita, Emilia y Julio, sus historias. Esas vidas, cuyos resortes son las mentiras que deben decirse a sí mismos y a los otros porque la censura efectiva aún reposa en uno mismo y en quienes lo rodean.

Anita debe justificar su embarazo con la futura profesión de su marido. Emilia debe decir que es casada para mantener su trabajo. Y en la puesta en escena de esas mentiras, sus vidas, junto con las de Andrés y Julio, toman rumbos insospechados. En Santiago no se puede hacer el amor, sostiene Emilia, así que prefiere simplemente follar. Y a los treinta años se suicida.

Si el lenguaje es el recipiente de la novela, entonces es esa roca interesante que mantiene al bonsái en la tierra aunque crezca hacia el abismo. Al terminar de leer Bonsái es imposible no preguntarse cómo es la piedra que se necesita para mantenerse al borde del abismo que es el Chile de Zambra, ese que sigue saliendo dolorosamente de la dictadura. (O)

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