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Una reelección como ninguna otra: Trump y la crisis democrática en Estados Unidos (I)

Una reelección como ninguna otra: Trump y la crisis democrática en Estados Unidos (I)
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03 de noviembre de 2020 - 00:03 - Esteban Nicholls

La elección presidencial en Estados Unidos será hoy. El docente de la Universidad Andina, Esteban Nicholls, escribió un análisis sobre este tema, que se dividió en dos partes. Esta es la primera sobre la presidencia de Donald Trump que desnuda las fallas estructurales del sistema; el racismo estructural; la política económica; y la crisis política.

Según él,  los comicios de este día posiblemente son los más importantes de su historia.   ¿Por qué? Lea las razones.

Desde su llegada a la Casa Blanca (perdió el voto popular de tres millones de votantes), Trump ha desafiado como nunca a las instituciones políticas informales de ese país. Ha logrado que el Partido Republicano se convierta en su partido personal, que el Departamento de Justicia en su bufete personal, y la Corte Suprema de Justicia, después de un proceso de confirmación de la jueza Barrett en una corte que no refleja la realidad social de ese país, que ahora es más diverso que nunca y cuya mayoría de ciudadanos apoya políticas de corte liberal.

Aparte del peligro que implicaría una crisis constitucional, en caso de perder la elección (especialmente con un estrecho margen de diferencia), si Trump no aceptala pérdida, existe una serie de crisis que están juego en el balotaje de este martes. Antes de presentar un análisis de las diversas crisis que enfrenta Estados Unidos bajo el tutelaje de Trump, valdría la pena explicar el sistema de elecciones presidenciales y de la Cámara Alta (Senado) en Estados Unidos.  A diferencia de Ecuador donde la pluralidad de votos determina el ganador de una elección, los Estados Unidos mantiene vigente un sistema electoral elitista.

El sistema funciona de la siguiente manera.  Cada estado, independientemente de su población tiene un cuerpo denominado “colegio electoral”.  Es el colegio electoral quien determina el resultado de la elección. Este sistema permite que el ganador no necesariamente sea quien gane el voto lectoral, como fue el caso del mismo Trump en la elección de 2016. Bajo este sistema el candidato ganador debe llegar a 270 electores para llegar a la presidencia. En 2016, Trump obtuvo 306 votos del colegio electoral frente a 240 de Hillary Clinton, pero perdió el voto popular por aproximadamente tres millones de votos.  Es importante también mencionar que una vez que un candidato gana los votos del colegio en un estado en particular, este se lleva el 100% de los votos de dicho colegio, independientemente de si el resultado es, en términos poblacionales, muy apretado.  Por tanto, el sistema electoral de los Estados Unidos no es un sistema representativo. 

Lo mismo ocurre en el Senado donde los estados más pequeños tienen el mismo número de representantes que los Estados más grandes en términos poblacionales.  En su totalidad es un sistema que se ha mantenido intacto, salvo por una reforma constitucional y por lo que se denomina en inglés gerrymandering, es decir, la manipulación del mapeo de los  límites de jurisdicciones políticas para la elección de miembros de la Cámara Baja, lo cual ha beneficiado desproporcionadamente a los republicanos. En definitiva, es un sistema muy estable en lo formal pero que, a su vez, no ha venido evolucionado con los cambios en sociales, demográficos y generacionales del país (lo que denominaría una sobre-institucionalización política)

La presidencia de Trump: el destape de las fallas de un sistema estructural

Trump ha tenido un programa de gobierno no solamente ineficaz sino que dividido y es extremista.  Estados Unidos enfrenta hoy una serie de crisis que han sido inflamadas por el “trumpismo” y exacerbadas por la pandemia del coronavirus.  Estas crisis no son de carácter coyuntural, sino estructural y por tanto mucho más importantes y difíciles de cambiar que las institucionales o leyes formales. Sin un orden específico me referiré a cada una de ellas: el racismo estructural, el anti-intelectualismo (la oposición a la ciencia), el modelo económico polarizado y caduco, la fragilidad de su sistema político, y por último, claro, la forma en que se ha manejado la pandemia que hasta el momento de escribir este artículo ha quitado la vida a 225.000 estadounidenses (solamente la Segunda Guerra Mundial supera al coronavirus en número de fallecidos).

El racismo estructural

El problema del racismo es Estados Unidos no es nuevo,  precede a la Constitución de la República. Pero durante la presidencia de Trump este no solamente se ha visibilizado, en parte gracias a (y no inocentemente) a la intervención de la prensa opuesta a Trump, sino que ha sido abiertamente apoyado por el presidente.

Por ejemplo, Trump ha sido incapaz de denunciar abiertamente grupos extremistas blancos del sur; sus acciones en la tragedia de Charlottesville, su discurso incendiario y racista que inicia el mismo día en que él anuncia su candidatura, el apoyo a los campos de detención en la frontera con México, la adopción de la política de separación familiar de migrantes indocumentados, la represión policial al movimiento Black Lives Matter (BLM), entre otros, ha puesto en primer plano del discurso político al racismo estructural en los Estados Unidos. Este es estructural por varias razones: por las inequidades laborales, el acceso inequitativo a recursos del Estado, el encarcelamiento desproporcionado de la población negra, la segregación escolar en partes del sur del país, la violencia policial desmedida en contra de afroamericanos.

Al poner en primer plano del discurso político al racismo, Trump ha suscitado una serie de protestas y enfrentamientos entre milicias armadas blancas y aquellos que apoyan al movimiento BLM, que han llevado a la muerte a varias personas: las milicias pro-Trump, con un fallecido y del movimiento social BLM con al menos tres personas muertas.  Indudablemente, este destape del racismo estructural es positivo; lo que llama la atención ha sido la incapacidad institucional de mediar estas diferencias y, sobre todo, la forma en que Trump ha utilizado como plataforma política al racismo para reafirmar la identidad nacional estadounidense para la gente blanca.

La figura de Trump, sin duda carismática, rompe con las formalidades de la política estadounidense, las formas políticamente correctas y cuyas consecuencias han generado una conflictividad política que no se observaba desde los años sesenta. Los rituales de Estado, es decir, la simbología de la política, como diría el antropólogo Clifford Geertz, configuran formas de poder en el campo de lo político y que han sido utilizadas por Trump para construir una base política de apoyo electoral (el voto “duro” de Trump), demográficamente blanca y de baja educación.  En definitiva, un segundo mandato del presidente Trump probablemente significaría un aumento en la conflictividad política y una profundización en actos de discriminación racial.

La política económica

En segundo lugar, es crucial mencionar la política económica del mandatario la cual, según su campaña, es el logro más importante de la administración en la etapa pre-pandemia.  Pero los “logros” de Trump deben ser analizados de manera crítica, puesto que para la mayoría de los estadounidenses estos han sido fracasos.  Él, en definitiva, ha gobernado a favor de las élites económicas del país. Uno de los datos más llamativos en este sentido es el aumento de la desigualdad, la cual se ha disparado al nivel más alto de la historia del país, donde el 1% de las élites económicas controla el 50% de toda la riqueza del país. 

Además, una de las más importantes insignias de la política económica de Trump ha sido su reforma tributaria, la cual ha beneficiado a grandes corporaciones y endeudado a su nación a sus niveles más altos históricos (la deuda de Estados Unidos llega ahora al 300% de su PIB).

La tasa de empleo, si bien ha fue baja durante la etapa pre-pandemia, se basó en la precarización del trabajo. Es decir, trabajos en la economía de supervivencia (capacidad nula de ahorro), individual, informal y con limitados accesos a beneficios de ley.  En la etapa pre-pandemia, lo que se vio fue una tasa de desempleo baja, pero un elevado nivel de precarización laboral.  El primer Mandatario ha enfocado su discurso en la Bolsa de Valores para afirmar el éxito en la política económica de su administración.  Sin embargo, vale hacer notar que, particularmente el Dow Jones, inició un despegue desligado a los salarios reales en los Estados Unidos durante la administración del presidente Reagan.

Durante el gobierno de Trump hay una alarmante divergencia entre, no solamente los salarios reales y los valores de la bolsa, sino también en la relación entre dichos valores y la práctica de compras de stocks por parte de las mismas empresas que los emiten (stock buybacks). En otras palabras, la economía real no se ve reflejada en la bolsa y los instrumentos como los “buybacks” han creado burbujas que benefician a las élites económicas a niveles nunca vistos: así, el 10% de estadounidenses son dueños del 92% del valor de los stocks de la bolsa.  Y, finalmente, durante la pandemia varias corporaciones, como las del sector de la aviación tuvieron que ser rescatadas.  Es decir, las mismas empresas que se vieron beneficiadas por el recorte de impuestos e incurrieron en buybacks tuvieron que recibir fondos de alivio de los desembolsos ordenados por el Congreso como parte del paquete de alivio ligado al coronavirus.

El buen desempeño de la bolsa no tiene relación con el bienestar de la mayoría de hogares estadounidenses, particularmente de aquellos de procedencia latina o afroamericana.  En un segundo mandato de Trump, sin que haya la compensación de fuerzas políticas opositoras propias de un primer mandato (cuando el presidente busca la reelección), la desigualdad e inequidad en ese país llegaría a niveles insostenibles. Eso no solo podría causar un colapso generalizado de las economías de las clases bajas, sino una crisis global dada la dependencia en el dólar como moneda dura y en el sistema de transacciones financieras dominado por el sistema SWIFT, cuyo “propietario” es Estados Unidos. Es importante mencionar brevemente que la segunda economía más grande del mundo, China, es también la que posee más deuda estadounidense, por lo que una desestabilización en la economía de EE.UU. no es un aliciente para su más cercano competidor, como sí lo hubiese sido durante la guerra fría.

La crisis política

Entre las crisis de Estados Unidos ligadas a Trump está en la separación de poderes y los checks and balances del sistema democrático republicano. Rompiendo con las normas informales, Trump, por ejemplo,  ha nombrado una jueza a la Corte Suprema de Justicia, mientras al mismo tiempo millones de estadounidenses emitían sus votos, dejando por detrás la práctica de no nominar a jueces durante un año electoral.   El espíritu de la Constitución estadounidense considera que la Corte Suprema debe mantener un cierto equilibrio ideológico.  Y en un país donde el primer Mandatario nombra y el Senado ratifica a una nominación, si estos dos pertenecen al mismo partido, puede producirse un desbalance ideológico en la Corte,  precisamente lo que acaba de ocurrir con la ratificación por parte del Senado de la jueza Amy Conet Barrett.

Durante los 240 años de existencia del país y sin que exista una ley específicamente tipificada para mantener dicho balance, se ha mantenido una cierta paridad entre los partidos Republicano y Demócrata en la nominación de jueces (vitalicios) de la Corte Suprema. Con la nominación de la jueza Barrett, esa corte tiene una amplia mayoría conservadora y ultraconservadora: de nueve integrantes, seis son conservadores y tres han sido nominados por el Presidente y ratificados por el Senado en manos republicanas. Es la primera vez en la historia de Estados Unidos que una jueza de la Corte Suprema es ratificada sin ni un solo voto del partido de oposición; así como vale el cortísimo tiempo transcurrido entre la selección hecha por Trump y la ratificación en el Senado, en medio de una elección presidencial, algo que presupone un claro desplante a las tradiciones democráticas del ese país.

Por tanto, la reelección de Trump supone también preguntarse sobre el camino que seguirá el mandatario en relación a las demás instituciones políticas, particularmente las que no están tipificadas en la ley. Él y su populismo político llegarían aún más lejos en su intento por dominar por completo la política estadounidense. En este sentido esta elección tiene una importancia sin precedentes. (O)

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