“La afiliación me permitió construir mi hogar”
Hace dos años María López, de 50 años, retornó a las aulas. Ella, una trabajadora remunerada del hogar, acude al colegio cuando sale de la casa donde labora,
en Samborondón.
Esta manabita empezó a ejercer la actividad desde los 13 años. “No estudié porque me dediqué a trabajar para ayudar a mis padres”.
María, quien nació en Montecristí (Manabí), cuenta que su sueldo antes era reducido y no le alcanzaba para las necesidades de la casa. A inicios de la década del 80 recibía 30 sucres al mes por hacer las tareas del hogar.
Otro de los recuerdos que tiene de las moradas en las que prestó su servicio es que le hacían trabajar hasta el último día de sus dos embarazos. María es madre de dos jóvenes. “Antes no estaba asegurada y laborábamos más horas de las que nos pagaban”. Este año, con el ajuste del sueldo básico, se vio beneficiada.
Ahora es distinto. Las trabajadoras remuneradas del hogar deben ser afiliadas a la seguridad social, cobrar un salario digno, tener vacaciones, cumplir con jornada de 8 horas y recibir el pago de horas extras.
En el país, 99.614 de ellas están afiliadas, según el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). Además, cuentan con el respaldo de una asociación, filiales y un sindicato nacional que lucha por sus derechos.
Para ella, la afiliación al seguro social le ha permitido hacer préstamos quirografarios para hacer arreglos a su vivienda.
Asimismo -dice- recibió el decimocuarto sueldo, el cual le sirvió para comprar los útiles escolares a su hijo menor. Él, este año, se graduó en el colegio Vicente Rocafuerte y busca un cupo en la Universidad de Guayaquil para convertirse en un profesional.
María hace 25 años trabaja con una familia colombiana que la afilió desde el primer día. Antes laboró para unos chilenos. “Estoy muy agradecida con este Gobierno”.
La mujer no solo se ha visto beneficiada con el reconocimiento de su trabajo y la afiliación, sino también con el programa de alfabetización implementado por el Ministerio de Educación. Recientemente, ella junto a 3.120 jóvenes y adultos mayores recibieron un certificado por la culminación de una fase del programa.
María cursó hasta tercer grado de escuela de Manabí, pero luego emigró con su familia a Guayaquil y dejó de estudiar. Todas las noches sale de su casa, ubicada en Bastión Popular, a recibir clases en la escuela fiscal Pachakutik, al norte de Guayaquil.
“Cuando acudí el primer día me tomó como nueva. Antes era diferente la enseñanza. Estar aquí me ha permitido leer bien y no dejar que alguien pretenda pasarse de listo cuando me pagan en cheque”. (I)
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