Lasso temió por su vida cuando sufrió una mala práctica médica en España

- 18 de agosto de 2014 - 00:00

Lo repitió tres veces en 15 minutos: “Yo veía mi vida a una hora”. Lo dijo para explicar que no creía que viviera más de una hora tras ser víctima de una mala práctica médica. Al ingresar a su oficina el jueves pasado, nos recibe con afecto y  generosidad. Dispuestos a entablar una conversación periodística, tras escucharlo dar declaraciones a una radio quiteña por más de diez minutos, a ratos eufórico y por momentos reflexivo (tomaba aire para procesar sus pensamientos), se abre una puerta y en una amplia mesa están sus principales colaboradores, entre ellos César Monge. Una cámara de video graba todo lo que decimos y hacemos.

Lleva en el bolsillo de la camisa su pasaporte. Luce fresco, y le pasan una botella de agua. Abre sus brazos y cruzamos saludos (“cómo está, cómo le va”). No transcurren ni dos minutos y empieza a confesarnos lo que le ocurrió el año pasado. Se toma un tiempo y respira hondo para detallar de qué modo afrontó lo que en realidad fue una mala práctica médica que le puso al borde de la muerte y que lo expuso a varios meses de tratamiento y de intenso dolor. De su boca nace la versión personal de algo que circuló como rumor, a ratos perverso, sobre su estado de salud. Sorprendidos, en una suerte de terapia, dejamos, sin interrumpir, que desarrollara su relato, cuya narración brota como si tuviera que recordar para procesar lo vivido, o como si al hacerlo hiciera un tratamiento que alejara la angustia de lo ocurrido. No cabe duda de que lo hace de buen ánimo, al parecer porque ya se lo ha contado a otras personas. Aquí un resumen de su testimonio:

Ocurrió en marzo del año pasado, en el tercer día del denominado Camino de Santiago, una ruta de 143 km que recorren peregrinos de todo el mundo para llegar a la ciudad de Santiago de Compostela, donde se veneran las supuestas reliquias del apóstol Santiago el Mayor. Sobre esta peregrinación hay libros, películas y una infinidad de relatos. Todos coinciden en que es un acto de fe, pero también de fortaleza física.

El excandidato presidencial ecuatoriano había superado los 50 kilómetros en tres días, el camino estaba resbaloso, por la ligera lluvia de esos días. Tropezó con una piedra y se rompió el peroné. El médico le dio dos opciones: operación inmediata o tratamiento posterior. Guillermo Lasso prefirió la operación y cuando le inyectaron la anestesia ocurrió lo inesperado: se le formó un hematoma que paralizó toda la ‘red’ nerviosa de la cadera y la parte alta de las extremidades inferiores. Pero también ocasionó dolores insoportables. Confiesa que lloró y pegó gritos. Todo ello se agravó porque cuando lo llevaban a Madrid, en un recorrido que tomaría 5 horas, la ambulancia se dañó y tuvieron que cambiar de vehículo, tomándose en realidad 10 horas de viaje.

Para soportar los intensos dolores durante varios meses le inyectaron morfina. Vivió una de sus peores experiencias hasta que llegó a Guayaquil, donde una doctora le aplicó tres inyecciones seguidas para calmar el dolor y este desapareció. Sin mencionarlo, Lasso valora la atención recibida en nuestro país, a diferencia de lo ocurrido en España. Y al mismo tiempo asume esta situación penosa como una de las peores experiencias. Cuenta que pasó varios días sin dormir. Daba vueltas por los pasillos de su casa. Lo único que se le cruzaba por la cabeza era su familia y su propio futuro inmediato. En su mirada hay brillo y en sus manos cierta firmeza para acompañar cada frase vehemente que pronuncia. Intento descubrir por qué nos lo cuenta, qué hicimos nosotros (Xavier Letamendi,  editor político; Miguel Castro, nuestro fotógrafo, y yo) para ser los  receptores de un relato doloroso, intenso, cargado de una profunda reflexión sobre la vida, muy lejos de la política y de todas sus banalidades.  

Reconoce que por no haber contado a tiempo su experiencia hubo muchas especulaciones. Claro, como ser humano y como político de primera línea, sabe que su existencia también define, de muchos modos, la vida de su organización y al conjunto de seguidores que ha construido en los últimos años. Y no sé por qué se me cruza por la cabeza la frase reiterativa de la publicidad del Banco de Guayaquil: “Lo mejor está por venir”. ¿Nació de esta experiencia? ¿Tiene mucho que ver con ese entusiasmo que nace y se engrandece tras superar una situación dolorosa como esta? No sé.

Cerca de una hora después de haber conversado y de a ratos tensar la charla con defensas mutuas que no hacen falta y señalamientos incisivos, le reitero que debería escribir su tercer libro, pero sobre esta experiencia humana intensa. ¿Usted cree?, me pregunta. Le digo: sí, claro.

De todos modos, la misma entrevista habría sido otra si Guillermo Lasso no hubiese abierto al Diario Público del Ecuador su confianza para contarnos lo vivido el año pasado. Posiblemente habría sido más tensa, como la realizada en la campaña electoral de febrero de 2013, cuando se presentaron momentos difíciles al defenderse y nuestras preguntas intentaban sacarle respuestas más para titular que para la misma reflexión de quien aspiraba a la Presidencia de la República.

Por tercera ocasión Guillermo Lasso es entrevistado por ELTELÉGRAFO. Dice que es un gusto hacerlo, “a pesar de las diferencias”. Le agradecemos por la deferencia, pero también le recordamos que otros personajes, como Jaime Nebot o Mauricio Rodas, se niegan a una conversación o diálogo periodístico con nosotros. Mira de frente, hace una mueca y dice: “Yo no, ya ven, aquí me tienen”.

Lo cierto es que todo lo que dice, el equipo que le rodea, la agenda que maneja y trabaja con su equipo, no hablan sino de un candidato presidencial que intenta colocar posturas y tesis para el escenario político. Y ahora, tras su decisión de desarrollar una consulta popular, evidentemente va por delante de los opositores. Incluso, entre líneas, los cuestiona por no definir su accionar. Tras salir de su oficina y caminar hacia el elevador tenemos la sensación de que Guillermo Lasso vivió una de sus experiencias más duras y de que ahora se prepara para otra campaña electoral con mayor fortaleza física y emocional.  

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