Advertencia

JUser: :_load: No se ha podido cargar al usuario con 'ID': 4624

“La vida me ha dado más golpes que el box”

- 24 de mayo de 2015 - 00:00

El golpe más fuerte que recibió Segundo Mercado en los 14 años que peleó en el profesionalismo no fue ni en el mentón ni en el pómulo ni en la ceja, fue en el alma. Dos semanas antes del 17 de diciembre de 1994, la ‘avispa’ estaba concentrado en Quito para la pelea por el título mundial de la Federación Internacional de Boxeo, ante el estadounidense Bernard Hopkins, cuando recibió una noticia  espeluznante y estremecedora: su hermana menor se había suicidado en Guayaquil.      

El expúgil (48 años) desconoce aún las razones que llevaron a su hermana a tomar esa decisión. Solo sabe -porque se lo han contado- que tenía un cuadro agudo de depresión y que su intención era matar también a su hijo,  al que lanzó al estero Salado para que se ahogara, y que después tomó maderol, un químico para conservar madera que hizo que sus órganos explotaran de forma instantánea. Su sobrino no murió. Se aferró a un pedazo de madera y flotó hasta que lo rescataron. 

Ese día Mercado lloró desesperadamente. Estaba decidido a cancelar la pelea contra Hopkins, pero su apoderado, Marco Aguirre, lo consoló y le dijo que viajarían al sepelio de su hermana y que luego regresarían a Quito a seguir preparando el combate. Segundo aceptó la propuesta. Sixto Durán Ballén, presidente de la República en ese entonces, puso a su disposición el avión presidencial y un numeroso grupo de agentes para que lo cuidaran.           

El dolor que le produjo ese golpe emocional y espiritual no se asemeja al que le provocaron los incuantificables guantazos que recibió en las 56 peleas que disputó  como amateur y profesional.      
Ninguna de las 20 cicatrices que tiene en el rostro se compara con la que le dejó en el alma y en el corazón la partida de su hermana.                    

¿Qué hace para sostenerse económicamente?

Hace dos meses abrí un restaurante en la Universidad Agraria de Guayaquil. También soy entrenador personal de gente de dinero que vive en Samborondón. Cobro $25 la hora. Yo no me acomplejo, si me toca hacer las veces de chofer lo hago. A veces las personas a las que entreno me piden que les conduzca sus carros a Salinas o que acompañe a sus hijos a fiestas. Todos esos servicios tienen un costo.        

¿Y qué pasó con todo el dinero que ganó gracias al boxeo?

Lo perdí en el feriado bancario. Perdí $ 360 mil. Era todo lo que  había ganado y ahorrado durante mi carrera. Solo recuperé $ 60 mil. Mi esposa contrató un abogado que nos robó, pidió todos los papeles, pero nunca nos dio la plata. Eso hizo que me divorciara de mi esposa.    

¿Quedó en la calle entonces?

Sí, pero me estoy recuperando con las clases particulares y con mi nuevo negocio. Aunque hace poco me atropelló un carro.

¿Cómo ocurrió?

Cuando salía de dar una clase en la vía a Samborondón, el impacto fue tan fuerte que me fracturé la tibia y el peroné. Ahí se me fueron los $10 mil que había ahorrado para comprarme un carro. Tengo 8 clavos y placas en la pierna. Mis días ahora transcurren entre mi trabajo en el restaurante y las rehabilitaciones. Al responsable nunca lo detuvieron.           

También ha trabajado como guardaespaldas...     

Yo entrenaba al abogado Juan Carlos Carmigniani cuando era vicepresidente de la Empresa Eléctrica de Guayaquil. Un día, después de un entrenamiento, me preguntó si quería trabajar en su equipo de seguridad. A mí no me gustaba ser mandado porque pierdo la cabeza fácilmente. Le dije que prefería seguir en mi faceta de entrenador. Pero me insistió y me convenció. Me pagaba $800 mensuales por estar en la puerta de su oficina y organizar las visitas que le hacían. Yo lo acompañaba a todos lados.

¿Y lo defendió bien?

Un día estábamos en una discoteca,  se acercó un amigo suyo y le pegó un fuerte golpe en la espalda, lo que hizo que se enojara. Yo reaccioné de inmediato y lo tomé del cuello. Me respondió con un puñete, yo se lo devolví y lo desplomé al piso. Por suerte los guardias del lugar me detuvieron porque si no lo  mataba. Tengo una personalidad explosiva, eso me ha originado muchos problemas.    

¿Qué tipo de problemas?

Hace 6 meses salía de un almacén en el centro de Guayaquil junto a mis hijas que al lado mío son blancas (risas). Cuando empezamos a caminar por la calle un cabo de policía pasó delante de nosotros y le dijo una bascosidad a mi hija. “¿Qué dijiste?”, le pregunté. “Tranquilo moreno, que no es contigo sino con la pelada”, me respondió. “¿Si sabes que ella es mi hija?”, le dije e inmediatamente saqué la mano y le di un puñete. El tipo cayó al piso. Yo me fui rápido en un taxi, pero 6 cuadras más adelante me detuvieron y estuve preso 12 días.  

Sus problemas con policías son recurrentes, los enfrentaba incluso cuando era niño y vendía café caliente en la extinta terminal de Cumandá. ¿Qué tiene contra ellos? 

Desde niño tengo ese   temperamento, mi origen humilde me ayudó a forjar ese carácter.  Cuando salí de San Lorenzo llegué a vivir a Quito, donde mi hermana.  Ella tenía un local de comida en el mercado la Magdalena y yo salía con una canasta de empanadas y un termo de café  caliente para vender a los viajeros que llegaban con frío a la terminal. En esa época los policías metropolitanos perseguían a los comerciantes informales para quitarles sus productos, pero conmigo se chocaban. Nunca pudieron quitarme nada, les daba puñete y por último los quemaba con el café caliente. Yo solo estudié hasta segundo grado, pero aprendí a hacerme respetar.      

En su natal San Lorenzo lo conocen como un gran mediocampista creativo, ¿por qué nunca despuntó en el fútbol?

Me dicen Pelenco en alusión a Pelé. No jugaba como él, pero era muy hábil con la pelota, desde pequeño. Lo hacía por distraerme porque nunca me gustaron los deportes colectivos.    

Cuando dije San Lorenzo noté gestos de nostalgia...   

Pienso en mi madre, que murió cuando tenía 4 años. Cuando voy le pido a los vecinos que me hablen de ella porque no tengo recuerdos. Era muy pequeño cuando murió. No recuerdo si era blanca, negra, fea o bonita. Pero mis hermanos me cuentan que yo era su engreído. A ella la envenenó una nuera que tenía en Santo Domingo. Le dieron veneno para ratas en la comida. Cuando ella murió, mi hermano Dunio se hizo cargo de nosotros. Nuestro papá, Manuel Mercado, tuvo 42 hijos en 6 compromisos, yo soy el menor de todos. Dunio no quería que nos criáramos con madrastra. Él fue vital en mi carrera como boxeador  al punto que una vez en los Juegos Bolivarianos lloré porque él no llegaba al coliseo. Yo no peleaba si él no estaba abajo del ring. Era mi apoyo moral y emocional. 

¿Cómo fue ese momento?

Tenía que pelear contra un venezolano vicecampeón olímpico. Estaba convencido de mis condiciones, pero necesitaba a mi hermano a mi lado para hacer un buen combate. Cuando el entrenador me llamó para que empezara a vendarme entré en pánico porque no llegaba. Pero me vendé y cuando empecé a salir al cuadrilátero me di cuenta de que mi hermano intentaba acercarse a mí. Había mucha gente en el coliseo. Desde donde se encontraba, Dunio me gritó que lo esperara y que regresara al camerino. Me dijo que esquivara los golpes y contraatacara. Así gané la pelea.

¿Cuándo fue la primera vez que subió a un cuadrilátero?

Debuté en el torneo ‘Guantes Cristalinos’ que organizaba Armando Romero Rodas abajo de Radio Cristal. 

¿Cuál fue el golpe más fuerte que recibió en el ring y quién se lo dio? 

Bernard Hopkins, en la primera pelea por el título mundial en Quito. Fue en el segundo round. Yo estaba saltando, tratando de hacerlo mover por todo el cuadrilátero cuando sacó un fuerte golpe y me impactó el mentón. Sentí como si se me hubiera caído toda la dentadura.  

¿Pensó aplazar la pelea ante Hopkins por la muerte de su hermana?

Claro, no estaba en condiciones de subir al ring. Pero mi apoderado, Marco Aguirre, me dijo que viajaríamos a Guayaquil al sepelio de mi hermana y que luego de eso regresaríamos a Quito para seguir preparando la pelea. Y así fue, viajé en el avión presidencial y escoltado por la policía. Estuve en Guayaquil apenas 20 minutos, luego cogí a mi sobrino y me lo llevé a Quito para que se criara conmigo. Ahora tiene su familia y vive en Estados Unidos. La vida me ha dado más golpes que el box.    

¿Recuerda con exactitud el origen de cada cicatriz que tiene en el rostro?

La que tengo en la ceja derecha me la hizo Frankie Liles, en una pelea en 1997 en Memorial Auditorium en Louisiana, Estados Unidos. Las del pómulo y la ceja izquierda  tienen la firma de Hopkins, la primera en Quito y la otra en Estados Unidos. Y la del labio inferior me la hizo Charlie Smith, en 1996, en Ohio.   

Además de la cicatriz en el  corazón que le dejó la muerte de su hermana, ¿tiene otra más?

Sí, producto del divorcio con mi esposa. El problema del feriado bancario fue realmente una excusa. Ella se enteró de que yo tenía una hija en Estados Unidos y eso agudizó nuestros problemas. Una noche me puso en un dilema: ¿“yo, o tu hija”? Lógicamente le respondí que mi hija y me fui de la casa. Pese a eso nos llevamos bien.

¿Qué recuerda de la pelea contra Bernard Hopkins? Hay quienes aseguran que la cartelera  comenzó con malos augurios. En las preliminares, el ecuatoriano Luis ‘Cobra’ Buitrón fue vapuleado por el visitante Julian Jackson y cuando Jesús Fichamba cantó el Himno Nacional antes de la pelea de fondo, le pusieron una pista con un ritmo muy acelerado y el resultado fue desastroso.

Yo había tenido un cuadro de gripe muy fuerte y estaba recuperándome cuando me pactaron una pelea con el colombiano Brinatty Maquilón. Fue antes de la pelea contra Hopkins y la idea era que solo sea un ‘sparring, pero de un momento a otro sacó un izquierdazo que me viró el tabique. No podía respirar y dos semanas antes de la pelea me operaron la nariz. Ante Hopkins yo peleé operado, por eso cuando me lanzó el primer golpe en el rostro  empecé a sangrar mucho por la nariz. Pero así le aguante los 12 rounds.  

¿Se decepcionó cuando los jueces le dieron el triunfo a Hopkins, un boxeador que no era nuevo para  los Mercado ya que había noqueado a su hermano Jauri en  Las Vegas, en 1990?  

Esa noche lloré discretamente. Era injusto el veredicto. Junto a mi equipo estábamos convencidos de que habíamos ganado, pero los jueces decidieron otra cosa. Mi equipo cometió un grave error. Nadie viajó a los Estados Unidos a la reunión con las autoridades de la federación para definir árbitro y jueces.

Esa cita sirve para garantizar que haya un árbitro independiente, que haga respetar el reglamento y, en caso de que haya que irse a decisión, jueces que no tengan cercanía con los respectivos peleadores.

Ante la ausencia de un delegado ecuatoriano, el equipo de Hopkins tuvo la libertad de elegir, a su gusto, y sin que nadie vetara nada, las autoridades que regirían la pelea. Yo no tuve a los jueces de mi lado, una de las mayores ventajas cuando se pelea en casa.    

Pero su estrategia era clara: dejar que la altitud de Quito desgastara al rival. Las instrucciones de su equipo eran que se moviera mucho porque si se paraba frente a Hopkins terminaría noqueado en el primer round.  

En ese sentido también hubo irregularidades. Mi hermano le dijo a Raúl Gamboa, en ese entonces presidente de la Federación Ecuatoriana de Boxeo, que detuviera la pelea porque a Hopkins le estaban dando amoniaco para que no le afectara la altitud. Yo, que estaba aclimatado, terminé la pelea muy cansado y Hopkins terminó entero físicamente. Sospechosamente después de la pelea no hubo pruebas antidoping.

¿Reconoce que Hopkins fue el mayor pegador con el que jamás se enfrentó? 

Lo fue. Recibí golpes brutales, pero nunca caí. Hopkins se complicaba con los peleadores rápidos como yo, pero había otro problema, yo me crecía contra los peleadores brutos y desordenados, pero tenía problemas con los que eran muy técnicos. Hopkins era agresivo, pero no dejaba de ser supremamente técnico.    

Unas semanas después de la pelea lo detuvieron nuevamente por problemas con la policía...   

Estaba en Papillon, una discoteca de Quito, con un grupo de amigos. Estaba tranquilo disfrutando el momento cuando los policías me ofendieron con insultos racistas luego de chocar mi carro, lógicamente reaccioné con golpes. Estuve varios días detenido, después de  pasar por una brutal golpiza que me dieron los policías. Me desnudaron y, entre varios, me golpearon con correas.

Hay quienes afirman que esa golpiza le provocó serios daños neurológicos, y que eso explicaría por qué, apenas un par de meses después, en su revancha contra Hopkins en Maryland, Estados Unidos, usted lució descoordinado, lento y desequilibrado. ¿Influyó esa paliza o no se entrenó adecuadamente para pelear?

Una noche, mientras descansaba en mi casa recibí una llamada a mi celular. Era Don King. “Segundo, ¿estás listo?”, me preguntó. “Para qué”, le conteste. “Para la revancha contra Hopkins”, me dijo. Yo no estaba entrenando y estaba en pésimo estado físico, por lo que me negué. “Entonces la pelea la va a tomar otro boxeador”, me advirtió. “No, no, entonces sí peleo”, le dije. Un día después de esa llamada llegaron los pasajes y viajé a Estados Unidos. Pero esta vez sin apoyo del Gobierno, Marcos Aguirre ya no era mi agente y no tenía entrenador. Si no había podido con Hopkins en Quito, en Estados Unidos era imposible. Llegue sin entrenamiento a ese combate. Desde que el juez detuvo la pelea, supuestamente para salvarme del sometimiento de Hopkins, nunca más fui el mismo.

¿Por qué?  

Después tuve peleas brutales en Estados Unidos que me fueron dañando físicamente. Se cumplió la cruel, pero bienintencionada profecía que me había hecho el empresario René James cuando me advirtió que no fuera a Estados Unidos a pelear la revancha. “Mercado, acá usted es un ídolo y tiene todo el apoyo que puede soñar; allá, usted es solo un negro más; no se vaya, allá no lo van a cuidar”, me advirtió. Y así fue. Esa pelea significó un punto de quiebre en mi carrera.  

¿Volvió a toparse con Hopkins después? 

En 2002 en una situación bien curiosa. Yo estaba en Los Ángeles, asistía a una convención internacional de boxeo. Una mañana yo conducía mi Chrysler Lebaron deportivo cuando me di cuenta de que una limusina me seguía. Traté de perderlos de vista, pero no lo logré. En un momento me sentí asustado porque la limusina estaba llena de negros a los que no conocía. Uno de ellos me llamaba con insistencia, pero no podría reconocerlo, así que no detuve la marcha del carro hasta que más adelante nos paró un policía. En ese momento una figura esbelta bajó de la limusina, era Hopkins. Corrió hacia mí y me saludó, me abrazó y me dijo que yo había sido uno de los rivales más duros que había tenido. 

¿Qué otras amistades le dejó el boxeo?

Brad Pitt entrenaba en el mismo gimnasio que yo, en Los Ángeles. A menudo compartíamos experiencias y yo le enseñaba golpes y mañas de este deporte. No sabía quién era yo hasta que le preguntó al dueño del local. Cuando supo que yo había disputado el título mundial contra Hopkins me pidió que nos tomáramos unas fotos.  

Tiene sangre dulce...     

Llegué con 10 dólares en el bolsillo a Los Ángeles, sin tener referencia de amigos ni familiares. Como no hablaba inglés, encontrar trabajo me resultó una misión imposible. Dormí 8 días en un autobús, pasé frío y hambre.

Durante mi estadía en Estados Unidos trabajé parqueando carros en un prestigioso hotel de Los Ángeles. Un día llegó Harrison Ford y me lanzó las llaves de su Lamborghini para que se lo estacionara. Cada vez que iba me daba 100 dólares de propina. Con Salma Hayek estuve a punto de empezar una amistad. Un día estaba comiendo en mi trabajo unos burritos mexicanos cuando se me acercó para pedirme que le parqueara el carro. Pero se sorprendió de ver a un negro comiendo comida mexicana.
Me preguntó si hablaba castellano y me pidió que compartiera con ella mi comida y lo hice. Hablamos un par de veces más, pero nunca más la volví a ver. Si me hubiera quedado en Estados Unidos ahora sería una estrella de Hollywood (risas).     

¿Y con Gabriela Sabatini?   

Nos conocimos en los Juegos Olímpicos Seúl 1988. La amistad empezó un día que yo estaba entrenando en el patio de la Villa Olímpica y ella me estaba viendo desde su ventana. Cuando me di cuenta estaba junto a mi pidiéndome que boxeara con ella. “Morocho, pelea conmigo”.
Después la encontré en Central Park, en New York y me invitó a cenar. Hasta ahora mantenemos el contacto por redes sociales. (I)    

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: