Tokio 2021, el sueño que Paola Bonilla no dejó morir

La maratonista cuencana narra su historia para clasificar a la maratón de los Juegos Olímpicos
19 de diciembre de 2020 00:00

Frente a sus ojos estaba la meta: una amplia plataforma de color azul intenso que la esperaba para sellar su primera clasificación a unos Juegos Olímpicos. La maratonista Paola Bonilla corría con todas sus fuerzas, mientras observaba el paso de los segundos en el reloj ubicado al costado de la línea de llegada. Su objetivo era acabar la Maratón de Valencia en un tiempo menor de 02:30:00. Lo hizo en 02:28:24.

El 6 de diciembre de 2020 será una fecha que quedará marcada por siempre en su memoria porque fue el día en el que aseguró su boleto para las Olimpiadas de Tokio en 2021. La satisfacción era indescriptible para ella, pues 10 meses atrás se había trazado un objetivo que en ese entonces no parecía tan real. Allí, en Valencia, junto a otras atletas que exhaustas descansaban de los 42 kilómetros de la maratón, su mente asimilaba todo lo ocurrido. A su alrededor las demás clasificadas lloraban, a ella ni siquiera le salían las lágrimas.

A principios de 2020, semanas antes de que se propagara el covid-19 por el mundo, Bonilla y su equipo delinearon el camino para clasificar a la maratón olímpica. Había dos opciones: obtener una marca de 02:30:00 o entrar vía ranking mundial. Su mejor registro de 2019, obtenido también en Valencia, era seis minutos por encima del tiempo de la clasificación, por lo que preveía que la forma de llegar a Tokio era mediante su ubicación en el escalafón internacional.

Sin embargo, el virus se esparció por todo el planeta y los seres humanos fueron obligados al confinamiento. Los eventos deportivos, como las Olimpiadas, se postergaron. La Asociación Internacional de Atletismo modificó los parámetros de clasificación y eliminó el acceso a la cita ecuménica vía ranking. La deportista cuencana no tenía más opción que mejorar sus tiempos para vencer la marca.

En su planificación estaba la Maratón de Viena, en Austria, pero la pandemia también suspendió carreras de renombre como esa. La única que seguía en pie era la  Maratón de Valencia, aquella en la que corrió un año antes sin tener una destacada participación. Su preparación debía encaminarse a la marca olímpica, pero surgió un nuevo inconveniente: las condiciones para entrenar.

La situación sanitaria del Ecuador hizo que cambiara las pistas de entrenamiento por los parques, las prácticas iniciaran en horarios más temprano y estar gran parte del tiempo con mascarilla para evitar el contagio. Hubo días de extenuante trabajo y episodios en los que sufría por las adversidades. Su sueño era llegar a unos Juegos Olímpicos y eso la motivó a no botar la toalla. Bonilla comprendió que la postergación de Tokio 2020 podía ser una ventaja para ganar más días de preparación.

Las ganas de competir la mantuvieron firme hasta la víspera del viaje a España. El lunes 30 de noviembre debía abordar el vuelo, con el nerviosismo de que se postergara el traslado por la situación de la pandemia en Europa. Una semana antes evitó el contacto con amigos o familiares para no contraer el coronavirus. La gente quería despedirse de ella, pero la maratonista sabía que el contagio la dejaba fuera de su sueño y prefirió confinarse.

El viaje desde Quito a Valencia no fue sencillo. Conocía por otras deportistas que entrar a España era complicado a causa de las exhaustivas medidas sanitarias. Bonilla tuvo que realizar gestiones para obtener un certificado de la Cancillería que demuestre que ingresaría a ese país en calidad de deportista profesional. Había riesgo de que postergar unos cuantos días el arribo, lo cual habría alterado su planificación previo a la competencia, pero finalmente desembarco en Valencia el martes 1 de diciembre. En el hotel donde se hospedaba cumplió una burbuja sanitaria dispuesta por la organización para disminuir imprevistos.

El día anterior a la carrera, el sábado 5 de diciembre, era una fecha muy particular. Si bien en su cabeza estaba el objetivo de alcanzar la marca olímpica, que consideraba posible de lograr porque un mes y medio antes registró un buen tiempo en la media maratón de Gdynia (Polonia), ese día cumplía 36 años. 

“Fue como nunca lo he vivido. Totalmente diferente por la falta de contacto con la familia. Todo a distancia”, recuerda. El festejo quedó pospuesto. Sus compañeros la alentaban a que el domingo celebrarían por partida doble. Sin saberlo, el festejo resultaría triple porque ese día batió también el récord nacional que ostentaba Rosalba Chacha.

La mañana de la maratón fue perfecta. Bonilla y su entrenador, Julio Chuqui, armaron una estrategia para, al menos, acabar la carrera en dos horas y 29 minutos. Ya en el asfalto, su mirada se posaba cada tanto en el reloj para calcular los tiempos y controlar el ritmo. No desesperarse era la consigna. Efectivamente, la atleta logró sentirse cómoda durante las dos vueltas, de 21 km cada una, para incluso acabar la competencia 36 segundos antes de lo presupuestado. 

Ese 6 de diciembre, en su natal Cuenca, su familia madrugó para ver la carrera. El mensaje de su madre fue uno de los tantos que recibió en su celular, pero el primero al que respondió. Luego sí festejó con el resto de la delegación ecuatoriana, quienes tenían el sinsabor de no obtener la clasificación. Paola Bonilla, con 36 años recién cumplidos, inscribía su nombre en el evento mundial al que todo deportista quiere acudir pero pocos tienen ese privilegio.

En Tokio buscará una posición y ya no una marca. Su deseo es obtener el mejor lugar posible de un maratonista ecuatoriano en toda la historia, sin importar qué hora marque el reloj al cruzar la meta. Tampoco se contenta con estos Juegos Olímpicos, y desde ahora piensa en el ciclo olímpico para Paris 2024 en el que espera ganar medallas regionales. Muy convencida de sí misma, no deja de soñar.

A mediados de 2021 se convertirá en atleta olímpica. Hace más de 20 años se inició como triatlonista, hace 16 se retiró para dedicarse a los estudios, culminar dos maestrías (en recursos humanos y en economía), vivir tres años en el extranjero y regresar a Cuenca para impartir clases en la Universidad de Cuenca. Sin embargo, siempre le quedó la espina de volver al deporte.

“Cuando decidí volver y hacer la maratón me decían que no dejara el triatlón, que yo era buena. Pero no me hallaba, quería algo diferente”, explica. “Ahora veo que no me equivoqué y aquí estoy, clasificada a Tokio”, sentencia. (I)

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