Ramón Maddoni, donde pone el ojo, pone el crack

- 11 de abril de 2018 - 00:00
Esta actividad hizo que Ramón Maddoni dejara el póker y las carreras de caballos.
Foto: AFP

Este argentino de 77 años es una leyenda entre los cazadores de talentos. Carlos Tévez, Fernando Redondo y Esteban Cambiasso constan entre sus descubrimientos.

Ramón Maddoni apunta con el dedo y dispara la frase: “Mire ese pibe... es un fenómeno”, mientras señala a un melenudo flaquito que maneja la pelota como un Lionel Messi en miniatura, durante un partido de infantiles en una cancha de Buenos Aires.

Maddoni es una leyenda entre los cazadores de talentos. Donde pone el ojo, pone el crack. Nombra a Carlos Tévez (Boca de Argentina, ex Manchester United y ex City inglés, ex Juventus de Italia), a Fernando Redondo (ex Real Madrid español, ex Milan italiano) y a Esteban Cambiasso (ex Real Madrid, ex Inter italiano). Hay más de 100 jugadores en su lista.

Cae la noche en Parque, un club de barrio fundado hace 70 años. Es una zona de clase media baja, lejos del centro de Buenos Aires. En frente hay una pequeña plaza. Los padres se agolpan en la puerta y esperan a sus hijos como a la salida del colegio.

Adentro, Maddoni recita rapidito, con memoria de elefante, su asombrosa nómina de discípulos. Cita a Juan Pablo Sorín (ex PSG francés, ex Juventus, ex Hamburgo alemán) y Nicolás Gaitán (ex Benfica portugués, ex Atlético de Madrid). Imposible nombrar a todos. “Aquí el semillero no se agota nunca, pero hasta el más dotado tiene que aprender”, dicta cátedra. Su mayor orgullo es la colección de estrellas descubiertas, como si fuera un astrónomo de las canchas.

Dos de ellas con piso de cemento arden de pasión con los chiquilines de 6 a 12 años. Los minijugadores gritan goles con todo el cuerpo y el alma. El maestro sonríe y da un veredicto: “¿Vio a ese otro, el rubiecito? Tiene pasta (condiciones). Hay que explicarle cómo pararse mejor atrás y tocar más rápido”.

Maddoni tiene la baja estatura de un marcador de punta. Usa gafas de armazón grueso que resaltan sus ojos. Peina canas, calza zapatillas y viste ropa deportiva con el escudo de Boca Juniors. Hace 24 años que también trabaja en Infantiles del popular club “xeneize”. Un día lo vino a contratar en persona su presidente, Mauricio Macri, ahora jefe de Estado.

Pero Parque es su casa. Recibe saludos, abrazos y besos a cada paso. Con 77 años a cuestas, se para en los bordes del rectángulo de 40x25 metros, donde esos locos bajitos se disputan el balón encarnizadamente. Ya no hay padres que les digan que “se dejen de joder con la pelota”. Al contrario, acuñan la ilusión de tener en casa un Messi o un “Kun” Agüero. “A (Fernando) Gago (ex Roma italiano, ex Real Madrid, Boca) me lo trajeron a los 6 años. Le puse ‘Pintita’ por su postura elegante, ja ja, ¡es un jugadorazo!”, ríe el maestro.

Los DT más jóvenes sientan a los chicos en ronda para la charla técnica. “Este ‘laburo’ (trabajo) me salvó la vida, a los 37 años, cuando tenía una depresión muy grande por mi divorcio”, relata una intimidad. Le hizo dejar el póker y las carreras de caballos. Ahora vive solo y cerca del club. 

¿Quién lo salvó? “Me convenció José, el padre de Sergio ‘Checho’ Batista, campeón mundial en México 86”.

Antes formaba cracks en Argentinos Juniors, la cuna de Diego Maradona. De abuelos italianos y hogar de trabajadores, Maddoni dejó el negocio de compra y venta de carne para ser cazatalentos. Ni Boca ni Parque se parecen a La Masía del Barça, pero son escuelas de campeones.

“A (Juan) Riquelme (ex Barcelona y Villarreal españoles y ex Boca) lo vi a los 8 años. A Tévez lo fui a buscar a Fuerte Apache (periferia pobre y violenta). ¡El pase costó 20.000 pesos ($ 900)!”, disfruta la comparación con las montañas de dinero que se pagaron después.

¿Cuál es su secreto? “Me doy cuenta enseguida si el pibe es bueno, o no. Por cómo se para, cómo lleva la pelota.

Maddoni atraviesa un corredor. Las paredes están abarrotadas con camisetas que le regalaron los jugadores. Se toma un café y vuelve despacio a la cancha. Arrastra un resfrío rebelde y está convaleciente de una operación de riñón. Pero el cazador no se rinde. (I)   

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