Brasil inicia la transición hacia una etapa de privatizaciones

- 30 de octubre de 2018 - 00:00
Foto: AFP

La corrupción, la inseguridad y el apoyo de los evangélicos llevaron a Jair Bolsonaro a la presidencia de ese país. Su gobierno pretende también una reducción del gasto público.

El descrédito de los partidos políticos tradicionales, el apoyo de los evangélicos y de las élites económicas; el miedo ante el aumento de la criminalidad y el rechazo al Partido de los Trabajadores (PT) dieron el triunfo al candidato ultraderechista Jair Bolsonaro.

Ahora el presidente electo de Brasil pretende aplicar la receta más ortodoxa del liberalismo con un plan basado en privatizaciones, descentralización y más ajuste fiscal, pero sobre el que aún sobrevuelan interrogantes, afirman analistas.

La bolsa recibió este lunes 29 de octubre a Bolsonaro con una subida del 2,6% pero inmediatamente se moderó y operó como si fuera un lunes cualquiera.

Con un lenguaje directo, simple y un discurso homofóbico, racista y machista, el excapitán del ejército recibió el voto de una holgada mayoría de  brasileños, el 55,13%, más de 57,6 millones, una cifra solo superada por el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva en 2006. Son casi 11 millones más que los obtenidos por el candidato del PT, Fernando Haddad (44,87%).

Los mensajes de Bolsonaro son claros, explica la investigadora Anna Ayuso. “Ofrece soluciones simples a problemas complejos. Puro populismo”. Pero, “para bien o para mal”, apostilla Ayuso, la corrupción generalizada en el resto de candidaturas le hicieron aparecer como el candidato de la “renovación”.

Para Esther Solano, politóloga de la Universidad de São Paulo, Bolsonaro supo cabalgar un “sentimiento de frustración con la política, de descrédito, cansancio e incluso rabia con la forma tradicional de hacer política” que se extendió también a los medios de comunicación, desbordados en esta campaña por las redes sociales.

“Buey, bala y biblia”. Así resume Carlos Malamud, investigador del Real Instituto Elcano, la base política sobre la que Bolsonaro cimentó su victoria: “los grandes propietarios, los sectores que piden mano dura y los evangélicos”, a los que se suma la élite empresarial del país.

Bolsonaro, católico, prometió eliminar las clases de educación sexual, oponerse al feminismo (que tacha de “ideología de género”), derogar los derechos de los homosexuales y frustrar cualquier intento de aliviar las estrictas leyes de aborto.

La inseguridad fue su otro caballo de batalla. El año pasado se produjeron 64.000 asesinatos, una cifra histórica. Además de acabar con las bandas de delincuentes, Bolsonaro prometió flexibilizar las leyes de tenencia de armas, lo que granjeó simpatías de la clase media blanca.

El presidente electo, quien reconoció en una entrevista al diario O Globo que “no entiende de economía”, anunció que iba a “privatizar” gran parte de las empresas estatales, que impulsará una reforma de pensiones y que eliminará 15 de los 29 ministerios para reducir el gasto público.

No obstante, para Joelson Sampaio, profesor de la Fundación Getulio Vargas, aún “no está claro lo que va a hacer” Bolsonaro con la economía. (I)

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