Javier Diez Canseco, el referente histórico de la izquierda peruana

08 de mayo de 2013 - 00:00

La noticia de la muerte de Javier Diez Canseco era un titular que se veía venir. Desde sus últimas apariciones en las que mostraba una tez amarillenta y un cuerpo más delgado de lo normal, las voces entre los pasillos del Congreso del Perú, las radios, prensa y televisión, apuntaban a que el cáncer del  que era víctima estaba muy avanzado.

Aun así, el luto parece haber remecido los ojos de cientos de personas que, hasta bien entrada la noche del domingo y desde las primeras horas del lunes, hacían fila para acercarse hasta el ataúd brillante, dentro del cual, con expresión de calma, yacía el cadáver de Diez Canseco. Regresaba así a la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, quien fuera uno de sus hijos más resaltantes en la política peruana de los últimos cincuenta años. Ahí estaba el hijo del banquero Santiago Diez Canseco, el niño de familia acomodada, el sociólogo, el politólogo, que desde pequeño supo enfrentar la división de los espacios entre el dolor y la alegría, cuando al primer año de edad fue víctima de la poliomielitis. Con él se va también la marca de su victoria contra ese mal: una cojera mínima que siempre se anticipaba a su voz. “He sido diagnosticado con un cáncer, circunstancia compleja y difícil, sin duda nueva y crítica, en la que está en cuestión la vida misma pero no la disposición a luchar por ella”, confesó meses antes a los medios. Esa calma con la que se enfrentaba, otra vez, a la muerte, era una constante en su accionar. Identificado desde muy joven con las causas sociales, Diez Canseco supo convertirse en un alto defensor de las causas justas, que siempre tuvieron como víctimas a los grupos más desprotegidos del Perú. Ya en 1970 cuando asumió la presidencia del Centro Federado de Estudiantes de Ciencias Sociales, tenía su camino claro: abandonó las comodidades de su hogar paterno para transitar al humilde distrito de San Martín de Porres. Desde ahí sería militante de la “Vanguardia Revolucionaria”, mostrando una férrea identificación con la ideología socialista. Esa hoja de ruta lo llevaría a la organización obrera, primeras manifestaciones de inconformidad contra el régimen de Gonzales Bermúdez, quien cansado de las críticas de Diez Canseco lo expulsará a la Argentina de Videla, para finalmente recalar en Francia.

¿Cuántos amigos había hecho hasta entonces?¿Cuántas mujeres y hombres que veían en su imagen barbada la única posibilidad para que sus voces llegasen a los micrófonos nacionales? Seguramente decenas de los estudiantes, obreros y migrantes  que ahora mismo desfilan frente a su ataúd, se persignan, lo vitorean y lloran.

Todos ellos han conocido la imagen del político que, tras unos lentes obscuros, criticaba con voz firme los abusos del Estado en los estrados del Congreso al que llegó, por primera vez, en 1978, y del que formó parte activa hasta poco antes de su muerte.  

Desde ahí fue un tenaz defensor de los derechos humanos, un firme crítico del gobierno Fujimorista,  acusándolo de incontables violaciones a los procesos adecuados en su lucha contra el terrorismo. A más de uno le quedará en la retina su juramento de congresista en el que dijo: “Por Dios, por la Patria, por los muertos de Barrios Altos y La Cantuta, sí juro”, como una muestra del rechazo a dos de los crímenes de Estado más sonados en la historia de la república peruana.

“En plena lucha contra el Fujimorismo nos animó a ponernos de pie para recuperar la democracia cueste lo que cueste”, sentencia Lourdes Huanca, activista social que recuerda a Diez Canseco como su padre político. Lo dice después de permanecer de pie durante treinta minutos junto al féretro, realizando una guardia de honor. Como Lourdes, dirigentes de todos los sectores sociales han seguido llegando con el paso de las horas hasta el alma mater sanmarquina. Pero hay quienes no pueden llegar, no pueden siquiera asomar sus rostros inexpresivos por los alrededores del recinto. Son los cincuenta y cinco congresistas del Perú que votaron a favor de la suspensión del, hasta ahora, líder de la izquierda peruana: en una denuncia sin fundamentos, los congresistas buscaron descalificar a Diez Canseco acusándolo de generar una ley que favoreciera a su exesposa e hija. "Han dinamitado mi casa, han ametrallado mi auto, han intentado secuestrar a mis hijos, y aquí estoy... Aquí estoy", diría el excongresista en una de sus intervenciones finales, una vez comprobada la falsedad de dichas acusaciones. Se escucha, con ese tono amargo que tienen los rumores, que esa descalificación estuvo infundada como represalia a labores de fiscalización que venía realizando.

Pero aún eso, con todo el trasfondo verdadero o falso que pueda tener, se quedará en un limbo. Lo hará también la bandera a media asta, los arreglos florales, menos el del Presidente del Congreso que fue rechazado como muestra de dignidad. Esa palabra que ahora queda sonando como un territorio en el que Javier Diez Canseco supo mantenerse como hijo pródigo y en el que ahora descansa en paz.

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