Los indios xikrin, los últimos guardianes de la Amazonía

- 05 de octubre de 2019 - 00:00
Indígenas de la etnia Xikrin danzan en una celebración en la aldea Mrotidjam, en la reserva indígena Trincheira do Bacaja, situada en el interior del estado de Pará, norte de Brasil.
Foto: EFE

En el primer semestre de 2019 fue destruido en la reserva Trincheira Bacajá -donde viven 2.000 indios- el equivalente a 1.309 campos de fútbol. Con la llegada de Bolsonaro al poder aumentó la deforestación en la zona.

Los indios xikrin tienen grabada la lucha por la supervivencia en sus genes. El viejo chamán Tedjore aún recuerda la “reconquista de Rapkô”, la aldea amazónica que recuperaron del “hombre blanco”, el mismo que ahora, tres décadas después, vuelve a invadir su hogar.

Situada en el interior del estado de Pará (norte de Brasil), la tierra indígena Trincheira Bacajá es la Amazonía en estado puro. Un reducto en el pulmón vegetal de la Tierra, donde merodean jaguares y cobras, y los árboles milenarios resisten la tala y las oleadas de incendios.

Allí, el “pajé” (curandero) se enfrentó a los invasores cuando era niño. Con su rostro pintado y su corona de plumas de guacamayo, Tedjore cuenta la ofensiva de los xikrin contra un grupo de madereros y mineros ilegales. El duelo fue duro, pero consiguieron expulsarlos sin derramar una gota de sangre, asegura. “En los tiempos de nuestros padres, el hombre blanco ya invadía nuestra tierra”, rememora.

La invasión del hombre blanco
El anciano Bep_Djáti Xikrin, antiguo cacique de la aldea Bacajá, desconoce su propia edad. Sus parientes consideran que sus cabellos blancos y sus historias de guerra esconden más de 90 años. Nueve décadas entre la espesa selva de la reserva Trincheira Bacajá, donde este pueblo originario se asentó en la década de 1920 después de años de nomadismo.

Le cuesta caminar y su mirada refleja cansancio, pero Bep_Djáti es la memoria viva de los xikrin, un pueblo organizado, fuerte y aguerrido. Ha dedicado gran parte de su vida a la protección de su tierra, más acorralado que nunca. “Soy un guardián de la selva”, advierte este hombre menudo.

Al igual que el chamán, Bep_Djáti luchó de pequeño “junto con los hermanos guerreros para frenar la invasión” del hombre blanco, que entonces temía entrar en la reserva indígena. “Hoy entran y salen y no podemos hacer nada”, cuenta.

Las imágenes de satélite reflejan cómo la deforestación ha avanzado a pasos gigantes en la región y ya bordea toda su tierra, un área frondosa y virgen de más de 1,6 millones de hectáreas, unas 20 veces la superficie de la ciudad de Nueva York.

La llegada de Bolsonaro
Tras siglos de lucha, los “posseiros” (invasores) han tomado la delantera. En los siete primeros meses de 2019 fueron destruidos en esta reserva -donde viven 2.000 indios- el equivalente a 1.309 campos de fútbol, lo que supone un aumento de 155% respecto al mismo período del año anterior, según el Instituto Nacional de Pesquisa Espacial (INPE), cuya fiabilidad ha sido puesta en duda por el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro.

La última ocupación ilegal en la reserva de los xikrin ocurrió en 2018, pero los activistas aseguran que la situación se agravó con la llegada al poder de Bolsonaro, partidario de la explotación económica de la Amazonía. El líder de la ultraderecha brasileña es acusado por diferentes organizaciones de incentivar las actividades ilegales en la selva en beneficio de la minería.

“Las invasiones aumentaron con su discurso. Habla abiertamente de legalizar el garimpo -minería a baja escala- y los garimpeiros apoyan a su gobierno”, censura un activista de la región, que prefiere no identificarse por temor a represalias.

Bolsonaro contraataca. Acusa a las organizaciones no gubernamentales (ONG) y a las potencias europeas de querer que los indios sigan viviendo como “animales en los zoológicos” y aboga para que la riqueza de la Amazonía sirva también para traerles “el progreso”.

En su intervención durante la reciente Asamblea General de la ONU, el dirigente nacionalista rechazó que la Amazonía tenga un estatus global. “Es una falacia decir que es patrimonio de la humanidad o que es el pulmón del mundo”, asevera Bolsonaro, quien pide “respeto” para la soberanía de su país sobre este hábitat natural, que solo en Brasil ocupa una vasta extensión equivalente a dos veces el territorio de Argentina. (I) 

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