Decapitaciones y vendettas en las cárceles de Brasil

- 31 de julio de 2019 - 00:00
Miembros de la policía federal llegan a una cárcel de la localidad brasileña de Altamira, en el norte del país.
Tomado de Sancristobalnoticias

Una revuelta en la prisión de Altamira por la disputa de las rutas de tráfico de cocaína procedente de Bolivia, Perú y Colombia deja 57 muertos, 16 fueron degollados.

Altamira, Estado de Pará, figura en el puesto 6 del ranking de las ciudades más violentas de Brasil y es allí donde la guerra entre facciones criminales se intensifica cada vez más.

Una pelea de bandas en la prisión de Altamira, al norte del país, dejó 57 muertos este lunes. Según la Superintendencia del Sistema Penitenciario de Pará (Susipe), 16 prisioneros fueron decapitados durante el incidente y otros murieron asfixiados dado que parte de la prisión fue incendiada.

Después de cinco horas de motín la policía logró entrar en la cárcel y liberar a dos de los guardias que fueron utilizados como rehenes.

Esta no es la primera masacre en esta cárcel que las autoridades atribuyen a los enfrentamientos entre facciones rivales de narcotraficantes, para quienes el norte de Brasil es un área estratégica para el transporte de cocaína desde países productores como Colombia, Venezuela, Perú y Bolivia, explicó el Diario Globo.

En abril del año pasado  fueron asesinados siete presos y otros tres resultaron heridos como parte de una tentativa de fuga frustrada en esta prisión, donde 309 personas conviven en pabellones con capacidad para albergar apenas a 208.

Esta región brasileña se transformó, durante la última década, en un lugar esencial para el comercio internacional de drogas: la cocaína ingresa en la frontera amazónica, va por la ruta del río Solimoes, atraviesa la selva y llega a Belem, la capital de Pará, a poco más de 100 kilómetros de Altamira. De allí sale hacia el sur del país, con destino a África y Europa. El poder que pueda ejercerse allí resulta una prioridad para los narcos.

Guerra entre bandas PCC y CV
“Sin duda, fue una guerra entre esas dos facciones”, declaró el secretario de Seguridad de ese estado brasileño, Jarbas Vasconcelos, en relación con la riña del lunes.

El funcionario explicó que “en Altamira hay una banda local que se llama Comando Clase A. Estos responden al Primer Comando de la Capital (PCC)”. Añadió que esta vez le tocó a los miembros del Comando Vermelho (CV) ser víctimas de la violencia.

El PCC domina todo el país. Su máximo jefe, Willians Camacho, alias “Marcola”, está en una prisión de máxima seguridad hace más de una década y convirtió a la organización en la más poderosa de Brasil.

Esta banda nació en 1993 tras la masacre de Carandirú, cuando 111 reos fueron asesinados por la policía en Sao Paulo, un caso que aún está impune y puede considerarse el inicio de la organización.

En 2006, el gobierno de Sao Paulo, entonces a cargo del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), negoció con el PCC para detener una ola de violencia y envió a sus dirigentes a prisiones del resto del país. Esto generó, indirectamente, una nacionalización e internacionalización del PCC, según juristas locales.

La Fiscalía estima que el PCC hace diez años tenía un ejército encarcelado de 10.000 prisioneros, ahora cuenta con más de 30.000 adeptos que levantan sus banderas.

El CV, por su parte, nació en la cárcel (ya desmontada) de Ilha Grande (Isla Grande) en Río de Janeiro en los años 70, cuando delincuentes comunes convivieron en ese presidio junto con presos políticos, muchos de ellos procedentes de las guerrillas de aquel tiempo.

Al salir del penal, cuyas ruinas hoy pueden ser visitadas, comenzaron con robos a instituciones bancarias y joyerías. Luego entrarían en el negocio de las drogas. (I)  

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