El Telégrafo
Ecuador / Jueves, 28 de Agosto de 2025

Hace unos años, cuando se supo que Alberto Fujimori tenía un cáncer en la lengua, mínimas voces sintieron la ironía del destino respecto a un personaje que debía padecer algún castigo peor que la cárcel… y más cuando se supo que el “chinito” tenía un taller de pintura en el lugar donde está alojado -decir prisión sería otra ironía- en el que aparentemente dibujó un autorretrato a fines de 2012 pidiendo perdón “por lo que no hizo y por lo que no pudo evitar”.

El tema del indulto que fue negado a Fujimori estos días por el presidente de Perú, Ollanta Humala, revive las secuelas de la represión y, también, los usos de los medios en específicos contextos históricos. Los tiempos de Fujimori -década de los 90- fueron los tiempos de la desgracia neoliberal y los inicios de la recategorización del terrorismo local y global, a nivel político y mediático. De tal manera que el combate a la subversión -devenida en terrorismo- se fue legitimando en la opinión pública regional mientras el monetarismo económico hacía lo suyo, o sea, varios medios readaptaron los géneros para esparcir campañas ideológicas y psicológicas necesarias al poder fujimorista.

No es casual que ese gobierno haya favorecido el surgimiento de la “prensa chicha”, frente a la que la prensa seria se curó en sano situándola únicamente en el plano del mercado. La explosión de ese formato, que algunos creían efímero, no cesó y más bien institucionalizó contenidos dramáticos y amarillistas que hoy, luego de veinte años, vuelven a tomar vuelo a propósito del indulto a Fujimori. Sin embargo, y casi como complemento, los propios medios serios siguen relativizando el período del “chinito”, asunto que se vio sin matices cuando Mario Vargas Llosa denunció el alineamiento explícito de un diario a favor de Keiko, hija de Fujimori, en el anterior proceso electoral.

Por eso poco admira que ahora carezcan de una postura firme y ética frente al desafuero de otorgarle indulto a un personaje que ensombreció la historia de Perú y que fundó los nuevos dispositivos de la represión en América Latina. Dispositivos que parecían propiedad de dictadores surgidos del militarismo de las décadas de los 70 y los 80 y que nos recuerdan a Jorge Rafael Videla (Argentina), que acaba de morir en la cárcel; o a Efraín Ríos Montt (Guatemala), que fue condenado por genocidio y al día siguiente su sentencia fue anulada por un tribunal que ha permitido, sin ninguna vergüenza, la promulgación tácita de la impunidad.

Quizás por lo anterior, hoy, que supuestamente se ha “reducido” el dolor que dejó la represión fujimorista, los medios chichas y serios de Perú se hacen eco servicial de los achaques psíquicos de Alberto Fujimori. Y es que si el cáncer a su lengua no alcanzó como metáfora irónica de la justicia, al parecer la depresión crónica que padece en la actualidad el represor es suficiente para que los peruanos le tengan pena  y, además, no lo olviden y voten por sus hijos cuando sea necesario.