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Tuvo cualidades poco comunes pero, como cualquier ser humano, también se equivocó

Albert Einstein, el hombre, el científico y el mito alrededor de su trayectoria

En esta fotografía, a principios de siglo XX, Albert Einstein aparece con su esposa Mileva Maric. CRÉDITO:  ASTROPOLIS
En esta fotografía, a principios de siglo XX, Albert Einstein aparece con su esposa Mileva Maric. CRÉDITO: ASTROPOLIS
27 de julio de 2014 - 00:00 - María Eulalia Silva

No se iba a llamar Albert, sino Abraham. Pero a último momento Hermann y Pauline Einstein decidieron cambiar el nombre de su primogénito por uno más laico. De esa pareja, judía pero no religiosa y de mentalidad abierta, nació en 1879 Albert Einstein. De niño no era muy bueno hablando, pero sí muy agudo observando. Le llamaban la atención fenómenos que todo el mundo pasaba por alto. Prefería su brújula antes que un juego de pelota en el parque. La electricidad y los problemas mecánicos eran temas de conversación en casa de los Einstein porque su padre y su tío tuvieron en Alemania una fábrica de dínamos, teléfonos y focos. Así nació el interés del pequeño Albert por la ciencia y, en particular, la física. Es una época de transición en que la humanidad está dando un tremendo salto hacia la tecnología y la ciencia.

El propio Albert cuenta que a los 16 años ya se preguntaba qué sentiría alguien que viajara como la luz, una inquietud que lo acompañaría siempre. Pero era la Alemania pre-nazi y ya se sentía discriminado por su origen judío. Se acostumbró a sentirse diferente y eso quizá catapultó una de sus mayores características: la rebeldía. Despreciaba el militarismo y el nacionalismo. No aceptaba dogmas o imposiciones de ninguna naturaleza. Ni en lo religioso, ni en lo político ni en lo social.

Odiaba la educación memorística. Era terriblemente curioso y tenía una enorme capacidad para concentrarse. En Suiza estudia física en el Politécnico de Zúrich, pero no se parecía en nada a un clásico “nerd”: se lo recuerda como un estudiante guapo, bastante farrista y cuestionador. Se enamoró de Mileva Maric su compañera de clases: una chica serbia no muy agraciada y 4 años mayor, a la que admiraba porque era inteligente y apasionada por las matemáticas. Con ella tuvo una hija a la que entregaron en adopción.

A los 21 años, tras graduarse del politécnico, no le resulta fácil encontrar trabajo. Se sostiene dando clases particulares de matemáticas y se casa con Mileva con quien tendría un segundo hijo: Hans Albert. Tras 2 años de escribir a muchas universidades europeas pidiendo empleo como profesor, acepta un cargo como funcionario de tercera categoría en la oficina suiza de patentes. Un trabajo rutinario y aburrido, pero que le deja mucho tiempo libre para desarrollar sus ideas científicas. Cuando se creía que en la física ya todo se había descubierto, desde un polvoriento despacho burocrático un hombre estaba a punto de revolucionar para siempre nuestra forma de entender el universo y las leyes que lo gobiernan.

Un genio del que se han creado muchos mitos... (Continúa)

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