Un hombre buscando a un hombre. Sobre Ese hombre y otros papeles personales, de Rodolfo Walsh
Me gustan los diarios que desordenan la figura unánime de un escritor. Los que la contradicen y ensucian y matizan. Bien visto, la mayoría de los diarios más valiosos –los que han sido escritos sin consideraciones hacia el monstruo o monstruito de la posteridad– hacen eso: ofrecen una nueva luz. Abundan en ellos la confesión, la guerra, las reconsideraciones decisivas, el malestar permanente. Género en gran medida póstumo, al diarista verdadero nada podría importarle menos que aquello que dirán de él quienes lo sobrevivan, porque el diarista verdadero está más inserto que nadie en el presente, un día a día problemático y movedizo y necesario. El diarista verdadero: John Cheever, Virginia Woolf, Julio Ramón Ribeyro, Cesare Pavese. El diarista verdadero, ahora, aquí: Rodolfo Walsh.
Hay varias definiciones posibles de ese hombre. Las más extendidas son, por un lado, la del escritor, periodista y militante de izquierda que llevó su compromiso hasta las últimas consecuencias (lo desaparecieron en 1977). Y, por otro lado, la de autor de Operación Masacre, un maravilloso experimento donde se entremezclan la investigación rigurosa y las técnicas narrativas más sofisticadas, para muchos el primer libro de periodismo literario no solo en nuestro idioma sino en cualquiera (Capote recién publicaría A sangre fría 9 años después). Definiciones alternativas deberían señalarlo como uno de los mejores cuentistas argentinos del siglo XX, audaz traductor y practicante del género policial, intelectual inquieto que ocupó posiciones encontradas a lo largo de su vida y diarista implacable. Es en esta última faceta donde tambalea más saludablemente la figura heroica y un poco plana que se ha construido en su nombre. Entre otras cosas, el diario que Walsh empezó a escribir a sus 30 y pocos revela al escritor infeliz que, a partir de sus 40 y a lo largo de sus 10 últimos años de vida, solo tiene mucho que decir sobre aquello que ya no puede decir. El compromiso político pasa a ser lo más importante y entorpece -e incluso anula- su relación con la escritura, al menos la de ficción, al menos fuera del diario.
En él encontramos al convencido que duda, al hombre severo que cae en falta, al que también intenta oírse a sí mismo después de haber oído tanto a los demás. Walsh se humaniza en esas páginas, cobra espesor: cuando va de putas (“Tenía el vientre abultado. Hay pensamientos de placer en la maldad, coger a una niña embarazada de 16 años, empujar hasta el fondo y sentirse un maldito, que se joda, jodámonos todos”), cuando alguna crítica a su trabajo lo atormenta durante semanas (“Me molestó lo que dijo Raimundo, que yo escribía para los burgueses. Pero me molestó porque yo sé que tiene razón, o que puede tenerla”), cuando busca ser distinto (“Que alguien me enseñe a cantar y a bailar. Que alguien me desate la lengua. Que yo pueda hablar con la gente, entonces podré hablar de la gente. Que alguien me cauterice esta costra de incomunicación y estupidez”), cuando acepta su vulnerabilidad mientras le escribe a su hija Vicky, a la que los militares emboscaron y ante los cuales se pegó un tiro (“Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía”) o, finalmente, cuando indaga sobre la rabiosa confluencia de la literatura y la política, y sobre el lugar de la escritura en una vida de militancia como la que ahora lleva.
Eso hay ahí, en el fino volumen Ese hombre y otros papeles personales, recopilado por Daniel Link: un hombre buscando a un hombre, un hombre intentando entender mejor a ese hombre y a lo que tiene alrededor. Hay también, claro, una escritura de una precisión quirúrgica y de una belleza y una honestidad escalofriantes.