El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

120 documentales de diferentes latitudes y con temas variopintos se encuentran rondando las salas de cine de Quito y Guayaquil. Estas películas se presentan en la XIII edición del festival internacional de cine documental Encuentros del Otro Cine (EDOC), que cuenta con la presencia de 19 producciones y coproducciones ecuatorianas.

El cineasta portovejense Manolo Sarmiento, director de la Corporación Cinememoria y del EDOC, explica cómo fue el proceso de selección de los filmes y reflexiona sobre el entorno del cine documental en el Ecuador y los límites que este género tiene con las cintas de ficción.

 

¿Considera que el cine documental, ya sea que cuente un hecho personal o político, se ha convertido en el espacio que mayor conciencia colectiva genera, a diferencia de otros registros artísticos?

Eso tiene que ver porque es una forma de narrar que ‘se puso de moda’, pues combina lo audiovisual, lo literario... y eso le hace muy versátil, y por lo tanto, atractivo para los espectadores. Pasa también que ahora vivimos un boom del documental que empezó en los noventa. Obviamente, antes hubo una historia del cine documental, pero en los noventa hay como una efervescencia, y eso tiene que ver con el surgimiento del video digital que hizo las cosas mucho más fáciles. Además, pienso que tiene que ver con el desarrollo de la televisión europea, con ciertas políticas socialdemócratas de allá que favorecieron a la televisión independiente. Cuando uno va al mundo documental contemporáneo, a los grandes festivales, los personajes de cajón son la BBC, los canales alemanes y la televisión sueca, entre otros.

 

El cine documental narra un hecho real basado en testimonios que de alguna manera se convierten en versiones autorizadas. ¿Cree que esto lo convierte en una suerte de registro ‘oficial’ de la historia?

En la misma medida eso sucede en una novela o en un libro de historia. Lo que pasa es que el cine tiene un alcance masivo, pero al igual que un libro de reportajes o las memorias de la Guerra Civil Española que hicieron Hemingway y los demás son solo versiones parciales, se convierten en fuentes. Entonces, no creo que sea un registro oficial. Lo que si tiene el cine documental es un alcance mayor, y eso me gusta, porque combina cierta espectacularidad de los medios masivos con técnicas narrativas más artísticas. En el cine documental hay mucho de ensayo como de periodismo, pero sin la exigencia de la aspiración a la objetividad o a la imparcialidad porque tiene un punto de vista.

 

En el Ecuador, el cine documental ha ocupado un lugar estratégico en tanto está saldando algunas deudas con la historia, ¿cómo ve ese rol que ha asumido?

Es bueno que el cine despierte el interés por ciertos temas. Por ejemplo, el anterior jueves relanzaron el libro de Jaime Galarza, Quienes mataron a Roldós. Claro que eso hubiera ocurrido sin el documental La muerte de Jaime Roldós, pero me gusta pensar que en parte la película motivó aquello. También debería relanzarse el libro Viva la patria!, que publicó El Conejo en 1981 con los primeros ensayos que se escribieron sobre Roldós al día siguiente de su muerte, fue una operación editorial muy bonita en aquella época.

 

¿Cómo mira la evolución del cine documental en el Ecuador? Parecería que tiene mejor acogida que le cine de ficción…

Me aventuraré a hacer una hipótesis: no pienso que debamos juzgar a las obras que han salido comparándolas, porque cada uno de los autores que han hecho películas de ficción tienen una mirada y una propuesta particular, y no tienen por qué ser masivas, tener éxito comercial o gustar a todos. Lo que pasa es que hay una sensación de que los documentales se comunican mejor con el espectador porque tocan la realidad, en el sentido de que se arriesgan más, pues abordan temas que conciernen a todos, y creo que lo del riesgo la gente lo aprecia, eso de poner el dedo en la llaga, el atreverse a decir cosas que normalmente se callan. Y eso puede ocurrir en la ficción como en el documental, pero hay un mayor riesgo en este último, porque cuando te enfrentas a tus problemas personales, a los verdaderos, y a los problemas de tu sociedad, no puedes evadirlos, estás obligado a tomar una posición, a precisar tu pensamiento, a organizarlo y entonces, a veces, la ficción, sobre todo la que viene de creadores de clase media-media alta, que tienen por el contexto de vida latinoamericano poco contacto con la realidadde nuestras sociedades, pueden producir obras en las que no hay ese riesgo, donde no llegas a tocar fondo. Esa sería la  hipótesis. El problema sería el límite de clase si nos queremos poner marxistas.

 

Las 2 últimas películas ecuatorianas de ficción tienen como marco histórico el Feriado Bancario de 1999, pero abordan temas personales, ¿cómo ve ese diálogo que han hecho?

Pienso que están toreando al tema. Son películas que abordan una dimensión metafórica y simbólica, de cómo ese tema afectó o no a la clase media, de cómo nuestras vidas finalmente continuaron, y de cómo hay dimensiones existenciales que superan la dimensión noticiosa de ese hecho. Son interpretaciones válidas y me parece bien que sitúen históricamente el punto, pero lo que tratan de decir es que aquí hubo una crisis y esa crisis es un poco referencial a la crisis de sus personajes. Siento que no son películas sobre el Feriado Bancario. Lo que si habría que hacer es una película sobre ese momento histórico en ficción, eso sería interesante, un filme que tenga como protagonista a Jamil Mahuad, que entre en su psicología.

 

¿Cuál fue el concepto de este año para El Festival Encuentros del Otro Cine?

La programación se va definiendo en base de los temas de las películas que postulan y vimos que había varios que se repetían. Había filmes muy poderosos sobre la memoria, de conflictos actuales como el de Siria y sentíamos que eso debía estar presente, creo que al público del EDOC aquello le interesa. Vivimos en un país preocupado por la política y a esa preocupación hay que alimentarla hacia la profundidad y no hacia la superficialidad. También encontramos que había una línea común sobre las relaciones de pareja, y tenemos un capítulo para eso. Las películas que trajimos son muy distintas entre sí, porque te permiten salir de la política y ponerte en otras dimensiones más íntimas y psicológicas de los problemas. Además, en esta ocasión tenemos a la cineasta Helena Trestíková como invitada especial, lo cual es un gran logro para el festival.

 

¿Y qué hay de la producción nacional y de las novedades que trae esta edición, como la proyección de Silencio en la tierra de los sueños, de Tito Molina, que en rigor no sería un documental?

Hay una gran producción ecuatoriana y también hay varias películas que no son necesariamente documentales. Son filmes que están en el borde de la ficción y el documental, lo cual es un viejo tema de discusión. Desde los estudios de cine ya fue superado ese debate, porque dicen no hay diferencia, a pesar de que sí existe. Hay esta famosa cita de Godard que dice: ‘La mejor película de ficción no es sino un documental de su rodaje’, porque si es un buen filme de ficción lo que tú ves ocurrió realmente, fue una experiencia real, entonces, fue un documental, aunque les hayan pagado a los actores para que hagan una representación. Entonces, todos los filmes son documentales y ficción porque un documental siempre es una interpretación de los hechos. Si tú le preguntas a Osvaldo Hurtado sobre mí película te va a decir que es mentira. Para él eso es ficción pura, y puede ser que tenga razón, porque eso salió de mi cabeza y de la de Lisandra Rivera. Películas como Silencio en la tierra de los sueños, de Tito Molina; Stop the pounding heart, de Roberto Minervini; y Sobre las brasas,de Mary Jiménez y Bénédicte Liénard; se mueven entre esas fronteras. Son 3 películas bellísimas.

 

¿Por qué decidieron inaugurar la XIII edición del festival con una película de corte familiar (El Grill de César, de Darío Aguirre), cuando en 2013 abrieron con un documental tan polémico a nivel político  (La muerte de Jaime Roldós)?

Primero porque nos gustaba mucho abrir con una ecuatoriana. También pensamos abrir con Asier eta biok, de Amaia y Aitor Merino o con Power and Impotence - A Drama in 3 Acts, de Ana Recalde Miranda, que es un documental con  el mismo registro de La muerte de Jaime Roldós, que aborda la caída de Lugo, pero decidimos balancear. En la inauguración queríamos hacer algo que nos toque por un lado sensible. Sin embargo, la película de Darío Aguirre es política también, se la puede leer así. Aunque es un documental sobre una familia, también es sobre la microeconomía. Un colega me hacía notar que ese documental habla de la realidad política presente. Cuando tú consideras que el Gobierno de Rafael Correa perdió en las últimas elecciones seccionales, a pesar de que él diga que no fue así, pero hubo algunas pérdidas en lo local, esta película —decía mi amigo— te habla un poco de eso, de cómo la revolución ciudadana y la modernización del país no llegó ahí. Entonces, Darío Aguirre es el agente modernizador que se toca con esta realidad. Además está muy buena, bien hecha, no hace concesiones, tiene el gran talento performático de Darío, de estar tras cámaras a estar en escena.