Año 2004. Televisión luego del día de universidad. Qué ver, qué no ver. Serie de estreno. Un doctor, puede ser aburrido, puede que no. Un sujeto arrogante, irónico (comienza a gustarme), descubre misterios médicos y se zampa un par de Vicodin a cada momento. Camina ayudado por un bastón y al final, el ácido personaje cita a cierto filósofo Jagger: “You can’t always take what you want”. ¿Acaba de citar el eminente galeno al vocalista de los Stones? Desde el piloto, sabes que el tipo será un idiota siempre, pero un idiota con estilo, y aunque es obvio que el mérito no puede ser solo del actor, porque los guionistas de la serie son maravillosos, él fue quien imprimió con éxito esa actitud de total desparpajo y abulia frente a la gente… lo que se traduce en una especie de respeto.
Para la octava temporada de House M. D., ya era una fan incondicional de la serie y del actor a quien, es cierto, había visto antes en papeles secundarios. Lo confieso, el último capítulo de la serie fue un poco melifluo —ay, ay, ay—, pero si te has encariñado con el doctor y su amigo moribundo, pues sí, lloras, suspiras, algo, aunque sea, para demostrar que no solo vas a extrañar a los personajes, sino el show en general. Por suerte, ya las temporadas completas las venden en DVD, porque la gracia de la serie no estaba en esperar un final, sino en concentrarse en la historia de cada capítulo y las brillantes salidas del protagonista.
El actor, lo saben todos, se llama Hugh Laurie (Oxford, 1959). Su audición para el papel de Gregory House impresionó tanto al productor que inmediatamente pasó a ocupar el puesto, y fue luego que los realizadores notaron que el sujeto era inglés, y que podía, perfectamente, fingir un acento norteamericano. Aparte de eso, la cojera del personaje, la mirada penetrante, pequeños espasmos cuando aparece la ironía, los momentos de desesperación frente a los analgésicos, todos los gestos son obra de Laurie. Vaya actor.
Pero resulta que Hugh Laurie no solo sabe actuar, sino que también es músico (muy bueno) y escritor (bueno también). Ya Laurie había participado en series locales, como actor, donde aparecía interpretando el piano con gran pericia, y en House siempre se lo veía rumiando su soledad frente a las teclas, pero se hubiera pensado que hasta ahí llegaba la cuestión. Pues no. En 2011 aparece Let them talk, su primer disco, una recopilación de antiguos blues, en los que él interpreta el piano, la guitarra y hace duetos en algunos temas con figuras del calibre de Tom Jones.
Cuando lo escuchaba actuar nunca noté cierto tono nasal en la voz de Laurie… que sí noté en sus interpretaciones, pero no es molesto, no, le sienta bien a esos blues que solo algunos fanáticos conocen y que ahora reviven y ganan adeptos entre los neófitos. Y tantos ha ganado que desde entonces Laurie ha dejado un poco de lado su carrera actoral para dedicarse a una gira musical con gran éxito, y ha grabado su segundo disco Didn’t It Rain, también de blues.
¿Me gusta la música de Laurie? No son composiciones originales, es cierto, son temas antiquísimos con un toque moderno, pero sí, me gusta, los arreglos son de primera calidad, la voz nasal de Laurie hace que algunos temas como ‘Unchain my heart’ se peguen a la piel. Y claro, alguien me dirá que es fácil grabar canciones antiguas si tienes un buen estudio y si tienes la palanca de haber interpretado a un famoso personaje de televisión, pero la verdad es que no todos lo hacen pues el talento —de practicar varios artes—, no es de todos.
¿Algo más sobre Laurie? Oh, sí. Y llego, pues, a la novela escrita por él, Una noche de perros (1996). El primer reflejo, cuando abrí la obra, fue el rechazo al encontrarme un epígrafe en cada capítulo. Demonios, pensé, vamos a asistir a una lectura llena de erudición, poco digestiva… Pero resulta que uno de los citados es el fúrico John McEnroe y otro es Mick Jagger. Se torna interesante el acercamiento, me voy a divertir como loca, pienso, y la cuestión es que sí es una novela divertida, una verdadera novela de espías, quizá un poco recargada de lenguaje coloquial (lo que quizá pueda ser explicado por la traducción, algo así como cuando vemos películas con doblaje de España), pero que sí engancha. Su protagonista, Thomas Lang, hace las veces de Quijote negro con una opinión bajísima del mundo y de sí mismo. Resulta divertido leer sus ironías contra él y contra el resto, considerando que es un sujeto que de repente se ve involucrado en un conflicto internacional por la venta de armas. Jugosa trama, a lo Robert Ludlum(1), pero con más gracia, pues el protagonista, si bien está preocupado por restablecer cierto orden, también está completamente abocado a que lo dejen de fastidiar y pretende salir del lío en que lo meten de forma gratuita, aparte de deleitar al lector, a quien, sin nombrarlo directamente, alude a cada momento, pues toda la novela está construida en un vocativo que pretende dar guasa, aunque sea con los temas más profundos:
La muerte y el desastre nos acosan cada segundo de nuestras vidas, dispuestos a pillarnos. La mayoría de las veces no lo consiguen. Miles de kilómetros de autopista sin un reventón de una rueda delantera. Centenares de virus que pasan por nuestros cuerpos sin matarnos. Montones de pianos que caen un minuto después de haber pasado, o aunque sea un mes, no significa nada.
Así que, si no tenemos intención de ponernos de rodillas y dar gracias cada vez que nos libramos de un desastre, no tiene sentido lamentarse cuando nos pilla. A nosotros, o a cualquiera. Porque no lo comparamos con nada.
Una noche de perros (Planeta, 2006)
El título de la obra no me gusta, lo digo en serio. Ni su traducción ni el título original (The Gun Seller), aunque este último vaya más con la trama de la novela, pero no se puede descartar un texto por su título, ¿o sí? La novela resulta entretenida, incluso para alguien que no frecuenta ese género asiduamente, aparte de mi preferencia por alguna de Graham Greene, y no deja cabos sueltos, cuestión importante a la hora de resolver este tipo de tramas. Humano, demasiado humano podría decirse de Thomas Lang pero por eso mismo lo adoptas como amigo, aunque el tipo literalmente se mee(2) del miedo.
Humano, como su creador.
Y bueno, tengo entonces a un doctor amargo en la televisión, a una voz que interpreta blues con una tristeza única, a un personaje que persigue a funcionarios corruptos dentro del moderno mundo de las armas. He aquí los talentos de Hugh Laurie OBM(3), y con cada uno me siento satisfecha. Quizá no sea afecta en demasía a las novelas de espías, quizá no escuche todos los santos días blues, pero son alternativas que me llaman si el ejecutante tiene un don especial, algo que no todos tienen.
You can’t always get what you want.
Notas:
1. Robert Ludlum es el creador de la famosísima saga de Bourne. Por supuesto, el narrador ironiza diciendo: “aunque me sienta en una novela de Ludlum…”, lo que, por supuesto, pone de manifiesto que Laurie no es ningún cebollino a la hora de escribir y se ha propuesto alcanzar un nivel de divertimento basado en la parodia de un género desde el corazón de la novela, lo que, si la memoria no me falla, ya lo hizo alguna vez un sujeto en una novela de cuyo nombre todos nos acordamos…
2. —Ay, Sandra, no se dice mear, se dice ‘hacer pis’ o ‘hacer pipí’.
—No, el tipo dice literalmente que se meó un poquito. Es un sujeto que habla de pijas, whisky y pistolas. Por supuesto que no dirá frente a una bola de mafiosos que ‘se hizo pis’.
3. Orden del Imperio Británico.