Su memoria visual tiene marcadas las imágenes de Antonio Valencia, Lionel Messi, Ronaldinho Gaúcho, Diego Forlán, Marcelo Bielsa, Luiz Felipe Scolari, Óscar Washington Tabárez y otras figuras del balompié mundial. Cualquiera en su lugar, les habría pedido un autógrafo o posar para una foto, pero él no es cualquiera, su trabajo le demanda seriedad absoluta, sin lugar a pasatiempos.
Claramente recuerda cuando, el 24 de abril de 2001, José Luis Chilavert, arquero de la selección paraguaya, se acercó a los socorristas y les dio la mano. Le daban ganas de no lavársela, siempre admiró a uno de los máximos ídolos del combinado guaraní y de Vélez Sarsfield de Argentina.
Lo malo, asegura, es no poder expresar abiertamente sus emociones.
El día en que Jaime Iván Kaviedes anotó de cabeza el gol que clasificó a Ecuador por primera vez a un mundial (7 de noviembre de 2001 ante Uruguay), quiso gritar a todo pulmón, pero su posición de socorrista se lo impedía. Lo único que hizo fue taparse la boca con el peto y vociferar hacia adentro. Desde entonces cogió maña, cada tanto de la ‘Tri’ lo celebra así o regresando a ver al público de la tribuna.
Con 21 de sus 37 años de vida dedicados al voluntariado de la Cruz Roja Ecuatoriana, Henry Ochoa aprendió que el deber está por encima de todo, a veces, incluso, de la familia.
Los socorristas son como los súper héroes, la doble vida que llevan les obliga a soportar la desconfianza de sus parejas, no ver crecer a sus hijos o dedicarse a salvar vidas, sin poder ajustarse a un horario de estudios. No son pocas las veces que Henry comenzó su jornada a las 06:00 y la terminó a las 00:00, para volver a presentarse en la unidad a las 06:00 del siguiente día.
Pero eso tiene sus recompensas, más allá de lo reconfortante que es auxiliar a una persona, le queda la satisfacción de ver, y gratis, a grandes artistas o a monstruos del fútbol, sobre todo lo segundo, porque como buen amante del ‘rey de los deportes’, sabe que ni siquiera los periodistas tienen las oportunidades que a él se le presentan. Eso sí, hay que sacarse el sucio.
No olvida la vez que, junto con 3 compañeros, llevó en camilla a Felipe Caicedo desde el borde de la cancha hasta el camerino. No tenía certeza sobre la lesión del delantero, pero sí del sudor que les costó sortear el túnel y las gradas, hasta dejarlo en manos del doctor Patricio Maldonado, médico de la Selección Nacional. Henry estuvo junto al jugador de moda de la ‘Tri’, el goleador, lo escuchó quejarse de dolor, pero no era el momento adecuado para solicitarle una firma.
Situaciones parecidas le ocurrieron a Liliana Chávez, una capitalina de 23 años que está en la Cruz Roja desde los 16. A ella en cambio le correspondió ayudar al brasileño Maicon en el encuentro Ecuador-Brasil del 29 de marzo de 2009 (1-1), válido por las eliminatorias del mundial Sudáfrica 2010. Al hombre lo atendieron dentro de la cancha. En realidad, Liliana poco sabía de este exponente, pero gracias a su dolencia, estuvo a un metro de Ronaldinho, uno de los jugadores que siempre quiso conocer.
También le emocionó —el 10 de junio de 2009— estar cerca del director técnico Diego Maradona y del mismísimo Lionel Messi, “¡Qué ganas de tener una cámara!”, exclamó ella, pero era imposible. La falta de fotos y dedicatorias las suple con relatos, pocos ciudadanos pueden contar que caminaron y, en algunos casos, tocaron a tremendas personalidades. Poquito menos que alcanzar una estrella. El oyente favorito de Liliana es don Víctor, su padre (53 años), apasionado a muerte del balompié, que siempre la llama por teléfono para saber cómo van las cosas en sus labores.
El pero paro los ‘cruzados’ es que están impedidos de festejar o identificarse con la camiseta de tal o cual equipo ¿Cuándo se ha visto a un voluntario de la Cruz Roja con la blusa tricolor o saltando como loco después de una victoria de Ecuador?... ¡Nunca!
Mudas emociones
Le dolió mucho no complacer a su hijo, pesó más la ética profesional del policía. El teniente coronel Jorge Cevallos Bastidas no se veía comprando una entrada para el lance Ecuador-Argentina del 11 de junio de 2013 dejando solo a Júnior en las gradas, mientras él cumplía su deber. Jorgito, de 11 años en ese entonces, le rogó y le rogó que lo llevara al partido. No hubo tal, como era martes, la madre y hermana del niño, dedicadas a sus ocupaciones, no podían acompañarlo.
Jorgito admira, idolatra a Messi, pero tuvo que entender las prioridades de la vocación de su padre. A la hora del cotejo, como en tantas otras ocasiones, el teniente coronel Cevallos estaba al borde del campo de juego, presto a evitar cualquier desmán de los espectadores. Messi ingresó en el segundo tiempo, pero al oficial no le entusiasmó verlo. No jugó mal, sin embargo, Jorgito no estaba en el estadio Atahualpa para disfrutar sus regates.
El gendarme admite que el fútbol le provoca sentimientos encontrados y aunque por sus pupilas hayan desfilado Messi, Kaká, Luis Suárez, Radamel Falcao, Antonio Valencia, Jéfferson Montero, Cristian Noboa, Christian Benítez (+), etc., etc., jamás cayó en la tentación de requerir un autógrafo. En casos como estos la euforia de un uniformado siempre nace muerta.
Precisa que, tras el duelo Ecuador-Chile del 12 de octubre de 2012, no supo corresponder al abrazo del volante Segundo Alejandro Castillo, quien le agradeció por quitarle de encima a un hincha que entró a la cancha y a jalones pretendía obtener la camiseta del futbolista. “Gracias mi capi”, me dijo. “Yo no sabía si abrazarlo o felicitarlo”.
La frialdad con la que actúa Cevallos camufla situaciones poco evidentes. El hambre, el calor, el frío o la necesidad de ocupar un baño se esconden detrás de aquel rostro inexpresivo. Solo después de abandonar la cancha existe tiempo para los desahogos. Hay jornadas en las que comer o abrigarse significa recargar energías y alistarse para continuar. Cuando la Tricolor gana los policías deben vigilar el orden público en los sectores de la ciudad donde acostumbran celebrar los aficionados.
Algo similar ocurre con los voluntarios de la Cruz Roja. Es muy probable que los heridos por grescas callejeras o por accidentes de tránsito sean los siguientes ocupantes de la camilla. Fuera del campo de juego el partido continúa.