El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

“Morir es una costumbre que suele tener la gente”, escribió Borges. Quizá por eso, todo lo que se diga sobre una muerte, será un lugar común. Y nuestro Pedro Saad Herrería, no se merece un lugar común. Él menos que nadie. Porque nunca fue un ser común. O mejor, porque, en estos tiempos y en estas tierras, fue el ser menos común que hayamos conocido. Tampoco se merece ninguna hipérbole, aunque no haya elegía ni oración fúnebre que no acuda a esa figura excesiva por definición. Por una razón muy simple: porque Pedro fue, él mismo, un hombre hiperbólico por su inteligencia de excepción, por su memoria apretada de erudiciones múltiples, porque fue bueno para todo, y nada le fue ajeno. Por su amor voraz a la vida, y esa obligación autoimpuesta de gozarla hasta el sufrimiento y de sufrirla hasta la felicidad. Incluso en sus trabajos interminables, infatigables y también en esa capacidad suya de maravillarse, según Lenin Oña, como un niño —y en muchos sentidos fue un niño eterno— ante las cosas más simples o como un sabio, que también lo fue, ante los últimos descubrimientos de las ciencias que indagaba con pasión. Si queríamos un escritor que hiciera un libro urgente en 4 días, quién sino Pedro para escribirlo; si queríamos un orador hechizante que improvisara un discurso estremecido y lúcido para una multitud o un círculo de intelectuales exigentes, daba igual: quién sino Pedro para decirlo. Si necesitábamos un historiador aplicado que investigara un tema estricto, de cualquier época, quién sino Pedro para explorarlo a cabalidad. Si, como pasaba con frecuencia, en nuestra juventud incendiaria, precisábamos de un teatro explosivo y épico, quién sino Pedro para escribirlo, y hasta actuarlo. Después de todo fue un actor y un dramaturgo profesional dotado de una voz profunda y resonante formada en las lejanas tierras de los grandes bajos y barítonos rotundos. Yo no sé si el salto del teatro al cine sea natural. Pero Pedro lo dio. Cuántos guiones son suyos. Cuántos documentales dirigió o asistió. Profesional y autodidacta contumaz, cuánta era su sabiduría técnica de las minucias intrincadas de la filmación. Un hombre hiperbólico, sí. Como periodista versátil que podía escribir desde el artículo de opinión hasta esos largos reportajes sobre el petróleo que se publicaban, a edición seguida, en la revista Nueva de Magdalenay Alejandra Adoum, al punto de que muchos lo consideraban ya el experto petrolero que después fue. O como el historiador apasionado del Guayaquil de sus amores, o de la Patria grande o pequeña, que sabía hasta los detalles más íntimos de las conspiraciones secretas y las vidas escabrosas de los prohombres. O el testigo presencial de acontecimientos mundiales, fuesen sorpresivos como Mayo del 68; fuesen históricos como el auge y caída de la URSS, y, por cierto, de todo lo que vino luego. Un ser excesivo, sí. Porque alguien me dirá: “¿Y Pedro el matemático que se divertía realizando largas operaciones mentales, sin ayuda de ningún papel, para obtener el resultado certero?”; otro reclamará: “¿Y el Pedro políglota que declamaba, de modo perfecto, a Pushkin en ruso, a Shakespeare en inglés, a Baudelaire en francés, al Dante en italiano y, en su amada lengua natal, a autores que venían desde Góngora hasta los poetas más jóvenes y recientes de nuestro Ecuador?”. Vale esto último para decir que Pedro practicó el pecado de la generosidad extrema, a veces hasta el candor. Quién de nosotros no le debe algo. Todos somos sus deudos y deudores. Sea por un prólogo, una presentación, una conferencia, una lectura de originales, un comentario, un consejo, una sentencia feroz o una broma ingeniosa para encender, aún más, su eterna fiesta verbal. Y por allí alguien dirá: “¿Y el Pedro político? Sí, claro, el Pedro político y geopolítico, capaz de cultivar desde la utopía más extrema hasta la práctica —restringida al ejercicio realista— de los ministros y diplomáticos”. Y, por cierto, su disposición al amparo permanente a los jóvenes subversivos y soñadores, En fin. Todo lo que digamos de él será resumen. Empieza su leyenda dirán. Pues no. No es así. Él fue una leyenda viva. Y fue, casi de modo inocente, siempre fiel a esa leyenda propia, de propiedad absoluta que inventó para enaltecer la prodigiosa misión de vivir la plenitud. A partir de ahora, ocurrirá lo contrario. Toda tu leyenda, Pedro, será tu historia. Lo sabemos todos. Tus amigos, tus amores, tu familia de artistas, tu hermana Marisabel, tus hijos: ese Pedro Saad Vargas, actor, director y productor, encargado ya de prolongar tu estirpe de guerreros de la acción y el pensamiento; y tu hija: esa dulce Adulcir, como su nombre lo indica, mujer de teatro y escritora también. Y tus nietos, cómo no.

En esta época fácil del Internet y la Wikipedia el saber se ha extendido tanto con sus certezas e incertidumbres, puestos y expuestos al alcance de cualquiera —dicen algunos—, que ya no son necesarios los hombres enciclopédicos. Mentira. La prueba es que Pedro lo fue. Él, el siempre necesario, el imprescindible —al uso de Brecht— fue un hombre enciclopédico. Una enciclopedia ambulante. El ejemplo vívido de que el saber solo tiene sentido cuando encuentra un centro que lo organiza desde las necesidades humanas más concretas. Porque, inolvidable, multifacético Pedro, el sentido más hondo de tu vida, fue la práctica del humanismo esencial aplicado en todas sus formas posibles. Mil gracias hermano fiel, Pedro Saad Herrería; mil gracias por todo y por siempre.