El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

 

El deseo del hombre es el deseo del Otro.

Jaques Lacan

 

Deseo. Feriado es una película sobre el deseo. Para constatarlo, solo basta ver los ojos de uno de los protagonistas, Juan Pablo (Juampi), mientras observa al otro Juan Pablo (Juano): Juano desvistiéndose para lanzarse al río, Juano en calzoncillos mientras toma el sol, Juano conduciendo su moto en la Sierra del Ecuador, Juano rompiendo con su rostro el viento de los Andes, Juano en bividí parchando una llanta, Juano como un cachorro indefenso escondiéndose detrás de un árbol, Juano sacudiendo su larga cabellera negra al ritmo del heavy metal... 

 La cámara se convierte en la mirada de Juampi, y nosotros, como espectadores, vemos y sentimos lo que a él le estremece y produce ansiedad. A pesar de que Juampi parece ser un joven tímido, su mundo interior es más rico de lo que uno imagina,  su pensamiento no tiene fronteras naturales... Por ello, Feriado es un filme que incomoda por todo lo que va revelando en sus casi 90 minutos de duración, por esa empatía forzada que genera.

 Diego Araujo, director de la película, narra una historia sencilla, carente de falsas pretensiones y llena de contrapuntos que logra resolver, especialmente, en la fotografía. Nos enfrenta con la vida de un joven  de 16 años (Juampi, interpretado por Juan Manuel Arregui) que no está satisfecho con lo que los otros hacen ni con él mismo, por lo que decide escapar, perderse en la noche, correr hacia la luz más cercana, montarse en la motocicleta de un desconocido para experimentar algún riesgo o para ir develando algo que lo tiene inquieto emocionalmente. 

 En ese viaje que emprende Juampi, aparece Juano (interpretado por Diego Andrés Paredes), quien juega a ser su antípoda: mientras Juampi es un joven blanco, delgado,  rubio, de clase media alta, que conduce una bicicleta y que no trabaja porque vacaciona, Juano es un chico humilde, de piel tostada y músculos en maduración, que trabaja en la mecánica de su tío y que conduce una moto.

Pero la película no solo trata de diferencias y descubrimientos, pues los 2 protagonistas comparten, además de sus nombres y su afinidad por el arte (el uno escribe poesía fatalista y el otro escucha música metalera), la contradicción, que es lo único que puede provocar una marea visual y narrativa.

La fotografía es bien manejada por la comprensión que se tiene del espacio privado, que es, en este contexto, el lugar exclusivo donde se puede consumar algo entre los 2 protagonistas. Los espacios abiertos son para la familia, para los primos con quienes se monta a caballo en las montañas y para los amigos con los que se bebe en el parque. La mayoría de las escenas en las que se confrontan Juampi y Juano tienen una ausencia de luz exterior (bares, casas, escaleras de emergencias), con excepción del río en el que se bañan y del techo desde donde ven la ciudad al revés, pero para que funcionen estas 2 locaciones, ambos deben estar solos, esa es la condición para que ellos SEAN Y ESTÉN.

Inclusive, hay una escena destacable en la que aparece una luz roja como signo de advertencia de lo que puede ocurrir si es que se traspasan los límites “legitimados” por la sociedad. Juampi lo hace y triunfa.

 Por su parte, el marco político en el que se desarrolla la película (el Feriado Bancario de 1999) es solo una excusa para narrar un hecho íntimo y para ubicarnos en la memoria del director. No hay ninguna contaminación visual panfletaria que nos despiste de la trama central. Y si se quisiera hacer una analogía entre esa macro y microhistoria que se va contando en Feriado, diría que el personaje del primo Jorge encarna toda esa pesadez, asfixia y despotismo de lo que fue para el Ecuador una de las peores crisis económicas de toda su historia política.

 También podría decir que este filme forma parte de una trilogía de acertadas películas que se han proyectado en los 2 últimos meses en las salas de cine de Quito: La vida de Adèle y El desconocido del lago. Con sus diametrales diferencias, sentí en Feriado lo que sentí al ver la La vida de Adèle: esa fijación de la cámara por desarmar al cuerpo del otro, por exponer como una res despostada en un camal los sentimientos de un individuo, pero sin ser agresivos con los recursos visuales. La única agresión posible, y válida en este tipo de historias, es la que se emana de las propias actuaciones (cabe celebrar la interpretación de Diego Andrés Paredes).

Mientras que con El desconocido del lago vi, temáticamente, como compartían esa idea de que el deseo es más grande que el miedo y cómo el ser humano se aferra a lo más oscuro de su ser, porque es el único lugar que conoce con claridad.

Por  eso, el filósofo francés Gilles Deleuze decía que el deseo es un movimiento hacia algo que no tenemos, es algo que se manifiesta ante una ausencia, es una apuesta al riesgo... y la satisfacción del deseo reside en la posesión de aquello que nos falta, en la posesión del otro, aunque este nos haga daño.  Lo importante, como supo Juampi, es que tomar ese riesgo abre una posibilidad mayor: vivir sin sesgos y con menos contradicciones.