Para Edmundo Paz Soldán la ciencia ficción no está alejada de la política. Un tratamiento ‘serio’ y ‘maduro’ de este género podría, de acuerdo con su criterio, aportar a la reflexión de la realidad inmediata en la que nos desenvolvemos. Siguiendo esas premisas, en su más reciente novela, Iris (2014), se ha propuesto explorar una atmósfera devastada por la práctica nuclear para evidenciar aquello que él ha mencionado como “el nuevo desorden global”.
Residente desde hace 25 años en Estados Unidos, Paz Soldán confirma con esta obra la alta calidad de su trabajo literario concentrado en la narrativa. Nacido en Cochabamba, Bolivia, en 1967, el autor es uno de los más destacados de la Generación Latinoamericana de 1990, conocida como McOndo.
Ha recibido, entre otros, el Premio Erich Guttentang (1991), Premio Juan Rulfo (1997), y el Premio Nacional de Novela de Bolivia (2002), reconocimientos que se suman a los más de 25 libros publicados, entre novelas y cuentos, en los que concentra su universo creativo. Actualmente es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell, en Ithaca, New York.
El título de su primera publicación Las máscaras de nada, podría ser leído como un punto de partida distante a cualquier referente local, más cercano a un “empezar desde cero”. En ese sentido, ¿qué tanto peso tiene en su universo creativo la tradición literaria boliviana?
Comenzó sin tener mucho peso, porque la ignorancia es atrevida y me puse a escribir cuentos al final de la adolescencia sin saber mucho de la tradición de la cual provenía. Sin embargo, ha ido ganando peso con cada libro escrito, tanto, que, por ejemplo, la última novela, Iris, no podría haberla concebido así sin una lectura de la tradición narrativa minera (con reescrituras de textos que provienen tanto del periodo colonial como del siglo XX) o de la inmensa obra poética de Jaime Saenz, nuestro escritor más importante del pasado siglo (de hecho, 2 conceptos de Saenz como “sacarse el cuerpo” o “caer al cielo” son claves en Iris).
Pero, de acuerdo con distintos momentos de su vida, el tránsito por el extranjero ha sido también clave en su experiencia. ¿De qué forma aporta esta nutrición del otro, del extranjero, en su obra?
En las últimas novelas he ahondado en la experiencia del desarraigo, de la pérdida de una comunidad original de afecto, y también me ha interesado trabajar de forma simbólica la experiencia de la frontera. Dos novelas, La materia del deseo (2001) y Norte (2011) abordan de manera directa el tema de la inmigración y la identidad escindida entre la comunidad de origen y la nueva comunidad.
Ha señalado que antes de ejercer la escritura ‘en serio’, tenía una serie de textos más bien de adolescencia. ¿Qué cree que logra arrancar a esos primeros años de intención ante la escritura, a esos años de adolescencia?
Aprendí una noción de la literatura como una aventura en la que debe existir un placer estético e intelectual. Cuando escribía en el colegio, quería transmitir a mis lectores, compañeros de curso, el deslumbramiento que sentía cuando leía a Borges, a Kafka. En lo concreto, aprendí una noción de suspense como clave en la estructura narrativa; yo leía muchas novelas policiales y creo que son un buen punto de partida para la formación de un narrador.
¿En qué medida la escritura representa para usted un espacio abierto para la reflexión crítica?
La novela como género es un instrumento de crítica de un estado de cosas. Me encanta la novela como entretenimiento puro y duro, pero si a ese entretenimiento logras añadirle una experiencia estética con el lenguaje y una postura crítica ante cierto orden social, es entonces que le estás sacando al género buena parte de aquello que lo ha hecho persistir a lo largo de los años.
En varias de sus obras está presente una utilización especial de los símbolos: el tema de los crucigramas, por ejemplo. ¿Hay una intención de profundizar, de otro modo, en el lenguaje al momento de usar estos símbolos?
Para mí la literatura es como un mensaje secreto, escrito en un código que debe ser descifrado con cierto esfuerzo. Cuando se produce ese desciframiento, se produce una combustión. Decimos cosas a un nivel superficial, pero la idea es que esas cosas oculten otras, que son las que verdaderamente nos interesan, y que deberían salir a la luz durante la lectura.
Otro punto especial podría ser la relación implícita entre literatura y medios de comunicación en su trabajo. Siendo esta una época en que la imagen parece absorberlo todo, ¿hasta dónde puede la literatura seguir siendo parte de la comunicación?
Bueno, por un lado tienes escritores como Sebald o Teju Cole, que han incorporado a la imagen en sus textos. Pero también pienso que la literatura, por su capacidad de reflexión crítica, por su juego con el distanciamiento irónico, puede llegar a lugares a los que no llega la imagen. Como escritores, no debemos tener miedo a los grandes medios de la imagen como el cine y la televisión, y tampoco a la Internet; debemos más bien buscar cómo alimentarnos de esos medios a partir de una tensión creativa. La literatura más bien es la gran devoradora de todos los otros medios.
Pensar en la ciencia ficción lleva a pensar en el reto no solo de crear un mundo, con sus reglas y rupturas, sino con su propio lenguaje. ¿Cuál es la condición que le impone el lenguaje al momento de profundizar en una historia?
No puedes escribir de un lugar y un tiempo diferentes con un lenguaje que no sea ‘otro’. Alguna vez lo hice y no me resultó. Si todo cambia, el lenguaje también debe cambiar. Debe estar intervenido, debe ser también una propuesta, quizás más estética que lingüística.
Políticamente, quizá, la ciencia ficción puede ser leída como una “evasión de lo real”. ¿Qué hay en este género que, para ti, pueda decir lo contrario?
Diría que más bien hay pocos géneros tan políticos como la ciencia ficción. Pensemos en las grandes distopías del siglo XX, en obras como Un mundo feliz o Nosotros o 1984, pensemos en las novelas paranoicas de Philip Dick en los tiempos de la guerra fría. Lo que ocurre es que tanta dieta de superhéroes en el cine ha producido un vaciamiento de los sentidos más profundos de la ciencia ficción, han hecho que veamos al género como un entretenimiento adolescente, inmaduro, que no hay que tomar en serio. Pero es suficiente con volver a las raíces del género para darnos cuenta de su inmensa carga política.
Pensar en la invención de un mundo y en su análisis a profundidad, lleva a considerar que hay un alimento vital en ese ejercicio: la lectura. ¿En qué medida aporta la lectura a su creatividad?
Me alimento de lecturas constantemente y trato de ser lo más diverso posible, leer clásicos y manuscritos de jóvenes, leer géneros diferentes, leer novelas de actualidad y bucear en siglos pasados. Muchas veces mido mis lecturas por la forma en que me inspiran a escribir. Hay autores que me encantan pero no me impulsan a querer apropiarme cosas de ellos. Otros inmediatamente me despiertan historias en mi cabeza, a las que trato de seguirles la pista.
¿Pertenecer a una generación de autores que han logrado una amplia difusión internacional, le coloca bajo algún tipo de responsabilidad? ¿Cuál?
La principal responsabilidad es seguir siendo anárquico e irresponsable en los proyectos en los que te metes, seguir arriesgando, seguir dando saltos rumbo al abismo. Tratar de no calcular mucho, tratar de jugártelas todas en cada nuevo texto. Tratar de reinventarte con cada nuevo proyecto.