El retorno del cronista justiciero: ¿es la crónica contemporánea la gran novela de Guayaquil?
La crónica en Guayaquil y su tradición evanescente, una investigación detectivesca
¿Se puede hablar de una tradición de crónica periodística en Guayaquil? Varias veces, escritores y críticos se han referido a autores que describieron con pasión calles y personajes de esta urbe porteña. Entre los nombres más fácilmente identificables constan José Antonio Campos, Medardo Ángel Silva, Ernesto Noboa y Caamaño, Manuel de J. Calle, Pablo Palacio y Joaquín Gallegos Lara. Con esta premisa exploro en la Biblioteca de Autores Nacionales Carlos A. Rolando, donde reviso de primera mano destartalados y amarillentos diarios de varias fechas elegidas al azar: 1900, 1910, 1920, 1930 en busca de los cronistas de la ciudad.
Selecciono a El Guante, —periódico político dedicado a emprender la guerra contra el presidente Eloy Alfaro—, EL TELÉGRAFO y El Universo, y fracaso en mi empeño de encontrar algún ejercicio que pueda catalogar como crónica, pero sí hallo varias propuestas de escritura en las que los periodistas opinaban sobre temas de actualidad y política desde su visión singular. En otras palabras no temían poner el cuerpo, entrelazaban su criterio con la noticia, tenían opiniones firmes y se involucraban.
Pero el género de la crónica, que es el que me interesa, dista mucho de tener una tradición sostenida y constante en Guayaquil ya que sus incursiones y prácticas han sido esporádicas. Pese a su inconstancia, durante las primeras décadas del siglo, las pocas que existieron, pudieron retratar el clima social de la joven ciudad portuaria que avanzaba rápido junto con los tiempos modernos, que dejaba de ser campo y se volvía metrópolis. De esto dan cuenta las columnas de José Antonio Campos (que trabajaba bajo el pseudónimo Jack the Ripper) al inicio del siglo XX, y también la columna ‘Al pasar’ que relata los recorridos urbanos que realizaba Jean D’agrave —seudónimo del poeta Medardo Ángel Silva, publicadas entre abril de 1918 y marzo de 1919 por EL TELÉGRAFO y recopiladas en 1965 en ediciones posteriores de la Casa de la Cultura—. En ellas, el escritor relata sucesos tan cotidianos como asistir al cinematógrafo con su novia, dar paseos lánguidos por el Parque Centenario o el Malecón, y cuenta también otras experiencias de naturaleza marginal con tintes líricos como su deambular por los burdeles y los fumaderos de opio.
Las crónicas de Silva son una muestra de cómo el género presentó desde siempre el deseo de escarbar sobre las capas más civilizadas y cosmopolitas de la ciudad para concentrarse en relatos más realistas y humanos en los que no prima la belleza precisamente. Silva catalogaba estos temas como “nocturnos” porque era durante esas horas en las que él precisamente realizaba sus recorridos: “Horas del prostíbulo y del garito colmados de carne lacerada y almas feas; horas del puñal asesino y la serenata […] las del poeta y la meretriz”, dice Silva, husmeando entre vicios y lujuria. Estos recorridos eran matizados también por una gran carga poética, lo que los volvieron piezas literarias que merecieron estar entre las páginas centrales de EL TELÉGRAFO. En los primeros años del siglo XX encontrar poesía, fragmentos de novelas y cuentos, era algo muy usual en los diarios locales ¿A dónde se fue toda esa literatura?
Alberto Franco Lalama, periodista de extensa carrera, a cargo de la dirección del canal UCSG-TV, manifiesta que esto se debe a que los medios de comunicación entendieron que en el espacio donde iban las 4 estrofas del soneto bien cabía una publicidad y que esta ayudaba a mantener el diario circulando y que la poesía, no. Otras circunstancias que se suman a que los medios impresos dejaran se incluir material literario entre sus páginas es el hecho de que el número de hojas creció junto con el tiraje, por lo que el costo del diario aumentó, requiriendo en efecto, la venta de espacios para sobrevivir y competir en el mercado.
Más adelante, las imágenes —impactantes y efectivas a nivel visual— fueron ganando espacio en las publicaciones a medida que las incursiones literarias fueron limitándose a ocasiones excepcionales. Y aunque el recientemente fallecido nobel Gabriel García Márquez haya repetido varias veces que en el periodismo no importa quien dé primero la noticia sino quien la dé mejor, en la prensa contemporánea primaron la urgencia, la vigencia y la primicia en un mundo de acontecimientos veloces. Entonces, ¿cómo encajaría en la vía rápida un género de largo aliento, de observación y de vivencia como la crónica?
Identidad, melodrama, maniqueísmo,
hipérbole y compromiso político.
La crónica fue definida por el escritor mexicano Juan Villoro como “el ornitorrinco de la prosa”, ya que es y no es literatura, a la vez que es y no es periodismo. Haciendo un veloz recuento por el género, Jordi Carrión en el prólogo del libro Mejor que la ficción (2012) señala que es un error pensar que la crónica americana contemporánea deriva de la Crónica de Indias, sino que más bien su construcción tiene una profunda veta novelesca que se conjuga con otros temas que desde siempre han estado presentes en América como las preguntas por la identidad, el melodrama, el maniqueísmo y el compromiso político. Herederos de las crónicas simbolista y modernista que relataban historias por medio de la prosa poética, 2 de los precursores del género en este continente son García Márquez y Rodolfo Walsh; ambos autores publicaron respectivamente Relato de un náufrago y Operación Masacre en la década del cincuenta, logrando con estas incursiones abrir el campo para más ejercicios dentro del novísimo periodismo que rápidamente se hizo popular por la apertura que presentaba al momento de contar historias.
Jordi Carrión apunta también que las grandes crónicas de Truman Capote, Norman Mailer, Gay Talese y Tom Wolfe llegaron después, en la década del sesenta, pero se diferenciaban de sus colegas sudamericanos pues ellos venían ya con una firma que garantizaba calidad y prestigio (García Márquez en las primeras ediciones de Relato de un náufrago ni siquiera hacía constar su nombre o su voz). Los norteamericanos estaban respaldados de toda una maquinaria editorial y mediática que popularizó sus crónicas en poco tiempo.
Desde entonces, el diálogo de América no se limitó solamente a su geografía, también se incorporaron otras redes hermanas como las voces del polaco Ryszard Kapuściński, de la italiana Oriana Falaci y del español Juan Goytisolo, entre otros cronistas que se esforzaban por construir relatos de voces significativas que no hayan sido escuchadas, ya que estos ejercicios se tornaron luego en construcciones históricas que le hacían frente a las narrativas oficiales. Basta recordar para ello el texto de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, que recopila testimonios de la matanza estudiantil el 2 de octubre de 1968 en México, cometida por un error del gobierno.
De las palabras a los hechos:
la realidad de la crónica en Ecuador
En menos de un año 4 publicaciones se han preocupado por recopilar crónicas de autores ecuatorianos: el libro de Jorge Martillo, Guayaquil de mis desvaríos (crónicas urbanas), una selección personal realizada por el escritor de sus trabajos publicados entre 1993 y 1995 en El Universo; La invención de la realidad (2013) de La Caracola editores; Premio Ciespal de Crónica 2014, que compila los 20 mejores trabajos que participaron en este concurso estatal con un reconocimiento monetario de $ 10 mil , y los 2 tomos de El alero de las palomas sucias,de Huilo Ruales (2013), publicado por Eskeletra y que dicho por el mismo escritor son ejercicios realizados más con la intención del juego que con intención periodística. Que en un país tan pequeño y sin sobresaltos literarios, como Ecuador, existan tales coincidencias habla bien de la salud del género tanto para escritores como para lectores. Una realidad muy positiva.
Pero lo cierto es que en Ecuador existen escasos medios que están abiertos al ejercicio y la difusión del género de la crónica. Usualmente son publicaciones de distribución mensual como Mundo Diners, que desde 1983 ha buscado la recepción de textos que tengan énfasis en lo cultural, SoHo y la Revista Q del distrito metropolitano de Quito, entre otros poquísimos ejemplos. Los diarios de mayor circulación en el país han mostrado poco interés en este género prefiriendo ejercicios mucho más tradicionales: entrevistas, reportajes y columnas de opinión. Buscando una justificación para esto, se ha hablado mucho de la crisis de los medios impresos versus las opciones casi ilimitadas que brindan los recursos digitales. Sin la camisa de fuerza del límite de caracteres o el pautaje publicitario, el periodismo narrativo podría crecer a sus anchas en internet.
¿Cuán cierta es esta especulación? En el veredicto del reciente premio Ciespal, de los 103 trabajos de crónica presentados, 19 de ellos corresponden a medios digitales (18%), de los cuales, 2 tuvieron menciones especiales. JoséMaría León, editor y coordinador de la revista virtual Gkillcity.com, desde 2011, y a quien el jurado otorgó un reconocimiento por Guayaquil, la bibliofóbica, manifiesta cuál cree que es la ventaja que la plataforma 2.0. representa por encima de otras opciones: “Las publicaciones virtuales no poseen restricciones de espacios o de temas, aparte se trabaja con mucha atención la edición de los textos para lograr calidad. Nosotros tenemos como uno de nuestros nortes seguir receptando el aporte de cronistas y ayudar a consolidar el género en este país”.
Apoyando esta idea, Diego Cazar Baquero, uno de los 5 periodistas que crearon de manera conjunta el portal La barra espaciadora, en agosto de 2012, en la que también se exponen crónicas, explica que esta página busca superar la actitud de confrontación política y pugna que han asumido ciertos medios y desea concentrarse en romper con los formatos del periodismo tradicional, procurando un acercamiento con la realidad a través de un contacto sensible con los lectores. Cazar sostiene que aunque de naturalezas similares, lo que diferencia a La Barra Espaciadora de Gkillcity.com, es que el medio al que él pertenece no busca incursionar en temas de coyuntura sino más bien concentrarse en explorar la sensibilidad de los receptores; preguntándose, además, por el cuestionamiento y por el relato de lo que hay detrás de los discursos oficiales.
Compartiendo el argumento de la falta de originalidad que presentan ciertos medios impresos a la hora de contar las historias, la periodista y escritora Marcela Noriega afirma que cuando regresó de Argentina en 2004, luego de cursar una maestría en Periodismo, le sorprendió que el diario para el que empezó a escribir en Ecuador no le permitiera hacer crónica con libertad porque para este, el formato era desconocido. Ella declara: “Siempre ha habido una necesidad de leer buenas historias y los periódicos ya no cumplen ese requerimiento. No están dando lectura a sus clientes, no hay desarrollo de ningún tipo de género y es el mismo patrón de contar las cosas, además de que se reciclan los temas en los medios y se reciclan las formas de escribirlos. Para mí eso es súper arcaico. Lo que nunca va a ser arcaico es contar bien una historia”.
Marcela Noriega reflexiona que a la crónica, por ser justamente el género más versátil de todos, le costaría desarrollarse en espacios como los periódicos porque estos chocarían con su naturaleza libertaria, y también existiría la posibilidad de que el medio le quite identidad y despersonalice la voz del cronista. Ella concluye que “todo lo que hagamos por fuera de los canales oficiales será lo que realmente valdrá la pena”. Después de las declaraciones de Marcela Noriega puede decirse que mientras el nuevo periodismo sí pareciera ejercitarse con vigor entre los comunicadores, estos viven la contradicción de casi no encontrar plataformas para la difusión de este ejercicio a pesar de vivir un aparente momento de esplendor y de reconocimiento.
El retorno del cronista justiciero
Volviendo la mirada a Guayaquil, si hay un referente contemporáneo en la prensa guayaquileña al que los cronistas del puerto deben dirigirse es, definitivamente, Jorge Martillo Monserrate y, tal vez antes de él, aunque sus reportes de la ciudad no hayan constado en ningún diario, Miguel Donoso Pareja y Jorge Velazco Mackenzie, este último recrea la ciudad ‘tugurienta’ con la estampa de Matavilela, el barrio popular por donde, como él mismo reza enEl rincón de los justos, todos los porteños hemos pasado en algún momento, sin cruzarlo físicamente: “Llegar a Matavilela no era solamente cambiar de barrio. Era también llegar a cosas desconocidas y pasar obligatoriamente por allí”, afirma Velazco Mackenzie.
Frente a versiones de una ciudad que intentaba esconder su raíz chabacana, estridente y pueblerina, construyendo centros comerciales ultramodernos donde el comercio parecía ser la única transacción posible entre sus habitantes, Martillo evocó a Guayaquil en los noventa como una ciudad que en sus estampas se mantuvo siempre fuera de los lugares comunes de la regeneración urbana o de los mosaicos románticos.
Así, describe una urbe que hierve y que asecha, y en la que no hay que descuidarse: “La noche de Guayaquil puede ser alegre o triste, según nuestro estado de ánimo […] selva de asfalto, guiños de neón y luces multicolores […] alcantarillas hediondas a tedio. Seres oscuros deslizándose como sombras. Música brotando del pecho de una esquina. Una manada de niños manchados de betún, negro al agua y cemento plástico asisten a la fiesta de la miseria”. Esta es la retahíla de patetismo urbano con la que Martillo empieza ‘Guayaquil de mis desvaríos’, una de las primeras crónicas del libro que lleva el mismo nombre, y que además, contiene otros ejercicios singulares como el relato del hombre que vivió 8 días en el alcantarillado de Guayaquil o la historia de la cerveza
¿Qué lleva al cronista a lanzar la mirada hacia los márgenes con naturalidad? Jordi Carrión explica que “la búsqueda de lo nuevo, en el espacio del texto, dialoga sin duda con la persecución de la novedad, en el espacio de lo real”. Es decir, que opera desde una naturaleza curiosa que tiende a hallar personajes y espacios singulares. La crónica incita a afinar los ojos hacia lo que jamás nos ha sido obvio, o que de tan obvio no se ve. Y luego añade: “el periodista narrativo es proclive a buscar lo estrambótico, lo periférico, lo extraño encarnados en una única persona (si se trata de un perfil) o de una tendencia o un grupo humano (si es una historia)”. Por lo que se cumpliría aquella premisa enunciada por Martín Caparrós y que puede constatarse en cada una de las historias que procuran relatar los cronistas contemporáneos de Guayaquil: la crónica busca decirle a mucha gente lo que le pasa a muy poca o también evidenciar lo común, lo que habitando en la misma ciudad, nos sucede a todos.
La investigadora y docente Alicia Ortega, quien fue jurado en el reciente premio Ciespal, en el estudio ‘De la crónica y el contagio: cuerpos, escenarios y miradas’, que consta en la introducción del tomo recopilatorio de los mejores trabajos, explica que dada su condición deambulante, el cronista se mueve por la ciudad y la resignifica desde las estampas que cuenta, apropiándose de sus espacios y rompiendo también lugares comunes con sus observaciones.
Previa a esta afirmación, Alicia Ortega en Entre la institución y la calle: graffitis y crónicas de fin de siglo en el Ecuador, había manifestado también la vocación justiciera de una cofradía subversiva que toda ciudad posee: grafiteros y cronistas. Imaginar al cronista como un justiciero que sortea los clichés, más allá de las cuidadas versiones municipales o los usuales sectores satanizados, es una definición a más de poética, mucho más justa con la compleja y variopinta estructura de Guayaquil, que no es solo adoquines, fuentes, música, pobreza, violencia y lujuria.
A los nombres de Diana Romero, Isabela Ponce, Ileana Matamoros, Marcela Noriega, María Fernanda Ampuero, Verónica Garcés, Talí Santos —esta última publicó en 2009 junto con Fernando Astudillo, Ciudad anónima: crónicas del Guayaquil del siglo XXI, texto que aún está en librerías y que merecería más atención de parte de quienes se interesan en el género—, se suman los de Arturo Cervantes, Francisco Santana, José María León y Javier Flores. Todos ellos son cronistas activos que desde sus redes sociales, blogs y publicaciones periódicas en medios impresos, procuran impartir esa justicia para con la urbe de la que habla Alicia Ortega.
Entre sus representantes contemporáneos constan Marcelo Báez y Luis Carlos Mussó, escritores con trayectoria que han realizado también ejercicios de crónica periodística de profunda carga poética y reflexiva. Muchos escriben desde fuera del país, como María Fernanda Ampuero, pero manteniendo a Guayaquil aún por dentro; otros lo hacen recorriendo las mismas calles trashumantes que ha caminado Martillo, concluyendo que Guayaquil es como “un pie podrido dentro de un zapato bonito”, como afirma Francisco Santana en uno de sus textos; y otras más, como Diana Romero, Ileana Matamoros o Isabela Ponce, escarban hasta hallar lo positivo, lo curioso, lo que hace a la ciudad un sistema complejo y entrañable.
Estas voces nos permiten concluir que la novela o el cuento no son los únicos géneros que pueden emplearse para contar la ciudad —como si solo fuera el arte la manera exclusiva de representación de la realidad—. La crónica ha estado construyendo, de forma discreta, a lo largo del siglo XX, discursos de los que también se ha alimentado la literatura y ha entregado un nuevo mapa de ruta urbano para sus lectores, tan enorme, tan total, tan cósmico, que supera lo que podría abarcar cualquier ambiciosa narración de largo aliento.
Testimonios:
¿Crees que la crónica le permite cierto acceso a la literatura al público de las masas?
No. Es comprensible. Las personas primero tienen que comer y luego pensar en asuntos como la crónica, la literatura o el arte. Pienso que, en general, después de saciar el hambre, a las masas les gusta la diversión.
Francisco Santana, periodista y escritor.
¿A qué crees que se debe el auge de cronistas y revistas de crónica en los últimos años en América Latina?
Creo que puede responder a 2 razones. Más periodistas se dieron cuenta –y se siguen dando cuenta –, que a través de la crónica pueden llegar de una forma más cercana a sus lectores […]. También creo que los escritores de ficción se empezaron a interesar más por la realidad, se dieron cuenta que era maravillosa y que a ratos no había necesidad de inventar historias sino de abrir los ojos y contar lo que tenían de frente.
Isabela Ponce, periodista.
¿Qué espacios crees que deberían cronicarse en Guayaquil y que aún no se han contado?
Está pregunta debe tener miles de respuestas. Por eso el verdadero desafío no está en escoger qué contar sino qué evitar. Acumular puede cualquiera, curar y dar sentido, ya no tantos.
José María León, periodista
¿Crees que una demanda por el consumo y lectura de crónica, o se trata de una moda como tantas otras que hay?
A criterio personal, creo que el género “crónica” como tal se ha prostituido muchísimo. No creo que haya una demanda para el consumo de crónica, sin embargo, si hay una sobreoferta y, por ende, dificultades para la publicación.
Diana Romero, periodista
¿Qué pasa con la prensa y la crónica?
Siempre ha habido una necesidad de leer buenas historias y los periódicos ya no cumplen ese requerimiento. No están dando lectura a sus clientes, no hay desarrollo de ningún tipo de género y es el mismo patrón de contar las cosas, además de que se reciclan los temas en los medios y se reciclan las formas de escribirlos.
Marcela Noriega, periodista y escritora