El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

Tenía 6 o 7 años la primera vez que pisó una sala de cine. Sentado en la butaca, alucinaba al observar que en El ladrón de Bagdad no existía lo imposible: seres gigantes, espadas mágicas, mundos imaginados... Fue la primera película a color que vio en su vida. Los ojos del pequeño se abrían, como platos, ante la pantalla. Se levantó de su asiento y caminó hacia el enorme rectángulo blanco, tratando de descifrar de dónde salían las imágenes. Cuando lo descubrió, nada volvió a ser igual.

Jairo Pinilla, el maestro de la lente macabra y autor de decenas de películas de terror y suspenso de bajo presupuesto, jamás prestó atención a sus clases de matemática. Abría el cuadernito, agarraba la regla, dibujaba cuadrados perfectos e inventaba historias en clave de cómic. Siempre supo que podía contar historias. Atribuye ese don a Dios. Lo único que cambió fueron las herramientas que utiliza para narrarlas.

Nació en Cali hace 69 años, pero su vida transcurrió en Bogotá. Su vitalidad y desparpajo— esa cualidad tan colombiana— le restan por lo menos una década. Su voz es ronca y tose con frecuencia. El tabaco es el único vicio que ha tenido y mantiene. Lleva a donde quiera que vaya una cajetilla de cigarrillos marca Mustang.

Su pelo negro,salpicado por las canas, siempre luce impoluto, peinado hacia atrás, con un pequeño copete que sobresale enfrente. Sus enormes y pobladas cejas parecen estar suspendidas hacia arriba por un hilo invisible.

A sus 20 años, cuando su cabellera aún era abundante y la llevaba engominada, el flamante ingeniero eléctrico decidió viajar a México. El destino lo condujo a los míticos estudios cinematográficos Churubusco, donde lograba entrar gracias a su credencial de extranjero y su talento innato para la ‘conversadera’. Allí, pudo conocer en carne y hueso a las estrellas que lo encandilaban en las salas de cine. Pedro Infante, Jorge Negrete o Javier Solís se paseaban por los pasillos del estudio como si estuvieran en casa y él les charlaba, los saludaba, se hacía amigo.

Cuando Pinilla volvió a casa, unos meses después, sabía que su vida iba a transcurrir lejos de una oficina y más cerca de un set. Estaba listo para grabar sus propias películas.

 

Las fobias bajo la lupa

Su fascinación por el terror se remite a una anécdota de la primaria. El padre de uno de sus compañeros se suicidó y en la escuela decidieron llevar a toda la clase al funeral. “Imagínese, como gran programazo del colegio mío, llevar a todos los niños a ver el cadáver del padre del compañerito. En ese entonces no maquillaban a los cuerpos. Le estoy hablando de historia sagrada, de cuando el arcoíris todavía se veía en blanco y negro”.

A partir de ese episodio, los ataúdes y las funerarias se convertirían en fobias, les tenía pavor. Mucho tiempo después, cuando desarrollaba las primeras líneas de un guión, tuvo una iluminación. Eso que a él le daba tanto miedo, a otros seguramente también. “Un muerto en un ataúd siempre produce cierta verriondera”, pensó, y así nació su primer largometraje: Funeral Siniestro, un filme artesanal, hecho a mano.

Para editarlo y montarlo, Pinilla usó lupa, tijera y cinta adhesiva. No se trató de una producción de bajo presupuesto, sino de una película hecha sin dinero. Por medio de una amiga, fue a dar con una congregación de monjas que tenían una productora, San Pablo Films, y consiguió que le prestaran los fondos necesarios para terminarla. “Con esa platica, que no era mucha, logré cerrar la película. Le puse una musiquita y todo”.

En la semana de su estreno, en 1978, Funeral Siniestro fue un fracaso de taquilla. Se enfrentaba a gigantes populares como El patrullero 777, del mítico Cantinflas, y a John Travolta bailando disco en Fiebre de sábado por la noche. La única promoción que se hizo del filme fue un aviso de cinco centímetros, en blanco y negro y letras gordas, lo que Pinilla pudo pagar: ‘¡Hoy! Sensacional Estreno’. “El primer día, la película la vieron por rebote. Los que se quedaban sin entrada para Cantinflas decían ‘bueno, pues entremos a ver esta pendejada’. Y los que salían de ahí con tremenda cara de susto hablaban con sus amigos de lo berraca que era la película. Ellos contagiaban las ganas de verla. Después se llenaron las salas”.

Mientras el público celebró la sencillez efectivista de las películas espeluznantes de Pinilla, la crítica lo acabó. “Los sabios del cine”, como los llama él, le tacharon de pretencioso, inútil y amateur. Se burlaron de Funeral Siniestro, de su carencia intelectual y de la pobreza de los efectos especiales. “Eran estudiados en la escuela Lumiére de ni se cuantito, y claro, ganadores de ni sé cuántos premios de ni sé qué mierda y venían a ridiculizarme. A mí me daba igual, yo solo quería hacer cine”.

Sus fobias continuaron alimentando sus guiones. Las serpientes, que le provocaban asco y pánico, pasaron de protagonizar sus pesadillas a protagonizar su segunda película, Área maldita, en la que narra la historia de una culebra enorme nacida en una plantación de marihuana. La bestia aborrece el olor de la hierba y caza a marihuaneros para matarlos.

Los extraterrestres, los eventos paranormales y los monstruos serían el hilo conductor de sus superproducciones de bajo presupuesto. El niño que siempre le temió a la oscuridad encontraba un extraño placer creativo al explotar sus propios miedos.

 

El método Pinilla

Jairo Pinilla descubrió que al colombiano promedio no le gustaba ver cine nacional porque el disfrute radicaba en las películas gringas y subtituladas. Así que rodaba sus cintas en español, luego las enviaba a México donde las doblaban al inglés y, finalmente, las subtitulaba en castellano, ajustadas al país donde se proyectaban. “En España, los subtítulos eran en castellano castizo. En Argentina, subtituladas como hablan ellos. En boliviano, en ecuatoriano, en venezolano, y así... Que las lean en la lengua que les dé la gana, esa era mi idea”.

Pinilla era una locomotora frenética, ávido y capaz de hacer magia con muy poco. “La sangre y las heridas las recreaba con remolacha, colorante y hemoglobina. Todo era artesanal. Los dollys (una herramienta con ruedas para mover la cámara de un lado a otro del set) los hacíamos con un costal de papas. Ahí se sentaba el camarógrafo con la cámara sobre el hombro y lo arrastrábamos para lograr la toma, ñiiiiiiiii de un lado a otro”, recuerda mientras ríe a carcajadas.

Ni bien terminaba un estreno, ya estaba rodando una nueva cinta. Y así llegaron Área maldita (1979), 27 horas con la muerte (1981), Triángulo de oro y La isla fantasma (1983) y Extraña regresión (1985), hasta que un embargo del Focine, un fondo de fomento cinematográfico colombiano, confiscó todos sus equipos y 16 cintas con el contenido original de sus películas.

La entidad argumentó que Pinilla debía 14 millones de pesos por un préstamo otorgado para el rodaje de Triángulo de oro, en Panamá. Se sentía como si fuera un personaje de una de sus películas de terror: perseguido. Querían cobrarle un impuesto que según él no correspondía y atribuía el acoso a la envidia. Sus cintas eran las favoritas del público sin que él haya tenido que pisar una escuela de cine.

El Focine confiscó todo su patrimonio y lo inhabilitó por completo. Entre 1986 y 2000, el maestro de la lente macabra no volvería a tocar una cámara. “Me quedé sin nada”.

 

El retorno de un mito

Corría el primer año del siglo XXI. Dos jóvenes estudiantes de cine en Bogotá buscaban desesperados a una leyenda del cine. Habían visto todas sus películas pirateadas en internet y admiraban su estética kitsch, en la tradición del cine B hollywoodense. No lo encontraron por ningún lado. Incluso les dijeron que ese cineasta había muerto.

Cuando finalmente dieron con él, Pinilla no entendía qué era lo que pretendían ni conocía ninguno de los términos que los estudiantes usaban para referirse a sus películas. Querían que les ayudara en su tesis, un cortometraje de 7 minutos, como director. “Tenían hartísimo nivel de producción y les dije que nos mandemos un largometraje. Les hice un guión llamado Posesión extraterrestre. Llegué a la sala de edición con mi cinta adhesiva y mis tijeras. Ellos se reían y me mostraron el Adobe Premier.  Imagínese todo lo que le pasó al cine en 14 años. ‘¿Qué es esta vaina!’ Pensaba yo”.

Jairo Pinilla volvió a soñar con universos inventados y monstruos que lo perseguían en la oscuridad. Ahora tiene planes para llevar al cine la primera película en 3D hecha en Colombia. “Un alto porcentaje de la humanidad es masoquista. Le encanta ir al cine a sentir miedo. A mí no me gusta lo truculento, lo mío es el suspenso psicológico”, dice mientras sus espesas cejas se alzan como quien lanza una revelación.