Todo niño viene al mundo con un cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que este amor salve o condene.
Graham Greene
Cuando yo crezca quiero ser sabio y poeta y llevar corbata de lazo.
Mi planta de naranja lima
En la ciudad universitaria de Oxford existe un pub de visita obligada. Se trata del Eagle & Child, lugar en el que, a mediados del siglo XX, todos los martes, J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis se reunían a tomar cerveza. Allí, además de adormecer lo necesario el sistema nervioso central, ambos amigos comentaban las sagas que estaban escribiendo: El señor de los anillos, por un lado, y Las Crónicas de Narnia, por otro. Aunque aquellas sean las obras más conocidas de sus autores —llevadas al cine hace algunos años— apenas representan una pequeña parte de su producción que abarca poesía, ensayos, crítica literaria, escritos apologéticos y hasta la creación de nuevos idiomas.
Hace 14 años, Alba Editorial, de Madrid, publicó en castellano un libro de ensayos escritos por Lewis titulado La experiencia de leer, en el cual el inglés se aleja de la demagogia que busca agradar a todo el mundo e intenta establecer diferencias entre el buen lector y el mal lector. Llegado a un punto, señala que existe una categoría de mal lector que, aun cuando se rodee de títulos clásicos de los que hay que hablar —“así como en círculos en los cuales es un imperativo social demostrar interés por la caza, las partidas de críquet o el escalafón militar”—, este no suele ser más que un buscador de prestigio. A este tipo de lectores les asigna la etiqueta de “vulgo restringido”. Sin embargo, mientras muchos de ellos discuten en la planta baja, es probable que la única experiencia realmente literaria de la casa —dice Lewis— se desarrolle en un dormitorio del fondo, donde un niño armado con una linterna lee La isla del tesoro debajo de las sábanas. ¿Qué hace que esta sea la única experiencia “realmente literaria”? ¿No son los adultos los expertos en figuras lingüísticas y en experimentaciones con la trama? ¿No son ellos los que cuentan con el bagaje cultural adecuado para apreciar ciertas lecturas-obras-maestras? ¿No son los adultos los que llenan los libros de palabras que hay que ir a buscar en el diccionario? ¿No son ellos los que, al final, escriben?
El hombre es la única especie animal que conforme pasa el tiempo se recubre de aburrimiento. Que voluntariamente decide abandonar —o dejar de ejercitar— una cierta inocencia producto de lo que desconoce. Que cree tener las cosas bajo control. La primera línea de la Metafísica de Aristóteles dice: “Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber. El placer que nos causan las percepciones de nuestros sentidos es una prueba de esta verdad. Nos agradan por sí mismas, independientemente de su utilidad”. Se han escrito innumerables tesis doctorales sobre estas pocas palabras, sobre este placer que causa un conocimiento que, aparentemente, no sirve para nada. Desde allí se ha sostenido que la capacidad de asombrarse ante lo que nos rodea es el principio de la filosofía. Y —habría que añadir— también de la ficción, que es esa otra manera de acercarnos hacia lo inhabitado. Por eso el niño del que hablábamos tiene verdadero terror al pirata John Silver y se conmueve ante el valor de Jim: porque acepta sin problemas el pacto de lectura. Está dispuesto a correr ese riesgo porque intuye que quien no se convierte y no se hace pequeño no entra al reino. Aquí cobra sentido el mayor anhelo que alberga Holden Couldfield, ese adolescente creado por J. D. Salinger, de cuidar a los niños que están jugando en un campo de centeno localizado al lado de un despeñadero: no quiere que esa mirada se empañe para siempre. ¿Cómo hacer para ser adulto —cuestión inevitable— y, de alguna manera, niño?
Refrescar la emoción que un relato produjo en la infancia tal vez sirva para recuperar una parte de ella, como esos científicos que buscan el Big bang definitivamente perdido a través de sus casi insignificantes vestigios. De los libros de la colección Barco de Vapor el que más releí fue Historias de Ninguno, de Pilar Mateos, que contaba la historia de un pequeño llamado, precisamente, Ninguno, que al ser tan pequeño siempre lo perdían de vista. El protagonista se hace amigo de Camila, una niña de cara sucia, quien le regala unos lápices de colores que tenían la particularidad de dar vida a todo lo que dibujaban. Tal vez fue con esta clave que entré a esa etapa de la escuela en que se empieza a leer a los clásicos. Y ojalá sea con esa misma clave con la que todavía inicio todo proceso de lectura o escritura. Al recordar libros que me impresionaron, probablemente deje de lado algunos que para muchos resultarán imperdonables. Tengo que ser honesto con ese niño de 12 años, voz aguda y dientes de conejo pre tratado-de-ortodoncia que gozaba escuchando a escondidas las conversaciones de los mayores. Por ejemplo, no entra en la selección el libro El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, que lo he leído varias veces, incluso a la luz del estudio del historiador riobambeño Carlos Freile sobre el sentido de la vida. Nunca me he quedado con nada. Tampoco entra en el grupo ninguna obra de Julio Verne porque nunca me encantó, ni de Salgari porque nunca lo leí, ni Platero y yo porque de pequeño no lo pude entender. Tampoco están Harry Potter ni el famoso padre Brown, de Chesterton, porque necesitaría un suplemento entero para cada uno. Además quisiera haber leído más Kipling y más Dickens.
Notas - Octubre - 2001
El libro me da mucha tristeza porque a Zezé le pegan durísimo 2 veces sin motivo. Una vez, con mi mamá, se nos acercó un niño que vendía chicles. Estaba llorando mucho. Nos dijo que si no le comprábamos no iba a terminar de vender la caja y su papá le iba a quemar con cables de electricidad. Nos mostró las marcas en los antebrazos. Después mi mamá lloró en el carro pero a mí no me salían lágrimas solo el corazón me latía muy fuerte. A eso me recuerda Zezé cuando le pegan. Nunca había leído un libro con malas palabras como culo o hijo de puta. Me da vergüenza escribirlas. Yo nunca las digo porque es mala educación. Zezé pasa conversando todo el tiempo con su árbol de naranja-lima que es el más pequeño del patio. Le cuenta todo lo que hace en el colegio y todo. Mi mamá me dice que le cuente todo a Jesús pero no sé si Él me escucha porque nunca me responde. No sé cómo hace. Es muy triste que en la casa de Zezé su papá no tenga trabajo y peor en Navidad, la Navidad debe ser alegre pero él tiene que ir a lustrar zapatos todo el día para poder darle un regalo a su papá. Igual a un villancico que sabe sonar en mi casa de un niño al que no le llega ningún juguete. Le vi llorar a mi mamá con esa canción. Lo chévere es que juega con su hermano a los caballos y vuela las cometas como cuando vamos de vacaciones a Cuenca.
El niño vulnerable en busca de la ternura
“Aquella música me daba una tristeza que yo no conseguía entender”, dice Zezé, el narrador de 6 años de la novela del brasileño José Mauro de Vasconcelos, sobre una canción que solía escuchar a su madre. Lo mismo sucede con el libro a medida que pasa el tiempo. El protagonista es el penúltimo hijo de una familia numerosa que atraviesa necesidades económicas, sobre todo desde que el padre se quedó sin trabajo. Zezé es un niño sensible, detallista, que aprendió a leer antes de tiempo, conocido en el barrio por sus no pequeñas travesuras. En su familia no encuentra el afecto que sí tiene en “el Portuga”, un millonario que vive cerca y que, sobre todo, le enseña lo que es la ternura. De eso se trata esta historia. No es una obra maestra desde el punto de vista literario, no se esfuerza por sugerir, sino que habla abiertamente de ‘corazón’ o ‘tristeza’. Si buscamos el concepto de ternura nos vamos a encontrar, sobre todo, con una multitud de cursilerías. Para el escritor brasileño simplemente son paseos al bosque, cromos, canicas. Que un niño viva como niño. Se suele asociar la ternura con una cierta debilidad del otro, un afecto hacia esa parte vulnerable. Entonces, si todos nos reconocemos necesitados, es la ternura la que nos saca de la indiferencia.
En este camino, Zezé también se atraviesa con “ese pajarito que habla dentro” que suple a su juicio hasta que llegue a edad de razonar. Atraviesa los momentos en los que siente que esa voz va desapareciendo para dar lugar al pensamiento. “Parece que aquí dentro mi jaula se ha quedado muy vacía”. Pierde, al final, esa capacidad de fantasear que le hacía ver un gran zoológico en donde solo había 2 gallinas. Y, ya que hablamos de pájaros interiores, es inevitable recordar al de Bukowski, que, ciertamente, nos habla también de algún tipo de niñez, de un pacto secreto, de la capacidad de llorar:
“hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.
luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?”
Al igual que en la novela El niño que enloqueció de amor del chileno Eduardo Barrios, en Mi planta de naranja-lima el pequeño termina enfermándose. Si en la primera lo hace porque descubre que la mujer de la que se quedó prendado —una amiga de su madre—tiene novio, en la segunda, en cambio, porque pierde a la única persona que tenía como motivo para portarse bien. Las últimas páginas se tornan existencialistas, de corte sartreano, en las cuales la vida se convierte para Zezé en una pesada carga: “Yo estaba condenado a vivir, vivir”. Tal vez, con todos los matices del caso, se trata del dilema de todos los que están destinados a procesar la realidad con una mayor sensibilidad de lo común.
Notas - Diciembre - 2001
No sé por qué no pude parar de leer este libro. Al inicio parecía que iba a estar difícil. En las 2 primeras páginas había palabras raras como enjuto, adusto, parco o lacónico. Y muchas veces no entendí bien lo que decían las personas pero quería saber qué pasaba al final. Me dio mucho miedo de Mr. Hyde, sobre todo cuando pasó pisando a una niña o cuando mató a un doctor haciéndolo pedazos con su bastón. Me da el mismo miedo que me dan los ladrones. Como esa vez que le robaron a mi mamá cuando estaba en la panadería con mis ñaños. Le apuntaron con una pistola. Todos veían algo horrible en Mr. Hyde que no sabían cómo describir. Yo me imagino a un señor jorobado, solitario, despeinado, que anda todo el tiempo mirando al piso. Me lo imagino saliendo en las noches de su laboratorio, escondido, cuidando que nadie le vea. Sí me gustaría ser policía, como Utterson, para leer los testamentos y las cartas que dejan los que se mueren. Pero nunca podría entrar, como él, al laboratorio para ver qué estaba pasando. Para eso hay que ser muy valiente. Igual que para jugar partidos de fútbol con grandes.
El mecanismo autodestructivo que llevamos dentro
Robert Louis Stevenson escribió El Dr. Jekyll y Mr. Hyde después de soñar con una escena del libro. Hizo que su esposa lo leyera. Ella le recomendó transformarlo en una alegoría más que quedarse en un simple thriller detectivesco. El escocés así lo hizo y dio como resultado una historia de asesinatos, coimas, cartas de distintas personas que tienen la misma letra, ciencia, testamentos, medicamentos y hasta un suicidio, que, en el fondo, plantea un debate “tan viejo y tan vulgar como el hombre mismo”, en palabras del mismo Hyde.
El Dr. Jekyll había padecido a lo largo de su vida lo que San Pablo dice en alguna de sus cartas: tenía la tendencia a no hacer lo que quiere y a hacer lo que no quiere. Llegó a experimentar ese mecanismo autodestructivo con el que venimos marcados de fábrica. La auténtica coexistencia del bien y del mal en su alma lo llenaba muchas veces una culpa que no podía explicar: “Aún siendo hombre de 2 caras, no era yo, sin embargo, un hipócrita; mis 2 aspectos eran auténticamente sinceros”. Entonces, siendo científico como era, se percata de la precariedad de lo físico —“la temblorosa inmaterialidad, la efímera inconsistencia, como la de una neblina, de este cuerpo”— y decide preparar una droga que pudiera aislar los elementos más bajos del alma en un nuevo cuerpo, que sería expresión de esos mismos anhelos.
Así surge Hyde, una creación en principio transitoria, cuyo nombre, lógicamente, no es casualidad. Agustín de Hipona señala que el mal siempre se esconde detrás de una apariencia de bien, aunque este sea mínimo. Nadie podía explicar la razón por la cual el aspecto físico de esta nueva criatura causaba terror. La gente que lo mira dice que es un ser demoníaco, sin embargo no podían señalar un defecto en concreto o una deformidad explícita. “Es un hombre de aspecto extraño y, sin embargo, no podría afirmar que tenga algo fuera de lo común”, dice uno, con lo que nos recuerda a la tesis de la filósofa judía Hannah Arendt sobre lo banal que suele ser la maldad.
El científico, al tomar su otro cuerpo, inicialmente se sentía libre, desamarrado de esa preocupación moral que lo atraía hacia la bondad. Aunque al poco tiempo se empieza a sorprender por el alcance de su nueva realidad: por los “indignos y monstruosos placeres” en los que incurría llegó a sentir “estupor ante la depravación que surge de la propia alma”. Se empieza a terminar la droga, empiezan a fallar las mezclas, y el Dr. Jekyll tiene que escoger una de sus 2 mitades. Pero esta opción va a ser difícil si se acostumbró a dividirse, a dar de comer a ambas. “Una vez más, en mi propia persona original, sentía tentaciones de jugar con mi conciencia. Todo tiene su fin; la medida más amplia termina por colmarse, y esta breve condescendencia con mi maldad acabó por romper el equilibrio de mi alma”, dice el personaje de Stevenson cuando está en posesión de sus cinco sentidos. Y tal vez de eso trata, en el fondo, esta historia: de qué tan moldeable es nuestra conciencia.
*
El Dr. Jekyll termina confesando su piedad por la manera con la que Mr. Hyde se abraza a la vida. Bukowski sabe que nadie conoce a su pájaro azul pero igual hace lo posible para que no muera del todo. José Mauro de Vasconcelos –Zezé– al final de su libro confiesa que trata de repetir la ternura aprendida de su amigo pero la mayoría de las veces se engaña a sí mismo. Lewis reivindica la experiencia menos adulta que estaba sucediendo en la casa. Tal vez el secreto esté en atrapar algo que permanentemente se nos escapa.