El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

Comienzo y conflicto

Debate

Hay comienzos casi tan demoledores como equivocados. Digo equivocados en el buen sentido, que se ciñen perfectamente al proyecto de su autor de cara no solo a su poética, sino también a su posicionamiento —capital simbólico—, pero que no son necesariamente representativos del imaginario que postulan. El que recientemente más me ha impactado es uno del poeta y ensayista César Vásconez, que leyó hace algún tiempo, en entrevista con Juana Neira, como parte de su novela hasta ahora inédita y que entiendo está terminando de escribir e intentando publicar gracias a una beca de la prestigiosa casa francesa MEET.

Si bien la entrevista tuvo lugar en octubre de 2012 —sabrán ustedes perdonar el atraso—, la lectura del comienzo de su texto no se me ha ido de la cabeza por su violencia y desparpajo: “Existen países que son tan irrelevantes como su literatura. Sus obras no inspiran a nadie, pero para el campo académico, donde las temáticas son desechables, ofrecen posibilidades de estudio casi inagotables”. Más claro, imposible. La potencia de estas oraciones —he ahí la astucia para el enganche y la incitación— condiciona la recepción del resto del texto y coincide perfectamente con la insatisfacción que postulaba la vanguardia practicada por Gangotena, el narrador de la novela de Vásconez. La contundencia de este enunciado, aunque equivocado, se me hace más efectiva que la de otras obras supuestamente subversivas, cuyo nivel de resistencia al canon ecuatoriano es más bien manso, poco pensado y menos arriesgado, y, por ello mismo, dichas obras, se me hacen improductivas y carentes de un interés verdadero.

Cuando digo esto soy totalmente consciente de que desconozco muchos textos tal vez más provocadores que seguro estarán circulando por ahí —mucho más que el del autor en cuestión y que este mismo que escribo ahora—, pero, y de ahí se desprende la hipótesis que me gustaría plantear, el punto es este: siempre ha sido difícil defender la productividad del conflicto —en el sentido hegeliano— en el Ecuador, que creo que Vásconez intenta avivar donde sea que vaya. Esto no ocurre solamente en su narrativa personal y su escritura, sino también a través de su gestión: la nueva publicación periódica ecuatoriano-argentina http://revistalkmene.com es, en gran medida, un esfuerzo para hacernos mirar hacia el horizonte rioplatense (algo siempre saludable), a la vez que sirve para avivar un choque frontal provechoso. La mirada externa además de la confrontación y la discrepancia como ejes temáticos y sustanciales de la literatura: sin combate, no hay porvenir; sin ver hacia afuera, tampoco. Perdonen que me ponga dramático, ahora mismo lagrimones como tiernas habas se desprenden de mis delicadas y parduzcas ‘vistas’y bañan el aire que los envuelve por un ratito hasta que van a morir en el teclado.

Cuando se reseña explicitando firmemente los puntos débiles de un texto, cuando se pelea con celo en contra de la mediocridad, cuando se critica con evidencia textual, cuando se arriesga la figura y no se limita al encomio vacío o a la mera descripción, etcétera, lo que se debe intentar hacer, según lo entiendo yo, es complicar hasta el punto de quiebre la relación que el artista debe tener con su arte. Una crítica a título personal y sin argumentos contra un individuo solo importa en la medida en que este le dé valor; una reseña, demoledora o no, debe poner en evidencia la relación de por sí conflictiva en el sentido del compromiso entre el escritor y la literatura. Es decir, la crítica despiadada aunque sostenida en su argumentación, como la practican Mafla, o Alcívar Bellolio, además del mismo Vásconez y Estrella, por dar algunos ejemplos, es necesaria y saludable para ir adelante, para hacer que un aparato literario anquilosado se revuelva. Desde este punto de vista, no importa si se equivocan o no, sino el riesgo de su enunciado y el proceso que ponen en marcha con miras al futuro.

La equivocación a la que me refería antes —soy bastante dinosaurio en este sentido— es esta: desde Borges y Bioy, que al hablar de Olmedo lo tildaban de “gran poeta”, hasta César Aira que califica, en su Diccionario de autores latinoamericanos, a Montalvo como el mejor prosista del siglo XIX, a quien, dicho sea de paso, Leonardo Valencia recientemente quiere revivir. De aquí a la más previsible perogrullada: autores y amigos extranjeros, más lo primero que lo segundo, que no me dejan de hablar de Pablo Palacio como un referente primario, algo que aburre y que se desgasta por la repetición, aunque no les falte razón. (No sé qué pensar acerca de estos ejemplos, tal vez vacíos, en los cuales, ¡hay dos autores del diecinueve!). Ejemplo más contemporáneo: recién nomás Piglia y Villoro calificaron a Javier Vásconez de “escritor extraordinario”; digo por si queremos hablar de algo tan falto de raciocinio como la inspiración, ahí está.

No estoy diciendo que el rencor siempre sea productivo ni que la mala onda en sí misma sea beneficiosa, aunque ambos me interesen como discursos creadores, sino que se debe desplazar el énfasis de la importancia que se da a la confrontación y al resentimiento hacia lo que estos puedan evidenciar, y a partir de ellos empezar a replantear una deconstrucción. Propongo no solo “dejar ser” al conflicto, sino que cuando sea factible debemos agudizarlo y estirarlo lo más posible; todo conflicto es buen síntoma, todo conflicto es valioso. Después de agudizarlo, a lo mejor, habrá que intentar desmenuzarlo y tal vez conciliarlo, aunque a priori sepamos que pueda ser irreconciliable. ¿Y esto por qué? Porque a partir tanto de la crisis como de su intento de reconciliación, surgirán otras sendas de discusión, un camino que se desvíe de lo que aparentemente es natural, un razonamiento que no esté comprometido con lo obvio y desgastado, un camino que lleve a la relación del artista, interna o externa, sea la que sea, hasta un cierto límite. El límite sirve para conocernos mejor y opera como la carencia: solo a partir de ella uno es capaz de repensarse verdaderamente.

Por demás curiosa se hace entonces la interacción entre Juana Neira y César Vásconez pues, desde un punto de vista netamente narrativo, que no personal, es la antítesis perfecta. La primera ejemplifica el buen rollo, el diálogo, el sentimiento entusiasta —algo que también se agradece, por supuesto—, y el segundo la provocación sin cese, la revolución conflictiva. Ambas posturas requieren no solo de un impulso genuino, un reflejo en el que sus postuladores crean realmente, sino también de una particular valentía: lo más fácil es no decir nada, poner comentarios anónimos en favor o en contra de tal o cual, ser cursi, lo más sencillo y libre de complicaciones es el statu quo. Todo esto me recuerda a un poema titulado ‘Alimento y combate’, de Gamoneda. Del poema en sí, no recuerdo nada, pero solo con el título ya tengo suficiente. Los títulos, que son comienzos y finales en sí mismos, subordinan todo el resto: hay que darle de comer al conflicto, que gracias a él todos podremos beneficiarnos.