El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

El escritor ecuatoriano Carlos Arcos Cabrera ha publicado una nueva edición de Memorias de Andrés Chiliquinga (Alfaguara), novela de la que se ha dicho tiende puentes con la tradición literaria nacional, y presenta uno de los más irreverentes personajes femeninos de nuestras letras, y un mundo de identidades fluctuantes en el que muchos lectores se ven reconocidos.

La novela cuenta la historia de Andrés Chiliquinga, indígena otavalo, músico y dirigente político, que viaja a Nueva York a realizar un curso de literatura latinoamericana. Se enfrasca entonces en la narrativa de Huasipungo, de Jorge Icaza, y descubre que el personaje de la obra se llama como él y que el terrateniente tiene el apellido de su compañera María Clara. En ese camino de descubrimientos, en el que se atraviesan temas como la homosexualidad, se aproxima al tratamiento que los mestizos le dieron al  indigenismo desde su visión. Esta obra es un tributo a un clásico de la literatura nacional.

“Puede que obra y autor estén pasados de moda, puede que ya no se los lea, más tengo la sospecha de que Huasipungo e Icaza aún se agitan como fantasmas en el pasado literario ecuatoriano”, señala el autor de Memorias de Andrés Chiliquinga.

 

¿Nuevamente una novela sobre el mundo indígena desde la visión del mestizo?

El hecho de que un indígena otavalo narre sus memorias no la convierte en una novela sobre el mundo indígena. Ya lo quisiera. Memorias… es una visión muy personal, me refiero a la de Andrés Chiliquinga, sobre lo escrito por uno de los autores ecuatorianos canónicos, Jorge Icaza. Es una lectura entre guiones que saca a luz una interpretación diferente de la que resulta una mirada crítica. Pero no es lo único. Es un diálogo en varios niveles. En primer lugar, con María Clara Pereira, la joven ecuatoriana a quien conoce en la Universidad de Columbia, en torno a qué es realidad y qué es ficción, diálogo abierto y sin solución; en segundo lugar, con su “tocayo y pariente” el Andrés Chiliquinga de la obra de Icaza, con quien dialoga sobre el pasado; en tercer lugar, con las literaturas andinas que no llegan a nuestras librerías ni a nuestros lectores y me refiero a novelas contemporáneas como ¡Adiós Ayacucho!, de Julio Ortega, y a esas 3 escritoras ecuatorianas de la década del cincuenta, olvidadas e ignoradas, sobre las que María Clara reflexiona; y en cuarto lugar, un diálogo con él mismo, sobre sus amores, sus viajes, su identidad, su entorno. Creo que Memorias… admite múltiples lecturas, es algo que se destaca en la crítica. 

La pregunta tiene otro aspecto: la visión de un mestizo. En gran medida el ser mestizo (el debate sobre este tema lleva mucho tiempo) me da la gran ventaja de moverme en todos los mundos posibles, no lo veo como un impedimento. Por otro lado, la novela es ficción y la verdadera ficción no tiene límites. Existe una autonomía de la ficción y la mejor ficción es la que puede desplegar toda su capacidad. La ficción muere cuando quien escribe se dice: ‘¡No puedo escribir sobre Marte porque no soy marciano!’. Quien escribe sobre vampiros no necesita ser vampiro, quien narra un crimen no debe haberlo cometido, ni, en el caso de Orwell, convertirse en animal para narrar la insurrección en la granja.

 

Miguel Donoso Pareja dijo en su ensayo Los grandes de la década del 30 que si bien Jorge Icaza ha pasado a la historia como un indigenista, el gran tema del escritor es el mestizo atormentado de las urbes. ¿No le correspondería a un indígena revisar su historia?

Con relación al primer tema estoy plenamente de acuerdo con Miguel Donoso Pareja. Escribí 2 ensayos sobre el peso de Huasipungo en la obra de Icaza, pues oscureció la importancia de sus otras novelas y su significativa producción dramática, analizada de manera brillante por Álvaro Alemán. Con relación al segundo tema: revisar la historia propia y de otros, pensarla y recrearla es parte inalienable de la condición humana más allá de si somos de tal o cual lugar, de tal o cual nacionalidad, de tal o cual orientación sexual o religiosa. Nada puede quedar al margen de nuestra capacidad creativa y de reflexión. Si aceptamos la premisa de que una condición particular da un derecho especial frente a los otros para referir una historia cualquiera estaríamos creando un mundo en el que ningún diálogo sería posible, un mundo de barreras infranqueables. 

 

Ejercicios paratextuales con base en una novela (Huasipungo), que se ha convertido en Ecuador en el ejemplo de lo desgastado, de lo superado, o al menos, pasada de moda...

Puede que obra y autor estén pasados de moda, puede que ya no se los lea, mas tengo la sospecha de que Huasipungo e Icaza aún se agitan como fantasmas en el pasado literario ecuatoriano. El parricidio de los Tzántzicos no logró llevarlos al inframundo o hacerlos descansar, tampoco lo consiguió la nueva literatura en Ecuador de los setenta. Lo cierto es que tiene que ver con reconocimiento, difusión, fama. Huasipungo rodó por todo el mundo, fue el sinónimo de literatura ecuatoriana y aún no existe la novela ni el autor que los haya desplazado. Icaza y el indigenismo fueron arrasados por la narrativa latinoamericana de los sesenta, junto con Ciro Alegría, Rómulo Gallegos, Eustasio Rivera. Pero eso no sucedió en nuestra ciudad letrada. Obra y autor permanecieron en el marco de una literatura a la que hace un par de años llamé literatura invisible. Andrés Chiliquinga en sus Memorias es el primero que los mira de frente, con ironía, los exorciza y al igual que su “tocayo y pariente”, el primer Chiliquinga, aquellos fantasmas pueden encontrar sosiego.  

 

En la novela, al indígena se le sigue tratando como al exótico que si bien tiene Reeboks, debe usar alpargatas... ¿Es una reivindicación del indígena o una crítica a una sociedad todavía racista?

En el juego literario se recurre a un estereotipo de lo que debe ser un otavalo por parte de quienes invitan a Andrés a conocer la cultura americana. Es un estereotipo que está presente en todos, en usted y en mí, y que se construye y reconstruye, pero que es también sometido a un irónico escrutinio cuando Andrés charla con su amigo Maldonado, en ese diálogo tenso con el antropólogo que lo entrevista en su pueblo y, por supuesto, en sus propias reflexiones. 

 

El personaje principal dice: “Ahí estaba yo, solito en Nueva York...”, una norteamericana se sorprende de que tenga parientes en Ámsterdam y su amiga María Clara de que haya estado en Barcelona. ¿Por qué los diminutivos y las sorpresas en una época y un mundo que hace tiempo fueron ganados por los indígenas?

Escuche nuestro hablar en cualquier lugar y los diminutivos son parte inevitable para referirnos a nosotros y a los otros. No me llama la atención. Uno de los grandes retos de la literatura latinoamericana fue permitir que el habla cotidiana ocupara el lugar que le correspondía, es de manera de encontrar la oralidad, que es la forma original, primigenia de nuestra literatura. Antonio Cornejo Polar ha reflexionado mucho sobre este tema. Por otra parte, no me asombra que alguien se sorprenda de que el mundo andino dejara de ser una realidad aislada y que se haya también globalizado. Es de todas maneras una globalización en los márgenes, como lo señala Andrés en sus Memorias..., una globalización que no solo mantiene, sino que acentúa las diferencias y la desigualdad.

 

Andrés Chiliquinga es un músico otavalo. ¿No es un clisé, o por lo menos una figura desgastada si se considera que el folclor pasó de moda hace al menos 30 años y que las peñas se convirtieron en discotecas?

¿Ha pasado de moda la música? ¿No hay músicos otavalo y de otras nacionalidades?  ¿Es un clisé ser músico?  La respuesta es un no rotundo. Algo que me fascina es constatar cómo en internet la música andina se ha expandido, recreándose. Lo que hacen no es folclor, aunque se alimenten de las notas y ritmos que vienen del pasado. Es un ejercicio de sincretismo. La cultura andina es una experta constructora de sincretismos.

 

En la novela se pone de manifiesto al menos 2 de las preocupaciones del actual régimen: recuperar el ácido recuerdo del feriado bancario y la sabiduría de los yachakuna. ¿No es sospechoso caminar en literatura sobre la cuerda floja de la política?

Memorias… camina sobre la cuerda floja de la literatura y sin red de protección. El feriado bancario existió, al igual que la participación del movimiento indígena en el derrocamiento de Mahuad y su referencia a este hecho no es propiedad de un gobierno ni implica afinidad política alguna. Es una referencia histórica para fortalecer la ficción, nada más, es un juego literario. Por otra parte, desconozco si la sabiduría de los yachakuna sea una preocupación del actual régimen y si lo fuera me tiene sin cuidado. Andrés Chiliquinga es nieto de una yachak, es un dato biográfico, como si usted fuere nieto de un médico, probablemente eso incide en la vida de Andrés y en la suya, pero no es determinante en las Memorias…

 

También aborda a Guayasamín en las conversaciones ¿Se ha intentado ofrecer una visión histórica del indigenismo en el Ecuador?

No sé si estamos hablando de la misma novela. En Memorias… existen 2 menciones al apellido Guayasamín. En un momento que Andrés recuerda un documental de Gustavo e Igor Guayasamín sobre el Taita Marcos Guerrero, un gran sabio de La Calera, Cotacachi, y su encuentro con Leónidas Proaño. Otra referencia escuchamos por boca de María Clara, cuando le comenta a Andrés sobre su tesis de maestría. ¿Determinan estas menciones al paso el carácter de la novela? Definitivamente, no. Los personajes Andrés y María Clara reflexionan sobre lo que se denominó “indigenismo” pero ni lejanamente existe una pretensión de ofrecer una visión histórica del indigenismo en Ecuador; para eso están las tesis doctorales y las investigaciones académicas. 

 

El indígena llega a un mundo cuyos pobladores saben más de sus ancestros que él mismo. ¿No es un tanto inverosímil?

Habría que preguntar a lectoras y lectores, son ellos quienes determinan si una novela es verosímil o no.